Ecología integral

Lo natural como categoría moral

¿Dónde queda el concepto de naturaleza que empleamos, por ejemplo, al hablar de ley natural, de comida natural o de teología natural? ¿Por qué la Iglesia habla de ecología? ¿De qué modo se relacionan la naturaleza y la finalidad de las cosas? Son algunos de los elementos que se abordan en este artículo.

Emilio Chuvieco y Lorenzo Gallo·18 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 7 minutos
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Foto: Nils Stahl / Unsplash

Hace unos años, buscando información en internet, caí en un sitio web llamado ecosofía, en donde brindaban información sobre temáticas relacionadas con filosofía y ambiente. Me llamaron la atención alguna de las respuestas que aparecían allí sobre lo que entendían los seguidores del sitio por naturaleza. Transcribo dos: “La naturaleza, es todo lo que el hombre no creó con sus propias manos, es decir: el aire, el agua, la tierra, los animales, las plantas y otros”; “La naturaleza es todo lo que tenemos a nuestro alrededor excepto lo que ha hecho el hombre, por supuesto”.

Parece que estas personas, sin duda interesadas por la conservación de la naturaleza, entienden la naturaleza como un entidad externa y ajena al ser humano. Ahora bien, si el ser humano no es parte de la naturaleza, ¿de qué es parte? Por otro lado, en ese planteamiento, el concepto de naturaleza se reduce a los elementos biofísicos que forman el ambiente que nos rodea. ¿Dónde queda el concepto de naturaleza que empleamos, por ejemplo, al hablar de ley natural, de comida natural o de teología natural?

Se ve que la palabra naturaleza puede aplicarse con muy distintos sentidos, que pueden parecer equívocas, pero que tienen una unidad si pensamos las cosas con más hondura. Siguiendo el pensamiento griego, naturaleza sería lo que constituye a algo como tal: la naturaleza canina explica lo que un perro es y hace, así como la naturaleza arbórea nos permite entender y diferenciar un árbol de otras plantas o seres inanimados. La naturaleza es el ambiente, sin duda, con todos sus componentes: seres humanos, animales, plantas, suelo, clima, etc., pero también es lo que hace que un determinado ambiente sea distinto de otro. Conservar la naturaleza es conservar las características intrínsecas de ese ambiente, lo que le hace ser un humedal, un hayedo o una pradera herbácea, frente a la transformación que pudieran los seres humanos introducir (no hemos de olvidar que también los seres no humanos introducen cambios en los ecosistemas, que son por definición dinámicos).

Así las cosas, conservar la naturaleza es conservar lo que las cosas son, y eso aplica a los paisajes, pero también a los animales, las plantas y, por qué no, al ser humano. De ahí que sea razonable hablar de una ecología humana, que nos llevaría a buscar un equilibrio vital con las características más hondas de nuestra constitución.

Desde hace varias décadas, distintos autores –en su afán de deconstruir cualquier concepto clásico- niegan que exista una naturaleza humana, entendida como el conjunto de valores universales que nos afectan a todos los seres humanos. Siendo consecuentes con ese planteamiento, solo queda acogerse a un relativismo moral, en donde cada uno defiende unos valores propios sin pretender extenderlos a otros. En la práctica, ese relativismo dificulta enormemente establecer principios morales de validez universal y, por tanto, asentar cualquier declaración de derechos humanos que garantice igual dignidad para cualquier persona, independientemente del lugar y época en la que viva.

Así las cosas, conservar la naturaleza es conservar lo que las cosas son, y eso aplica a los paisajes, pero también a los animales, las plantas y, por qué no, al ser humano. De ahí que sea razonable hablar de una ecología humana.

Emilio Chuvieco y Lorenzo Gallo

En nuestra opinión, la conservación de la naturaleza, cada vez más vinculada al concepto de desarrollo integral, debería ligarse también a una revaloración de lo natural como criterio objetivo de sanción moral.

Siguiendo el enfoque ético propuesto por Aldo Leopold, uno de los pioneros del conservacionismo: “Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a otra cosa” (Una Ética de la Tierra, 1946). Siguiendo esta idea, podríamos afirmar que algo es moralmente adecuado cuando es natural, cuando sigue lo que corresponde a la naturaleza de una “comunidad biótica”. Si aplicamos esto al ser humano, podríamos usar ese criterio “ecológico” para calificar algo como moralmente bueno si es natural al ser humano. Claro está, identificar lo moral con lo natural lleva consigo ponernos de acuerdo en definir a fondo qué significa el concepto “natural” y después cómo se aplica a la naturaleza humana.

Los significados de «natural»

Usamos la palabra natural en varios contextos que no tienen, en nuestra opinión, una sanción moral univoca. Por un lado, usamos natural como sinónimo de normal, de lo que se hace habitualmente. Claro está que alguien que haga cosas no habituales o incluso anómalas, como teñirse el pelo de verde, no tiene por qué estar cometiendo una inmoralidad.

Tampoco parece moralmente reprobable cuando calificamos de natural a una conducta que se produce espontáneamente en determinadas personas. Lo natural a un autista es que hable poco y eso no lo hace peor persona. Tampoco implica lo contrario: que toda conducta espontánea sea moralmente buena. Un ladrón puede tener tan arraigado ese mal hábito que le lleva a hacerlo espontáneamente, y eso no le convierte en mejor individuo.

