Vulnerables, como Jesús

Si no somos capaces de reconocernos como seres vulnerables, necesitados de los demás a lo largo de todas las etapas de nuestra vida, difícilmente llegaremos a ser felices.

15 de septiembre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
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Desde pequeños nos enseñaron que hay que crecer para ascender y ganar independencia, pero nos ocultaron una parte fundamental de la historia: que en algún momento hay que volver a descender y empezar a depender de otros.

Este problema se manifiesta en muchas personas mayores a quienes los años se les vienen encima de repente, como si nunca hubieran pensado que a ellos les pudiera pasar. No aceptan las limitaciones físicas y sensoriales, no admiten no llevar ya la voz cantante, se vuelven malhumorados, tacaños… Hay casos extremos que terminan en depresión e incluso en suicidio.

No hace falta llegar a viejo para pasar por este proceso. He visto casos parecidos en personas jóvenes ante una enfermedad, un problema familiar o económico. ¡No entraba en sus planes tener que pedir ayuda!

Por más que nuestro mundo promueva un modo de vida individualista, competitivo, en el que tenemos que ser más fuertes que el otro, más guapos, más ricos, más inteligentes o más astutos; lo cierto es que, como nos recuerda el sabio Qohélet, ¡Todo eso es vanidad! Si no somos capaces de reconocernos como seres vulnerables, necesitados de los demás a lo largo de todas las etapas de nuestra vida, difícilmente llegaremos a ser felices, porque trabajaremos sobre un modelo falso de la realidad que convierte el ideal de existencia en inalcanzable. El problema del ser humano es irresoluble si no incluimos su vulnerabilidad intrínseca en la ecuación.

Lo propio de nuestra especie es formar parte de una comunidad, de un pueblo en el sentido más entrañable del término: el de una familia de familias, una red de apoyo y ayuda mutua. En declaraciones al diario El País con motivo del reciente descubrimiento de lo que parece ser la primera intervención quirúrgica de la historia (una amputación hace 31.000 años), la paleoantropóloga María Martinón-Torres afirmaba que «en nuestra especie, el instinto de supervivencia abarca al grupo, no solo al individuo, e incluye actos premeditados, proactivos y organizados, como la institucionalización del cuidado». La científica española recordaba con motivo de la presentación de su libro “Homo imperfectus” (Destino) que «nuestra fortaleza no es individual, es siempre como grupo. Eso nos permite acoger, compensar y proteger debilidades o fragilidades individuales. El más débil no es el físicamente frágil o el que está enfermo, sino el que está solo».

Frente a esta evidencia antropológica, la soledad se está convirtiendo en un “problema de salud pública” en el mundo occidental, como ha reconocido un estudio encargado por la Comisión Europea. Uno de cada cuatro ciudadanos de la UE declaró haberse sentido solo durante los primeros meses de la pandemia. En Estados Unidos, la soledad ha sido calificada por las autoridades como “epidemia” y en otros países, como Japón o Reino Unido, han tenido que crear incluso ministerios de la soledad para tratar de paliar los terribles efectos en las personas de la falta de apoyo familiar o social.

Resulta llamativo ver cómo, a pesar de esta evidencia, la destrucción programada de la familia sigue su curso, alentada por ideologías delirantes, aunque muy bien apoyadas por los poderes económicos. Ellos sabrán.

Mientras tanto, el Evangelio tiene muchas respuestas a este problema. En primer lugar, Jesús, el hombre perfecto, nos enseña a ser verdaderamente humanos, y eso pasa por sentirnos vulnerables, por no creernos invencibles. Él, que es Dios, se despojó de su rango para hacerse perfecto hombre y, como tal, necesitó familia, comunidad, pueblo. Necesitó que otros le amamantaran y le cambiaran los pañales en Belén, que lo protegieran en Egipto, que le ayudaran a sentirse amado, a crecer y a formarse en Nazaret, que lo dejaran todo en Galilea para seguirle en su misión, que lo arroparan y cuidaran en Betania, que rezaran por Él en Getsemaní, que lo acompañaran en el Gólgota…

Claro que Él también ayudó a muchos y que como Dios salvó a la humanidad entera, ¡pero como hombre pidió ayuda y se dejó ayudar! Él nos invitó a ser como niños. Y eso significa sentirse vulnerables, descubrir que necesitamos ayuda, pedirla y dejarnos ayudar. Es la mejor receta cuando se está cansado y agobiado, y para ser hombres y mujeres auténticos.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos «hilos» en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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