Foco

Acompañamiento de los jóvenes. Necesitan ser tratados en serio

Fulgencio Espa Feced·11 de abril de 2017·Tiempo de lectura: 10 minutos
Jóven en una misa.

Suponer que el acompañamiento espiritual hunde sus raíces no en la tierra, sino en el cielo, y que produce sus frutos en la historia, es en definitiva jugar con ventaja. En el fondo, toda realidad que trate de lo sobrenatural es susceptible de ser interpretada de esta manera. De hecho, la imagen del árbol invertido que se enraíza en el cielo y da fruto en los altares fue fecundamente detallada durante la época patrística en referencia a la Eucaristía. La savia corre por el tronco de la cruz y se derrama en los dones eucarísticos, hechos cuerpo y sangre de Cristo. 

Las cartas están marcadas, por tanto, por el resello de lo sobrenatural. Hablo de acompañamiento espiritual desde una perspectiva de gracia, de don sobrenatural. Vamos a describir los rasgos esenciales de un encuentro entre hermanos o, si se prefiere, de un hijo con su padre. Paternidad espiritual y fraternidad cristianas se hallan al origen de esta práctica espiritual. En el acompañamiento no hay clientes, como en el coaching; ni pacientes, como en el psiquiatra; hay, sencillamente, hermanos. En el coloquio espiritual no hay terapia, como en el legítimo y provechoso mundo de la psicología; hay apertura de corazón, diálogo de fraternidad, conversación filial. 

Cuando se quiere llevar a cabo cualquier estudio de la índole que sea, la pregunta primera de todo ensayista o investigador versa sobre las fuentes. ¿Dónde se hallará conocimiento? ¿Qué bibliografía hay que consultar? ¿Qué artículos han salido últimamente?

Escribo sobre acompañamiento espiritual a jóvenes, y confieso que la fuente fundamental para estas letras han sido ellos mismos. Dicho de otra manera: para describir este árbol de gracia que es el acompañamiento espiritual, comienzo –¿por qué no?– detallando sus maravillosos frutos en los corazones jóvenes. En estos años de vida pastoral son muchos a los que he visto crecer al calor del diálogo espiritual. En esta reflexión es necesario descalzarse, se pisa terreno sagrado (cfr. Ex 3, 5): la tarea de la gracia en las almas es tan delicada, que se hace merecedora de nuestra primera atención.

Fruto

No se define a la planta improductiva por sus frutos. Si uno se toma la molestia de buscar el evangélico término “cizaña” en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, no hallará en ella la palabra “fruto”. Se habla de que es una planta tóxica, difícil de extirpar sin arrancar también la buena semilla, que puede dañar ella sola cosechas enteras.

Por el contrario, si uno busca “trigo”, es casi inmediata la referencia a su hermosa “hilera de grano y fruto”. El fruto dice mucho de la planta, hasta el punto de poder calificar su existencia como beneficiosa o dañina.

Ahora bien, ¿cuál es el fruto producido por el acompañamiento espiritual en las almas jóvenes? Por encima de todo, el amor. Sé que suena genérico para el oído escéptico, y como está en mi ánimo hacerlo creyente, descenderemos bien abajo para detallar qué significa, en este contexto, el amor.

Comienza, aunque no se busque (quizá porque no se busca), por un recto amor a uno mismo. Son muchas las chicas y los chicos que aprendieron a respetarse a sí mismos a través del acompañamiento espiritual. Cuando el diálogo extrema la delicadeza, mueve a ese respeto que comienza por uno mismo. Los muchachos comienzan a pensar que son capaces de algo. Son demasiadas las veces que han escuchado palabras de reprobación, juicios poco prudentes –y quizá falsos– sobre la bondad de los tiempos pasados, sentencias reprobatorias de su voluble voluntad. Por fin, alguien cree en ellos, y no me refiero al acompañante espiritual, sino a Dios mismo. Se llega, poco a poco, a la impresionante convicción de que algo espera de mí ese que existe antes de que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, y desde siempre y por siempre es Dios (cfr. Sal 89, 2).

El amor habla siempre de compartir algo. Amans amato bonum velit, decían los clásicos. O sea, que amar es compartir lo bueno. Descubrir al alma joven que tiene algo que compartir con Dios es abrirle al apasionante mundo de la oración. El corazón se hace grande en el diálogo de la plegaria, porque la juventud –siempre que sea joven– no repara en las dificultades cuando percibe la grandeza del amor, la belleza de un ideal amoroso. Todo eso se desvela cuando se persevera en la oración, y el acompañamiento espiritual es sinónimo de palabras de ánimo cuando se refiere a este particular. 

