Educación

Educar para el perdón con Tolkien y C.S. Lewis

El perdón puede ser un poderoso aliado para mejorar el bienestar emocional y preservar la salud mental. Padres y educadores tienen ante sí el reto de formar, también en el perdón, a los más jóvenes.

Julio Iñiguez Estremiana·28 de marzo de 2024·Tiempo de lectura: 9 minutos

Perdón es la remisión de la ofensa recibida -queda totalmente borrada-. Cabe distinguir entre el perdón de Dios -es su amor misericordioso que sale al encuentro del hombre que acude a Él, arrepentido por haberle ofendido-, y el perdón entre las personas -que es renovar la concordia entre quienes se sienten ofendidos por un agravio real o presunto-.

En el tiempo penitencial de Cuaresma y Pascua en que nos encontramos, parece muy propio que tratemos del Perdón, y como es un tema vastísimo y con tantas ramificaciones, en el artículo de hoy nos centraremos en el perdón entre los hombres, con el propósito, como siempre, de ayudar a padres y maestros en su tarea de educar en los hijos – alumnos la capacidad de pedir perdón y de perdonar.

Conmovedora escena de perdón en Mordor.

La criatura Gollum, en quien Frodo confía para que les guíe a él y a Sam a la Montaña de Fuego donde debe culminar su Misión -destruir el Anillo de Poder-, planeó una ruta con trampa: pasarían por Torech Ungol, el Antro de Ella Laraña, monstruosa bestia parecida a una araña, pero mucho más grande, con la intención de llevarle como obsequio el cuerpo de Frodo -un plato exquisito para Ella- y con la esperanza de que, a cambió, no ponga reparos a su deseo de recuperar el Anillo.

Tras sufrir muchas penalidades en durísimos ascensos por diferentes escaleras, llegan por fin a la entrada de un túnel que destila un hedor repugnante; ya en su interior, recorrieron muchos pasadizos, más y más aterrorizados por los horrores que veían y las amenazas que imaginaban, persistiendo siempre el repelente hedor.

De súbito, Gollum atacó a Sam con el propósito de dejar indefenso a Frodo, para que a la monstruosa bestia le fuera más fácil doblegar el festín que le quería entregar en sacrificio.

Sam logró desembarazarse de Gollum y acudió en ayuda de su Amo y amigo tan pronto como pudo; pero no llegó a tiempo de evitar que Ella Laraña, astuta y conocedora de todos los recovecos de su infecta guarida, le clavara su repugnante aguijón.

Cuando llegó a todo correr, Frodo yacía de espaldas y la monstruosa bestia le tenía atado con cuerdas que lo envolvían en una robusta tela de araña desde los hombros hasta los tobillos y se lo llevaba, levantándolo con las grandes patas delanteras.

Sam vio en el suelo la espada élfica junto a Frodo; la asió con fuerza y, haciendo acopio de una furia superior a lo que su naturaleza era capaz, atacó a la sebosa e inmunda bestia hasta que, malherida, retrocedió, desapareciendo por un pasadizo por el que a duras penas cabía.

Después, arrodillado junto a Frodo, le habló con ternura una y otra vez, y removió con toda delicadeza su cuerpo esperando recibir una señal de que su amigo seguía vivo, pero ésta no llegaba, por lo que su desolación crecía más y más.

-¡Está muerto -se dijo, mientras caía sobre él la más negra desesperación- ¡No está dormido, está muerto!

Mientras lloraba desconsolado y sin saber qué hacer, si quedarse velando a su Amo o continuar él con la Misión, oyó un griterío y los destellos azules de la espada élfica le advirtieron de que se acercaba una patrulla de Orcos.

Enseguida comprendió que lo más prudente era sacarle a Frodo la cadena con el Anillo y esconderse. Con inefable respeto, y aún con veneración, tomó la cadena y, sintiéndose indigno de ser el portador del Anillo de Poder, se la colgó a modo de medalla, asumiendo la responsabilidad de llevar a término la Misión.

Llegaron Orcos y viendo a Frodo tendido en el suelo, relamiéndose por la suculenta cena que tendrían esa noche, lo alzaron del suelo entre dos y se lo llevaron jubilosos.

Sam, escondido pero atento, oyó que comentaban entre ellos que el cuerpo estaba caliente y por lo tanto vivo.

Sam se insultó a sí mismo con todos los improperios que conocía por no haber sido capaz de advertir tal circunstancia, pero muy contento, al mismo tiempo porque su Amo y amigo estaba vivo. Inmediatamente cambió de planes para intentar rescatarlo. Con gran pericia y arriesgando su vida, Sam consiguió llegar hasta la sala donde vigilaban al prisionero a Frodo; con hábiles artimañas hizo huir a los centinelas y logró liberar al Portador del Anillo, salvándolo de la olla de los Orcos.

Frodo ya había despertado del profundo sueño causado por el veneno de Ella Laraña y fue inmensa su alegría ante la inesperada llegada de su Escudero y amigo.

-Se han llevado todo, Sam -dijo Frodo-. Todo lo que tenía. ¿Entiendes? ¡Todo! Se acurrucó en el suelo con la cabeza gacha abrumado por la desesperación, al comprender la magnitud del desastre. La misión ha fracasado, Sam.

