Familia

El amor siempre vence

Bleak House, la novela de Dickens, es una buena muestra de cómo en la convivencia matrimonial hay que “aprender a perder”: ceder, perdonar, darse a fondo perdido aunque no sea lo que “se venda” en el mercado. 

José Miguel Granados·7 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
el amor siempre vence
Foto: Nick Fewings / Unsplash

En la convivencia matrimonial hay que “aprender a perder”: ceder, perdonar, darse a fondo perdido, sin buscar beneficio o recompensa material, sin contar las horas de trabajo o los servicios prestados, sacrificarse gustosamente por los demás… La novela de Charles Dickens Bleak House muestra que quien pierde en apariencia, gana. También la cruz gloriosa de Cristo, que ser considerada un fracaso, en realidad, supone el triunfo completo del amor.

Bleak House (“Casa lúgubre”) es el título sombrío de una de las más grandes novelas de Charles Dickens. Contiene varias historias que se entrecruzan, con una apasionante trama de suspense y una amplia galería de personajes de muy diversa extracción social.

Historias de superación

Como es habitual, el autor critica severamente la hipocresía y la corrupción personal e institucional, en especial del sistema judicial, que en el brillante arranque del relato es comparado a la niebla londinense (“Fog everywhere…”). Además, describe con sutileza psicológica cada carácter moral.

Junto a la profusa colección de sujetos que se comportan vilmente, trazados con crudeza, en ocasiones hasta la exageración o la caricatura histriónica, destacan algunos hombres y mujeres capaces de sobreponerse con coraje admirable a circunstancias muy adversas. Su perseverancia en el bien en medio de las dificultades encuentra siempre recompensa, si no en la historia, al menos en el juicio en el narrador.

Bleak House

Autor: Charles Dickens
Año de publicación: 1853
Páginas (aprox): 445

Así, Caddy Jellyby consigue superar el lastre de un hogar caótico, en el que la madre se ocupa de modo obsesivo y ridículo de las misiones de África mientras desatiende por completo su desastrosa familia. Contrae matrimonio con Prince Turveydrop, amable y laborioso profesor de danza, que tolera con paciencia la carga de un padre manipulador, redicho y caradura, que se gasta los ingresos de su buen hijo en caprichos excéntricos.

Otra dulce mujer, la bella y joven Ada Claire, acompaña fielmente a su marido, Richard Carston, en su caída y degradación, al poner éste su confianza en la obtención de una herencia enmarañada en un proceso judicial tortuoso e interminable, mientras abandona el trabajo profesional y pierde lamentablemente la salud. Su tío, el encantador John Jarndyce, disculpa siempre los agravios que recibe con la negativa a escuchar sus prudentes consejos, y acoge con benevolencia al que labra su propia ruina y la de su desafortunada esposa. Mister Jarndyce es también tutor de la joven huérfana Esther Summerson, que arriesga heroicamente su salud en el cuidado de los pobres operarios de las fábricas de ladrillos y sus familias, aquejados por epidemias letales.

Por otro lado, está el sencillo y noblote coronel George Roncewell, que no duda a la hora de poner en peligro su modesta academia de tiro por mantener la lealtad y por acoger a Jo, un miserable niño de la calle perseguido sin motivo por la autoridad. O, en fin, el barón Sir Leicester Deadlock, capaz de bajarse del pedestal de su arrogancia nobiliaria para socorrer con misericordia y ternura a su mujer en una situación trágica y deshonrosa.

Todos estos “perdedores” desde la perspectiva pragmática o utilitaria, al final ganan: encuentran el premio de su comportamiento honesto y bondadoso.

Quien ama siempre gana

También en la convivencia matrimonial hay que “aprender a perder”, a asumir las derrotas menores por una victoria mayor: ceder, disculpar, comprender, perdonar, darse a fondo perdido, sin buscar beneficio o recompensa material, sin contar las horas de trabajo o los servicios prestados, vivir el gozo de la gratuidad, sacrificarse gustosamente por los demás… El que parece débil o necio en la carrera del éxito o del dominio y el poder mundano resulta en realidad sabio y consistente en su donación discreta y altruista. Pues ya repitió el maestro que los últimos serán los primeros (cfr. Mt 19, 30).

En realidad, quien ama siempre gana: el que sabe resistir con paciencia animosa en el camino de la justicia y del amor, en medio de la tribulación; el que responde al mal con el bien (cfr. Rm 12, 21); el que no se deja llevar por el desaliento o la tristeza, el odio o el rencor, sin llevar cuentas de los agravios, sino que mantiene con fortaleza la paz y la alegría interior, con la sonrisa en el rostro, aunque sufra; quien sabe ser agradecido, cariñoso, positivo, manso y humilde de corazón… En definitiva, como enseña Jesucristo, aquel que pierde por amor su vida será quien al final la encontrará (cfr. Mt 10, 39).

La mayor paradoja de la historia

La cruz gloriosa de Cristo constituye la mayor paradoja de la historia. Aparentemente puede ser considerada un fracaso, una maldición. En realidad, supone el triunfo completo del amor, la más grande bendición. Es el destino del grano de trigo que muere para resucitar y dar vida (cfr. Jn 12, 24). También los esposos y padres han de morir, gastarse, dar la vida por el prójimo, sembrar la semilla de su comunión fecunda a manos llenas; para dejar a los hijos y a las generaciones venideras una estela de luz y de esperanza.

Madre Teresa de Calcuta recordaba la sabiduría escondida en el refrán hindú que proponía como norma de vida: “Lo que no se da se pierde”. Pues solo lo que se entrega florece. Solamente quien participa en el anonadamiento de Jesucristo, el divino Redentor, producirá frutos de santidad para este mundo y recibirá el don de la resurrección eterna.

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