Firmas invitadasMons. Luis Ángel de las Heras, CMF.

La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido

En el 25 aniversario de la Jornada mundial de la Vida Consagrada, Mons. Luis Ángel de las Heras recuerda que quienes abrazan este estilo de vida siguen y deben seguir siendo parábola profética de gracia.

28 de enero de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
Foto: religiosa del Convento de Santa María de Gracia, Huelva. MM Agustinas

El 2 de febrero de 1997 se celebró la primera Jornada mundial de la Vida Consagrada que instituyó san Juan Pablo II con el fin de “ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo de cerca mediante la práctica de los consejos evangélicos”. Igualmente, el Papa quiso que la Jornada fuera una ocasión propicia para que los consagrados renovaran los propósitos y reavivaran los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor.

Objetivos

San Juan Pablo II fijó tres objetivos. El primero, alabar y dar gracias al Señor por el gran don de la vida consagrada que enriquece y alegra la comunidad cristiana con carismas y frutos de vidas entregadas a la causa del reino. El segundo, promover en el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la vida consagrada. Y el tercero, invitar a las personas consagradas a celebrar juntas las maravillas que el Señor realiza en ellas.

El 2 de febrero de 2021 conmemoramos el XXV aniversario de esta jornada. Para celebrar estas bodas de plata, el lema elegido en España recoge los acontecimientos actuales y las llamadas evangélicas del papa Francisco: “La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido”.

Este lema es uno de los nombres proféticos de la vida consagrada en estos momentos de la historia. Con los mismos problemas, esperanzas y desafíos que el resto de los miembros del pueblo de Dios y de nuestra sociedad, la vida consagrada sigue y debe seguir siendo parábola profética de gracia.

Portadores de la Luz

Rechazando cualquier perspectiva derrotista, los consagrados, revestidos de Jesucristo,  son portadores de Su luz, tal y como afirmó Benedicto XVI pocos días antes de su renuncia: “No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz —como exhorta san Pablo (cf. Rm 13,11-14)—, permaneciendo despiertos y vigilantes”. Unas palabras que citó el Papa Francisco en su Carta Apostólica con ocasión del Año de la Vida Consagrada (2014). 

Las personas consagradas van siendo menos y mayores, pero siempre impregnadas del amor de Dios y del Evangelio de Jesús, testigos y profetas de la alegría y la esperanza que brotan del encuentro con el Señor. Unidas entre sí, con Él en el centro, son capaces de navegar hacia otras orillas donde se las necesita. Su vida y su misión las consagra para realizar un proyecto singular que implica ir, ver y habitar donde Cristo pone el centro, es decir, en las periferias, porque el Reino de Dios tiene por capital las orillas de este mundo.

Durante la pandemia

Algunas de esas orillas han sido, en los últimos meses, la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias. En las periferias del dolor, la precariedad, la depresión, la incertidumbre y la muerte, las personas consagradas se han comprometido fraternalmente, mostrándose expertas en evangelio y humanidad, sobre todo con los más vulnerables. 

Su parábola de fraternidad en un mundo herido ha brillado como una luz de sosiego y esperanza en esta situación de emergencia humanitaria. En las residencias de ancianos donde el virus ha hecho mella; en los hospitales junto a los profesionales de la salud, o como parte de ellos; conviviendo con menores sin familia, personas con adicción, discapacidad o enfermedades psíquicas; acogiendo a personas sin hogar y a víctimas de malos tratos, de prostitución y de trata humana; respondiendo a los desafíos de la educación; acompañando y consolando en la soledad; acudiendo a cualquier región de necesidad; orando con esperanza.

Como hemos dicho los obispos de la CEVC en el mensaje para la XXV Jornada del 2 de febrero, la entraña parabólica de los consagrados se convierte en aceite y vino para las heridas del mundo, vendaje y hogar de la salud de Dios. Demos gracias a Dios por ellos y con ellos, tejedores de lazos samaritanos hacia dentro y hacia fuera, seguidores cercanos de Jesucristo, Buen Samaritano.

El autor

Mons. Luis Ángel de las Heras, CMF.

Obispo de León y  presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.

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