FirmasLourdes Grosso García, M.Id

Via Lucis

De la mano de la Virgen y con los textos preparados por Lourdes Grosso, recorremos este Via Lucis 

4 de abril de 2021·Tiempo de lectura: 9 minutos
resucito

Ahora, de la mano de María, empezamos el recorrido de nuestro Via lucis.

1ª Estación: ¡Cristo vive!: ¡ha resucitado!

Si nos acercamos al relato del Evangelista san Marcos contemplamos cómo nos introduce, desde lo cotidiano, al gran acontecimiento que hoy conmemoramos. Dice así:

“Pasado el sábado, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande…” (Mc 16, 1-4).

¡Qué clave tan sencilla cuanto importante para la vida espiritual!: reconocer el poder de la gracia más allá de nuestros límites. Cuando el corazón nos lleva a actuar en nombre de Cristo, por amor a Él, no temamos, su gracia nos precede y nos asiste.

2ª Estación: Jesús se aparece a María Magdalena

San Juan (20, 10-18) relata que María se quedó allí, “junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, que le preguntaron: —Mujer ¿por qué lloras? —Porque se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto.

Dicho esto se volvió hacia atrás y entonces vio a Jesús que estaba allí, pero no le reconoció y Jesús le preguntó: —Mujer, ¿mujer por qué lloras? ¿A quien estás buscando? Ella creyendo que era el jardinero le contestó: —Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo”. Entonces Jesús la llamó por su  nombre: “—¡María! Ella se acercó y exclamó —¡Maestro!”.

¿Por qué no te vemos, Señor? Tú nos llamas a cada uno por nuestro nombre. Estoy convencida de que es posible oír esta llamada directa, personal e intransferible, pero para ello hay que “tener limpias las razones de la vida de toda escoria” como dice Fernando Rielo en su poema Vírgenes mundos; para ello tengo que liberar mi embotado corazón que me impide oír adecuadamente, dejar de lamentarme por tu ausencia, de llorar porque no sé dónde te han puesto, porque las lágrimas nublan mi visión… y sobre todo, porque ¡estás aquí!

3ª Estación: Jesús se aparece a las mujeres

Mateo (28, 8-10) narra cómo los ángeles anuncian a las mujeres que Cristo ha resucitado, y ellas salen a toda prisa del sepulcro y, con temor pero con mucha alegría, corren a llevar la noticia a los discípulos. Jesús les sale al encuentro y les saluda. Ellas se echaron a sus pies y le adoraron.

Ahí están los ángeles del sepulcro de Jerusalén, uniendo su voz a los ángeles de la noche de Belén. Adquiere plenitud aquel anuncio: del “Alegraos, os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 10), hoy es “Alegraos, he aquí al Salvador”…; “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado” (Lc 24, 5). Aquel anuncio de “paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14), resonará nuevo en boca de Nuestro Señor resucitado cuando apareciéndose a los suyos les diga: “la paz sea con vosotros” (Jn 20, 19).

Nos inunda una alegría indescriptible porque se ha cumplido la promesa; nuestro Dios ha vencido a la muerte, el mal no tiene poder sobre el Amor. “La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (I Cor 15, 55).

Su resurrección es preludio de la nuestra; su presencia resucitada que irrumpe en nuestro tiempo, transcendiéndolo, nos sitúa en una nueva forma de vivir con Él, da sentido, contenido nuevo a la existencia, es una clara convocatoria a que nuestra vida, tu vida y la mía, salga de las garras de la muerte, para ir pasando “de la muerte a la vida”. Es la esperanza certera de que también a nosotros nos espera ese destino.

4ª Estación: Los soldados custodian el sepulcro de Cristo

Pero incluso el momento más sublime de la historia está acechado por el mal y la mentira (Mt 28, 11-15). Los soldados se dejan comprar; ellos que podían haber sido, junto con las mujeres, los primeros testigos de la resurrección, prefieren mentir a cambio de una buena suma de dinero y decir que sus discípulos le robaron de noche.

¡Cuán grande es la terquedad humana! La poca fe, la soberbia de la que ya hemos hablado, que impide aceptar lo que no constatemos con nuestra pequeña y pobre razón: nos cuesta aceptar el poder de Dios y cómo, si se lo permitimos, va llevándonos de la muerte a la vida, nos va resucitando. Queremos gobernar la propia historia, aunque a menudo ni nos demos cuenta de ello. Pero el poder sólo es de Dios. Su signo es la potestad sobre la vida y sobre la muerte. El nuestro la dependencia, la creaturalidad. Él puede darse la vida a sí mismo; a nosotros sólo nos la da Él.

En este contexto me parece intuir el significado de un proverbio de Fernando Rielo: “Cada mañana despertamos en resurrección / para la muerte. / Si lo entiendes… / no saldrás de tu asombro”.

La gran tentación del ser humano es la autonomía, el no aceptar la dependencia total respecto de Él; por eso,la clara respuesta de los santos es la consagración. Consagrarse es zambullirse totalmente en la dependencia de “otro” renunciando definitivamente a la autonomía que nos seduce tanto (Luzbel, Eva, Adán…). Aquí se conjugan maravillosamente la muerte a sí y la resurrección, que es vida en Él.

Tenemos que suplicar la limpieza de corazón y una razón formada por la fe para reconocer la verdad y no ceder nunca al engaño, a la manipulación por propios intereses, en definitiva, a una falsa autonomía.