En el coloquio espiritual se aprende a orar, se crece en el trato con Dios, se pretende poner a la persona “cara a cara” con Dios (cfr. Ex 33, 11). Queremos, como Abraham, escuchar su voz (cfr. Gn 12, 1). Al principio quizá no seamos conscientes de que esa escucha puede implicar también salir de nuestra tierra. No importa. Dios no pide nada que antes no dé. El diálogo periódico con el acompañante está orientado fundamentalmente a cumplir Su voluntad; la de Dios. El principal y primer tema de la conversación espiritual es la oración, la plegaria, la queja y la acción de gracias a Dios: el diálogo íntimo con Él.

La luz de la gracia recibida en la oración pone de manifiesto las divisiones del alma. ¿Qué quiere decir esto? Como detalla el documento preparatorio para el Sínodo de los Obispos de 2018 sobre los jóvenes, “el corazón humano, debido a su debilidad y al pecado, se presenta normalmente divido a causa de la atracción de reclamos diferentes, o incluso opuestos”. El joven evidencia esta oposición, y distingue, nuevamente, los frutos de aquellas ramas que hunden sus raíces en el cielo, de esos otros que nacen por y para lo mundano. El acompañamiento espiritual despierta en el joven el ansia de lo mejor, y abre su corazón y su inteligencia a una vida con relieve. 

El joven que con autenticidad se deja acompañar espiritualmente escapa del conformismo, y ya no actúa solo si “renta” o “no renta”. En su corazón anida algo más que la sensualidad y la comodidad, que nada tiene que ver con un ideario pesado, sino más bien con un amor abrasador. 

El joven que reza sinceramente, y profundiza sin cesar en ello, hace brillar su alma con los más bellos destellos. No se deja engañar. Descubre la perla escondida, y es capaz de vender cuanto tiene con tal de adquirirla (cfr. Mt 13, 45-46). Es mucho más que un joven con valores; es un joven con vida sobrenatural. Esa vivencia marca su mirar cotidiano; ha hallado el tesoro escondido del amor de Dios y observa un mundo diferente: no ve extraños sino hermanos; no experimenta dificultades, sino pruebas en el amor; no conoce la queja, sino el desafío de la entrega.

En el camino de la vida, afirma el documento citado, conviene decidir, “porque no se puede permanecer indefinidamente en la indeterminación. Pero es necesario dotarse de los instrumentos para reconocer la llamada del Señor a la alegría del amor y elegir responder a ella”. El fruto más sobrenatural que el acompañamiento espiritual puede producir en la juventud es el discernimiento de la propia vocación, porque implica la serena convicción de un amor extraordinario de Dios que, en su infinitud y omnipotencia, ha reparado en mi pobreza. 

“Escucha, hija, mira, inclina el oído; prendado está el rey de tu belleza; póstrate ante él que él es tu Señor” (Sal 44, 11). Este, y no otro, es el contexto de toda vocación: un diálogo de amor en el que uno tiene algo que entregar. Esto es lo bonito: que Dios quiera mendigar algo del alma joven. Y esto es lo apasionante: que ese chico, que esa chica, pueda dárselo. Un fruto de tan extraordinaria belleza, ¿podrá estar enraizado en otro lugar distinto del cielo mismo?

Ramas y tallo

Estos maravillosos frutos “entallan” en una personalidad bien concreta: una humanidad que desea crecer. Es la juventud tiempo de ideales, y quien piense que eso acabó con el siglo pasado es que, de hecho, no trata o no sabe tratar a los jóvenes. Perder la esperanza de que la juventud pueda ser la edad de los sueños es perder la esperanza en la humanidad entera. 

“La juventud no está hecha para el placer”, afirmaba certeramente el poeta Paul Claudel, “sino para el heroísmo”. Hoy, como siempre, la juventud necesita a alguien que le recuerde su grandeza. Esos frutos que son los corazones nobles de los jóvenes penden de unas ramas que necesitan ser podadas, de un tallo merecedor de las más exquisitas atenciones. En definitiva, los jóvenes necesitan ser seriamente tratados, y no como deficientes morales o, lo que es peor, psicológicamente incapaces. Juventud ha de ser sinónimo de una mayor generosidad, y no de una vida raquítica.

