Educación

¿Religión en la escuela pública? ¡Sí, gracias!

El debate de la asignatura de Religión suele tener dos frentes ante los que justificarse. Por un lado, dialoga con la opinión pública para argumentar su inclusión en el currículum de educación. Por otro, dentro de la Iglesia hay quienes plantean que sería mejor eliminar la materia confesional e impartir una buena catequesis desde las parroquias.

Santiago Mata·17 de junio de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
Narnia, una actividad de Religión católica para estudiantes de la enseñanza pública madrileña. En la foto, el rapero Grilex en la edición de 2022

No es infrecuente escuchar que la Religión no debería estar en el currículo de la escuela pública secundaria, y que desde luego no debería puntuar (cosa que ya ha impuesto en España la LOMLOE). Quienes lo dicen a veces rechazan la enseñanza de la Religión como si fuera algo acientífico. Otros la rechazan desde el campo católico, pensando que su defensa incomoda las relaciones con los no cristianos, o que es un esfuerzo inútil ante el cada vez menor interés de los alumnos o, aún más, la indiferencia de los padres. ¿No sería mejor concentrarse en dar una buena catequesis en parroquias y colegios confesionales a quienes estén de veras interesados?

¿Quién elige Religión?

Gracias a mi modesta experiencia de profesor de Religión en la enseñanza pública durante seis cursos, he comprobado la utilidad que tiene para nuestra sociedad esta asignatura: les expondré los resultados, si me lo permiten.

Para empezar, retirarse a unos cuarteles parroquiales o a los colegios en los que el pescado ya está vendido, supone dejar de someternos a un control de calidad. En la pública, el alumnado que reclama la asignatura -pues la piden los niños y no sus padres, no nos engañemos- supone en torno a un tercio del total en España (con grandes diferencias, en mi instituto supera el 40%). Abandonarlo no es coherente con la vocación docente y además es renunciar al reto de ser elegido, examinado y preferido no solo por los alumnos, sino por la comunidad educativa en general.

Ir a las periferias

Podemos invertir recursos y dinero en dotar de magníficos profesores y clases a colegios y parroquias donde prometamos ofrecer una educación religiosa de calidad… Pero lo haremos alejándonos del lugar por donde transita realmente el alumnado. Y con ese alejamiento exquisito lo traicionaremos, porque esos muchachos que prefieren la clase de Religión a otras alternativas -ahora en la práctica la papiroflexia, por obra de la ministra Celaá, para más escarnio hoy embajadora en el Vaticano- no van a pisar previsiblemente, en muchos años, una parroquia, y menos para apuntarse a unas clases lejanas a su entorno vital. Los alumnos que asisten a Religión en la enseñanza pública no solo rara vez o nunca van a misa, sino que ya ni hacen la primera Comunión. Precisamente porque para eso tienen que salir de su ámbito vital, cada vez más reducido.

En definitiva, la Religión en la escuela pública podrá disponer de pocas horas, menos medios, y de un público poco dispuesto al esfuerzo. Pero eso es lo que sucede con todas las asignaturas, así que o les damos lo que se puede dar en esas circunstancias, o no tendrán nada. De muchas maneras se nos dice a los profesores de Religión (de la pública, insisto) que nuestras clases serán para muchos la última ocasión de oír hablar de Dios, o en nuestro caso de que les expliquen correctamente la doctrina católica. Claro que no se pueden poner puertas al campo ni cortar a Dios las manos. Precisamente por eso no se les puede negar este viático. Y sí, aspirar a que no sea la última ocasión: pero si se la negamos, ni eso tendrán.

Menos prejuicios entre los alumnos

Para quienes andan con remilgos queriendo diferenciar -o separar y hasta enfrentar- la clase de Religión y la catequesis, opino que están bastante desfasados. Cierto que hubo un tiempo (el de mi juventud) en que ya conocíamos la Religión católica e íbamos a la clase con espíritu rebelde y ganas de fastidiar al profesor. Desde mi limitada experiencia, me parece que los chicos de hoy tienen respecto a los de antaño la desventaja de su total ignorancia de la Religión, pero la ventaja de su también total ausencia de prejuicios: tienen ganas de saber, mientras que nosotros, que ya sabíamos, solo queríamos reventar la clase. Eso sí, para no idealizar al personaje, las ganas no suelen ir acompañadas de un gran espíritu de sacrificio, sino de uno más cercano a la curiosidad de los atenienses del Areópago…

Hasta aquí espero haber aportado algún argumento para mantener, por poco que sea, lo que se ha preservado de enseñanza de la Religión en la escuela pública. Habría que añadir la consideración de que es un derecho humano, un derecho de los padres, reconocido en la Constitución, etc. La realidad es que los padres suelen tener otras preocupaciones, que la mayoría no está dispuesta a exigir nada, ni a sus hijos ni a los educadores, y que en España ha sido la Conferencia Episcopal la que ha defendido este derecho, y que parece estar cansándose ya de la pelea. Por eso mismo quizá convenga que tomemos el relevo cuantos sepamos ser conscientes de que los niños, los jóvenes, tienen derecho a oír hablar de Dios, y que muchos lo piden.

Hablar de Jesucristo

No me oirán decir que la Religión es útil para entender el mundo moderno. No, lo que necesitan los jóvenes es que les hablen de Dios, de Cristo, no de la influencia que el cristianismo haya tenido en la historia. Primero porque para contar eso ya están los profesores de Historia o Arte, y sobre todo porque cada vez es más escasa la influencia del cristianismo y por tanto les estaríamos mintiendo. De hecho, más bien habría que decir que el profesor de Religión puede explicarles por qué el mundo es incomprensible e inhumano, y sugerirles que otro mundo es posible.

Y para terminar, una reflexión para aquellos que critican la Religión como si fuera algo impropio de la enseñanza pública de un “país laico”. Incluso para los directamente descreídos -y esto vale para los católicos respecto a otras religiones frente a las que aparecemos como “infieles”-, un sano sentido de integración social hace comprender que es mejor que quien enseña la Religión -la que sea- lo haga si quiere en su casa o en su templo, pero también en el ámbito público: porque debemos conocer los argumentos y hasta las intenciones de todos. Más vale, en definitiva, hablar en público, si queremos evitar la corrupción, el sectarismo y el fanatismo, que necesitan del secreto.

No autosegregarnos

Si nos obligamos y obligamos a todos a decir abiertamente lo que su religión predica, nos evitaremos sorpresas, prejuicios innecesarios, o esfuerzos para desenmascarar lo irracional. En cambio, arrinconar la enseñanza de la Religión a las sacristías (o a las mezquitas), es el primer paso hacia la segregación y la persecución religiosa. No hay más que mirar al pasado para ver cómo la ignorancia mutua es el germen de las teorías de la conspiración y los pogromos.

En definitiva, expulsar a la Religión del ámbito escolar público es puro sectarismo y una agresión a un derecho muy cercano al de la libertad de culto, que no puede ejercerse desde la ignorancia. No caigamos los católicos en la ingenuidad de creer que es la mejor solución para no aparecer como intransigentes.

El autorSantiago Mata

Profesor de Religión en Secundaria y escritor.

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