En tercer lugar, podemos calificar como natural algo que se produce sin intervención humana. En este sentido, tampoco podemos asignar calificación moral a esa naturalidad, o a esa falta de naturalidad en el caso de las acciones artificiales, ya que hay intervenciones humanas que son muy buenas, aunque no sean naturales, como sería operar a un enfermo o construir una casa. Finalmente, cuando empleamos la palabra natural para referirnos a fenómenos que ocurren siguiendo unas leyes de la naturaleza, tampoco deberíamos calificarlas moralmente. Un terremoto o una erupción volcánica no son en sí malas o buenas, aunque a veces tengan efectos que si puedan calificarse así.

Hemos dejado para el final lo que consideramos el núcleo de esta reflexión. Lo que califica que algo natural sea bueno en sí mismo no es por ninguna de las cuatro acepciones antes indicadas (lo normal, lo espontáneo, lo no-artificial o lo producido por el ambiente), sino por el hecho de que corresponda a la naturaleza de ese ser, principalmente del ser humano. En este sentido, y extendiendo la cita previa de Leopold, algo sería bueno cuando es propio de la naturaleza humana y sería malo cuando va contra ella. En suma, algo que vaya contra nuestra naturaleza sería antinatural, y por tanto moralmente reprobable. Este principio ha estado presente en la cultura clásica, como puede verse en la voluntaria entrega de Antígona ante la ley injusta de Creonte o en los escritos de Cicerón, y continuó con el cristianismo hasta la ruptura que supuso el empirismo y la Ilustración, donde se plantearon fuentes alternativas de moralidad que han acabado por ser propuestas vacías de contenido concreto, y han dejado lugar a la ética del acuerdo (es moral aquello que acordamos que lo sea) o al positivismo jurídico (es moral lo que la ley dice que es moral).

Lo que califica que algo natural sea bueno en sí mismo es el hecho de que corresponda a la naturaleza de ese ser, principalmente del ser humano.

Emilio Chuvieco y Lorenzo Gallo

La Iglesia católica sigue considerando que la naturalidad, entendida en el sentido más profundo del término, es un principio moral válido, tal y como recoge la última edición del catecismo: «Respetar las leyes inscritas en la Creación y las relaciones que dimanan de la naturaleza de las cosas es, por lo tanto, un principio de sabiduría y un fundamento de la moral» (Compendio, n. 64). Puede aplicarse a muchos aspectos moralmente controvertidos, como sería, por ejemplo, el aborto, la eutanasia o la regulación de la natalidad. A fin de cuentas, ¿qué diferencia a la regulación natural de la contracepción, por ejemplo? Básicamente en que una es natural (respeta los ciclos naturales de la fecundidad femenina) y otra no (los impide, de hecho), y de ahí que la primera sea admitida moralmente por la Iglesia y la segunda no (aquí hablamos del objeto en sí, no de la intención del agente, que puede convertir en moralmente inadecuado un acto bueno, pero nunca al revés).

¿Quiere esto decir que cualquier intervención humana (por tanto, no natural) sea moralmente criticable? No, solo lo será cuando sea propiamente anti-natural, o dicho de otra forma, cuando contravenga el sentido profundo de nuestra naturaleza. Operar de un ojo para devolver la vista a un paciente o hacerle diálisis de riñón es no-natural, pero se orienta a recuperar una función natural que se ha perdido o debilitado (por tanto, no es antinatural).  Por su parte, las intervenciones médicas ligadas a la contracepción son las únicas que se realizan para reprimir lo que funciona correctamente, contraviniendo su curso natural: parece obvio recordar que estar embarazada o ser fértil no es una enfermedad. En la misma línea, una cosa es intervenir para evitar el dolor a un enfermo crónico y otra eliminarle.

Estas reflexiones también pretenden conectar la ecología natural con la humana, de la que han hablado los últimos papas, que supone aplicar a nuestra naturaleza el respeto profundo que también se debe al ambiente. Benedicto XVI subrayó este enfoque en Caritas in Veritate: “…cuando se respeta la «ecología humana» en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia (…) Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental.

Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral» (n. 51). También el papa Francisco ha recordado la necesidad de abordar la ecología desde una perspectiva integral, que afecta no solo al ambiente sino a las personas, incluyendo también su esfera moral: «La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno» (n. 155).

Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas.

Emilio Chuvieco y Lorenzo Gallo

Finalmente, ¿por qué deberíamos considerar lo natural como categoría moral? Precisamente porque es lo más genuino a la persona, lo que le define más íntimamente y, en consecuencia, lo que garantiza la consecución de su propia perfección.

Si somos creyentes, porque la naturaleza humana ha sido querida por Dios: no nos toca a nosotros “mejorarla” (como pretenden los transhumanistas); si somos evolucionistas (creyentes o no) porque es el estado más avanzado del desarrollo natural, y sería muy pretencioso por nuestra parte alterarlo. En ambos casos, una razón adicional sería que lo natural no tiene efectos secundarios negativos, precisamente porque está en perfecto equilibrio con lo que somos.

Sabemos bien que maniobrar contra la naturaleza siempre tiene consecuencias negativas. Las tiene en ecología ambiental (deforestar un bosque en la cabecera de un río, llevará a inundaciones aguas abajo), y también en ecología humana (la decadencia de la familia es consecuencia, en buena parte, de la revolución sexual de los 60-70s). Conservar la naturaleza, en consecuencia, no solo lleva consigo conservar los ecosistemas para que sigan funcionando establemente, sino también conservar nuestra propia naturaleza, evitando aquellas acciones que la deterioran, buscando un equilibrio entre las tres dimensiones que la componen: animal, social, racional-espiritual.

El autor

Emilio Chuvieco y Lorenzo Gallo

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