Hacen falta hombres que comprendan lo que de verdad interesa a los jóvenes, y puedan moverles al más fino amor. Lo dicen –¡lo piden!–  ellos mismos. Los acompañantes espirituales tienen que estar persuadidos del heroísmo de la juventud. 

“Nosotros pudimos responder”, decía un anciano presbítero al grupo de sacerdotes que se apiñaba alrededor suyo, “porque alguien se ilusionó con nosotros”. Chicos y chicas necesitan ese alguien que les enseñe a amar lo verdaderamente importante y a no distraerse con los engaños del camino… Y eso lo aprenden muchas veces no tanto como fruto de largas peroratas, sino como consecuencia de una verdadera pasión por ellos de mil modos manifestada: sus ideales, sus gustos, sus canciones, sus valores, sus inquietudes. Quererles

Porque alguien se ilusionó con nosotros. Los que acompañan espiritualmente deberían grabarse a fuego estas palabras en sus corazones si desean sinceramente ayudar a los más jóvenes. Ilusionarse con la juventud, ilusionarse con que un joven sea llamado por Dios a una entrega sin reservas, ilusionarse con que todos ellos puedan llegar a las más altas cotas del amor de Dios. Tener pasión por la juventud hace a los jóvenes noblemente apasionados. Ellos notan pronto quién tiene deseo de vivir, empeño por estar alegre y confianza en la juventud. Cuando el sacerdote o el acompañante espiritual tiene ilusión por los muchachos, consigue comunicar naturalmente sus aspiraciones, sin fingimientos ni cosas extrañas. Ellos encuentran por fin un adulto que les entiende y les habla al corazón, que no quiere sacar nada de ellos sino que únicamente busca que encuentren la verdadera felicidad: su propio (y más alto) camino. No hay sospecha, al contrario: saben que pueden hablar con él de sus cosas más íntimas, porque nunca le parecerá demasiado. Ese hombre, esa mujer, enseña continuamente de palabra y de obra que ser de Dios es un regalo, y que quien ha sido elegido por Dios es un privilegiado. 

Nosotros pudimos responder, porque alguien se ilusionó con nosotros. Volviendo al símil agrario, hay que cuidar la planta de la juventud a costa de los más grandes esfuerzos, si bien el mayor de todos es quererles sinceramente y de todo corazón. Con su amor y su palabra, el acompañante espiritual librará al joven de las numerosas plagas a las que se halla expuesta: los respetos humanos, la crítica feroz, la procacidad, la sensualidad y la falta de arraigos. 

El miedo a Dios

En el acompañamiento espiritual es necesaria la maestría de un cuidador de bonsais. Delicadeza extrema para tratar al alma cristiana. El curso de la conversación espiritual tratará sobre diversas cuestiones: la oración, la fe en Dios, las dudas y las zozobras, los sacrificios de la jornada y las circunstancias del día a día. Cada uno tiene su modo propio de entablar este coloquio, si bien en todos los casos se habrá de buscar el encuentro más sincero y veraz con Dios. Toca al acompañante espiritual la bella tarea de escuchar y de poner al joven delante de Dios para que haga no lo que más le apetece, sino lo que conduce al mayor amor de Dios. Toca al maestro abrir horizontes de rectitud y de amor que sean motor de las decisiones más difíciles; mover a las almas a la comunión con Dios para poder traer el cielo a la tierra. 

A esa delicadeza extrema corresponde la sinceridad más total. Es sincero quien dice todo lo que sabe, y eso representa al menos tres aspectos de máximo interés. En primer lugar, se quiere decir que no se oculta nada por vergüenza o por temor a quedar mal. Nunca se queda mal en la dirección espiritual si se dice la verdad. Para ello, el acompañante no ha de mostrarse nunca decepcionado, porque tal actitud no sería en ningún caso evangélica. ¿Acaso el Padre del hijo pródigo manifestó en algún momento sombra de decepción?

En segundo lugar, ser sincero significa profundizar y crecer día a día en el conocimiento propio. Decir todo lo que uno sabe no significa saberlo todo. Para dejarse acompañar es oportuno tener un profundo espíritu de examen que ayude a un progresivo conocimiento propio.