 -No, no todo, señor Frodo. Y no ha fracasado, aún no. Yo lo tomé, señor Frodo, con el perdón de usted. Y lo he guardado bien. Ahora lo tengo colgado del cuello, y por cierto que es una carga terrible.

-¿Lo tienes? -jadeó Frodo-. ¿Lo tienes aquí? ¡Sam, eres una maravilla! -De improviso, la voz de Frodo cambió extrañamente.

-¡Dámelo! -grito, poniéndose de pie, y extendiendo una mano trémula-. ¡Dámelo ahora mismo! ¡No es para ti!

¡Está bien, señor Frodo -dijo Sam, un tanto sorprendido- ¡Aquí lo tiene! -Sacó lentamente el Anillo y se pasó la cadena por encima de la cabeza.- Pero usted está ahora en el país de Mordor, señor; y cuando salga, verá la Montaña de Fuego, y todo lo demás. Ahora el Anillo le parecerá muy peligroso, y una carga muy pesada de soportar. Si es una faena demasiado ardua, yo quizá podría compartirla con usted.

-¡No, no! -gritó Frodo, arrancando el Anillo y la cadena de las manos de Sam- ¡No, no lo harás, ladrón! -Jadeaba, mirando a Sam con ojos grandes de miedo y hostilidad. Entonces, de pronto, cerrando el puño con fuerza alrededor del Anillo, se interrumpió espantado. Se pasó una mano por la frente dolorida, como disipando una niebla que le empañaba los ojos. La visión abominable le había parecido tan real, atontado, como estaba aún a causa de la herida y el miedo. Había visto cómo Sam se transformaba otra vez en un orco, una pequeña criatura infecta de boca babeante, que pretendía arrebatarle un codiciado tesoro. Pero la visión ya había desaparecido. Ahí estaba Sam, de rodillas, la cara contraída de pena, como si le hubieran clavado un puñal en el corazón, los ojos arrasados en lágrimas.

-¡Oh Sam! -gritó, Frodo-. ¿Qué he dicho? ¿Que he hecho? ¡Perdóname! Hiciste tantas cosas por mí. Es el horrible poder del Anillo. Ojalá nunca lo hubiese encontrado.

-Está bien, señor Frodo -dijo Sam, mientras se restregaba los ojos con la manga-. Lo entiendo. Pero todavía puedo ayudarlo, ¿no? Tengo que sacarlo de aquí. Enseguida, ¿comprende? Pero primero necesita algunas ropas y avíos, y luego algo de comer. Lo mejor será vestirnos a la usanza de Mordor. Me temo que tendrán que ser ropas orcas para usted, señor Frodo. Y para mí también, ya que hemos de ir juntos.

Este episodio de “El Señor de los Anillos”, nos muestra un excelente ejemplo de cómo pedir perdón y de cómo perdonar: Frodo, horrorizado de su indigna reacción contra Sam, recapacita y le dice: «¡Perdóname! Hiciste tantas cosas por mí», reconociendo tantos servicios de su amigo. Por su parte Sam -que tenía motivos para protestar por el “maltrato” recibido de su Amo y amigo- se limitó a decir: «Está bien, señor Frodo. Lo entiendo. Pero todavía puedo ayudarlo, ¿no?»

¿No les parece también a Vds., como me lo parece a mi, que es una escena sublime? Pienso que es una excelente lección sobre la capacidad de perdonar y de pedir perdón; pero sigamos ahondando, que el tema lo merece.

Pedir perdón y perdonar en la vida cotidiana.

En “Las Crónicas de Narnia” de C. S. Lewis, gran amigo de J.R. R. Tolkien, encontramos también muchas escenas en las que alguno de los protagonistas se excusa o pide perdón por su mal comportamiento.

-Me disculpo por no haberte creído -le dijo Peter a Lucy, su hermana pequeña-. Lo siento. ¿Nos damos la mano?

-Desde luego -asintió ella, y le dio la mano.

Este sencilla escena es también un buen ejemplo de cómo debemos actuar en tantas situaciones tensas con las que inevitablemente nos encontramos en el trato con los demás -en la familia, en el trabajo, en el colegio, en el deporte, con los vecinos, etc.-: roces con los que, en ocasiones, ofendemos a otras personas -o nos sentimos ofendidos-; generalmente, es cierto, son detalles de escasa importancia, pero que pueden abrir pequeñas heridas en el alma. Y en esas ocasiones será necesario reparar la ofensa para preservar la concordia – de ordinario, bastará con una sonrisa o un gesto de buena voluntad-

—»Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? -pregunta Pedro».

—»No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» -le respondió Jesús [Mt 18, 21-22].

Jesús deja clara su doctrina: debemos perdonar siempre y a todos (no sólo a los hermanos o a los amigos, también a los enemigos…). Y esto no es fácil. Más todavía, pienso que es imposible sin la ayuda de la gracia que Dios nos ofrece. Por eso hemos de pedir con el Salmo 50: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».