Finalmente, ser sincero significa ser dócil a las indicaciones. Si uno dice todo siempre, y no hace caso nunca a los consejos, difícilmente hallará en el acompañamiento un instrumento eficaz para su vida espiritual.

Raíz

La raíz está en el cielo; o bien en el cielo que se hizo tierra: Jesucristo. Él es el ejemplar primero y paradigma absoluto de todo acompañamiento espiritual, que se expresa en la totalidad de su humanidad: la mirada amorosa (la vocación de los primeros discípulos, cfr. Jn 1, 35-51); la palabra con autoridad (la enseñanza en la sinagoga de Cafarnaún, cfr. Lc 4, 32); la capacidad de hacerse prójimo (la parábola del buen samaritano, cfr. Lc 10, 25-37); la opción de caminar al lado (los discípulos de Emaús, cfr. Lc 24, 13-35); el testimonio de autenticidad, sin miedo a ir en contra de los prejuicios más generalizados (el lavatorio de los pies en la última cena, cfr. Jn 13, 1-20). 

Por la humanidad de Jesús llegó la gracia a los primeros discípulos, a los habitantes de Nazaret, a los que escuchaban su enseñanza, a los discípulos de Emaús y a los Apóstoles. Por medio del acompañamiento espiritual, siguen llegando torrentes de gracia a los jóvenes, sacándolos del más insulso anonimato, y llevándolos a las más altas cotas del amor de Dios: como a Pedro y a Santiago, como a Juan y a Andrés, como a María Magdalena.

La meta en este caso es el origen. El acompañamiento espiritual, que hunde su raíz en la gracia de Dios, tiene por término a Dios mismo. Muchas personas buscan estar bien. Los jóvenes también. Es razonable; a nadie le gusta sentirse mal. El acompañamiento espiritual contribuye, qué duda cabe, a la paz interior, pero su objetivo es más trascendente. En último término, el acompañamiento espiritual quiere llevar al joven a la santidad, y por eso es para toda alma cristiana. En el último Concilio se nos ha recordado esa llamada universal a la santidad, y vinculada a ella se podría subrayar legítimamente que también hay una llamada universal al acompañamiento espiritual.

Es cierto, el acompañamiento espiritual no es el único medio para la santidad. Los medios de santificación son infinitos, como infinito es el amor de Dios por cada criatura. Pero, como subrayaba un alma joven, el acompañamiento espiritual es lluvia fina, sugerencia delicada, indicación suave que mueve fuertemente los corazones y fecunda las almas. En efecto, el acompañamiento espiritual no es el único medio de santificación, pero si uno de los más privilegiados.

Una comunidad juvenil donde se recurre al acompañamiento espiritual rectamente vivido habla claro de un conjunto y de un cada uno bien orientado. La conversación periódica con el hombre o la mujer espirituales pone en la buena dirección a cada alma y a la entera comunidad. 

Lo que hemos visto con nuestros ojos (1 Jn 1,1)

“Los judíos pudieron contemplar milagros”, afirmaba san Juan Crisóstomo en una de sus catequesis; “tú los verás también, y más grandes todavía, más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto”. 

El milagro es una hermosa cosecha; eso es lo que vieron nuestros ojos y palparon nuestras manos. Una cosecha divina, que habla de jóvenes entregados, totalmente modernos y plenamente cristianos. Un mismo fruto (el camino a la santidad) expresado de modos muy distintos: almas consagradas en la vida religiosa, jóvenes entregados al sacerdocio, chicos y chicas que abrazan el celibato apostólico y decenas y decenas de jóvenes que forman familias conforme al amor de Dios. En efecto, milagros más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto: el triunfo del amor de la Nueva Alianza (la gracia) en el alma joven.

“Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu”, afirmaba el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, “para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño” (n. 171). 

Proteger al rebaño, cuidar la planta…. y hacerla crecer. “En el compromiso de acompañar a las nuevas generaciones la Iglesia”, sentencia el documento preparatorio del Sínodo de 2018, “acoge su llamada a colaborar en la alegría de los jóvenes, más que intentar apoderarse de su fe (cfr. 2 Cor 1, 24). Dicho servicio se arraiga en última instancia en la oración y en la petición del don del Espíritu que guía e ilumina a todos y a cada uno”.

El autor

Fulgencio Espa Feced

Párroco de Santa María de Nazaret (Vallecas, Madrid)

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