Además, en el Padrenuestro, Jesús parece condicionar el perdón divino a que el hombre perdone a sus semejantes: «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». [San Mateo 6, 12]

Por su parte, el papa Francisco, sugirió la necesidad de aprender tres palabras: «Perdón, por favor y gracias». Hermosa enseñanza para practicarla en nuestra vida de relación con los que nos rodean.

Corregir y perdonar. Sanar. 

Ante las faltas y malos comportamientos de los hijos – alumnos, los educadores hemos de ser claros y positivos.

El chico o la chica han de asumir que lo sucedido está mal y hay que reparar, pero también hay que ofrecerles la esperanza de que lo pueden superar, que olvidaremos lo ocurrido -queda perdonado- y empezaremos de nuevo -tendrán otra oportunidad.

Tres casos reales y sencillos que acaban bien, entre tantos en el ámbito escolar.

I. Un muchacho denuncia que ha sufrido un robo en el aula. El profesor se informa de algunos detalles relevantes y llega a la conclusión que es posible de que el objeto desparecido esté ya fuera del aula, por lo que descarta el registro a todos los alumnos. Luego les cuenta a los chicos lo sucedido, tratando de remover la conciencia del “ladrón” para motivar su arrepentimiento y devuelva lo sustraído. Les dice que se lo deben dar a él en privado y les asegura que nadie más lo sabrá jamás.

Al día siguiente, Juan le entrega el CD de “The Beatles” de su compañero. El ambiente de clase siguió siendo como antes y el profesor cumplió su palabra.

II. Gabriel se apuntó voluntario para participar en una actividad complementaria y fue seleccionado, pero está pasando por una mala racha y debido a su mal comportamiento, el profesor, de acuerdo con su tutor, lo expulsa de la actividad. Los padres de Gabriel se quejan por no haber sido informados con anterioridad del mal comportamiento de su hijo, y preguntan si será posible que Gabriel vuelva al grupo, comprometiéndose a un buen comportamiento. El profesor, de acuerdo con su tutor, les dice que sí, y añade otra condición a la indicada por los padres: debe sacar buenas notas en la evaluación (conforme a sus posibilidades). Gabriel superó ambas pruebas, volvió al grupo y siguió hasta el final con buen aprovechamiento.

III. Al finalizar una visita cultural con todo un curso de Bachillerato, los profesores reciben una queja de un vendedor de chuches y refrescos. Varios muchachos se han pasado por la su caseta y se han llevado cosas sin pagar. Los profesores, reuniendo a todos los chicos en el autobús, explican la situación, asegurando que no se moverían del sitio mientras no volvieran todos los “ladrones” a la caseta a devolver o pagar lo que se habían llevado, además de pedir perdón al vendedor, por el mal rato que le han hecho pasar. Felizmente, así lo hicieron los muchachos, el hombre se quedó más o menos conforme y púdose reanudar la excursión.

Pienso que esta manera de proceder -corregir, perdonar y animar- es también un buen método para sanar el alma de quien ha fallado y de recuperar el buen ambiente. Cabe también señalar que el perdón puede ser un poderoso aliado para mejorar el bienestar emocional y preservar la salud mental. Y En este sentido, también es muy importante aprender perdonarse a uno mismo, arrepentidos de haber causado daño a otros.

Eso es también lo que nos enseña Jesús en su actuación con el paralítico de la piscina de Betzatá, en San Juan 5, 1-6. Primero le cura, compadeciéndose de él, al conocer que llevaba mucho tiempo esperando ser curado, pero que siempre se le ha adelantado alguien, cuando las aguas de la piscina fueron removidas por el ángel. Y después cuando se encuentran en el Templo, le dice: «Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor». Jesús sana y corrige. 

Por otro lado, debemos ser constantes en ayudar, aunque en ocasiones nos parezca a los educadores que no escuchan, y pacientes cuando los buenos resultados no llegan de inmediato, pues las personas necesitamos tiempo para alcanzar las metas que pretendemos alcanzar, sobre todo cuando nos proponemos ser mejores. Y les anima a perseverar en el esfuerzo si les confiemos que también nosotros, los adultos, hemos de luchar para mejorar y nos ven pedir perdón. 

Conclusiones

El perdón borra totalmente la ofensa recibida. Dios, que es amor, sale al encuentro del hombre que, arrepentido, acude a Él pidiendo perdón por haberle ofendido. Entre los hombres, el perdón restaura la concordia entre quiene s se sienten ofendidos.

Educar para el perdón exige de los padres y los educadores, corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza de la ofensa y con las condiciones del que necesita esa ayuda. Pero también es importante que la chica o el chico a quien corregimos perciba que lo hacemos con cariño, que ella o él nos importa tanto o más que nosotros mismos y que tendrá otra oportunidad, porque confiamos en que va a mejorar.

Pedir perdón y perdonar contribuye a sanar el alma de quien ha fallado, ayuda a preservar el buen ambiente, puede mejorar el bienestar emocional y la salud mental. En resumen, generando felicidad, paz y tranquilidad: es una buena vitamina para la persona -cuerpo y alma-.

El autorJulio Iñiguez Estremiana

Físico. Profesor de Matemáticas, Física y Religión en Bachillerato

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