5ª Estación: Pedro y Juan contemplan el sepulcro vacío

Un relato que me resulta de especial ternura es cuando Pedro y Juan se dirigen al sepulcro (Jn 20, 3-10). Es fácil imaginar cómo latiría el corazón de ambos y qué ideas pasarían por sus mentes. Corrían los dos juntos, pero Juan corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Cuando llegó Pedro entraron, vieron y creyeron.

Pueden darse muchas explicaciones de este episodio; para mí es representativo de la virtud del honor. La inmensa conmoción que sienten no impide que Juan reconozca la primacía a quien le ha sido dada aun cuando Pedro, siendo mayor que él, haya corrido menos y llegado después al sepulcro. ¡Qué lección respecto del trato que nos debemos! En primer lugar a nuestros superiores, dándoles siempre el honor y la consideración que les corresponde; y también sabiendo atender a cada hermano y hermana en sus características, en sus tiempos. Esta forma de proceder no viene de la carne ni de la sangre, sí de la acción de Cristo resucitado en mí.

6ª Estación: Jesús en el Cenáculo muestra sus llagas a los apóstoles

(Lc 24, 36-43) “Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?

Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. ¿por qué dudáis todavía?” ¡Cuánta ternura y cuánta premura de amor en esas palabras! Mira, toca mis llagas… ¡qué otra prueba puedo darte de mi amor, de mi permanencia a tu lado en cada momento y para siempre!… ¿qué más quieres?

“Yo estaré con vosotros siempre” (Mt 28, 20). Yo estoy contigo siempre. Yo soy la resurrección y la vida. Ya no hay lugar para el temor, la decepción, la soledad, el desasosiego. Mi presencia está asegurada; éste es el sentido de mis apariciones, de la forma en que me estoy mostrando a ti, a vosotros: no te turbes, ¡soy yo mismo!

7ª Estación: En el camino de Emaús

(Lc 24, 13-32)Todos recordamos bien la historia de aquellos dos que iban deJerusalén a un pueblo llamado Emaús, entristecidos, conversando entre sí sobre todo lo que había pasado.

El camino de Emaús es el camino de las esperanzas perdidas, de la decepción, del sentimiento de abandono, el camino de los que piensan que es mejor dejarlo todo, marcharse de la ciudad donde quedaron sepultados los últimos sueños juveniles… ¡Cuántas veces estamos tentados de recorrer ese camino!

Y es ahí donde Cristo se hace el encontradizo, no como el Maestro lleno de gloria que desvela de golpe el misterio de lo que ha sucedido, sino como un viajero más, un compañero que camina a mi lado y paso a paso me va comentando los hechos, iluminando la verdad, el porqué de lo que está ocurriendo para, finalmente, darse a conocer en la fracción del pan, en su eucaristía, y hacer que se abran mis ojos y arda mi corazón. Pero para que llegue ese momento hay que caminar con él, dejarse acompañar, creer, esperar, y escuchar…  escuchar mucho…

Una vez constatada su presencia, aunque de nuevo desaparezca de nuestra vista, nos deja en un estado de alegría y fortaleza suficientes para volver a la ciudad de antes, a la de siempre, pero con los ojos abiertos del amor renovado, redimido, resucitado; nos hace capaces de releer la propia historia y recuperarla para dar testimonio de él, para darle gloria.

La vivencia de esta presencia de Cristo Resucitado es la plenitud del tiempo abierto a la eternidad, en esta vida. En la vida eterna es estado beatífico. “Se dijeron uno a otro: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

8ª Estación: Jesús da a los apóstoles el poder de perdonar los pecados

(Jn 20, 19-23) Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Uno de los mayores regalos del cristianismo es el perdón. Jesús lo practicó durante toda su vida, y es su primera palabra en la cruz: “Padre, perdónales”. Ahora transmite ese poder a los suyos, confiriéndoles el carácter sacramental de perdonar los pecados, algo que, bien sabemos, sólo puede hacer Dios. Por eso, cuando en el episodio de la curación del paralítico le dice “Hijo, tus pecados te son perdonados”, algunos escribas pensaban entre sí: “¿Cómo habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 5-7).

Ahora, da a los apóstoles este poder como vía ordinaria de sanación, ¿puede haber mayor compasión? Y todos, de alguna manera, participamos de este rasgo divino cuando ejercemos el perdón. Un fruto de la resurrección de Cristo ha de ser en mí, en nosotros, la disposición total para el perdón. Cualquier rencor, prejuicio, desconfianza, que manche la figura de mi hermano ha de ser purificada en mi corazón. Esto sólo es posible por la obra de la gracia, y tenemos la gracia suficiente para ello.

9ª Estación: Jesús fortalece la fe de Tomás

(Jn 20, 26-29) Esta forma de perdonar, de proceder de Jesucristo, se manifiesta una vez más en su aparición a Tomás. “Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz con vosotros. Luego dice a Tomás: Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío. Le dijo Jesús: Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”.

Dichosos, sí, porque ¿puede haber alguien más libre y más feliz que quien lo ha apostado todo por Cristo, a fondo perdido y sin reserva alguna, de verdad, y vive con total confianza en la Providencia del Padre? A los que aún no hemos llegado a ese santo y bendito despojo, nos sigue asaltando la añoranza, el temor, la sombra de la duda.

Sí. Son felices los que creen sin ver.

10ª Estación: Jesús resucitado en el lago de Galilea

(Jn 21, 1-7)Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Recordamos bien ese episodio. “Les dijo Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado? Le contestaron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor. Pedro se puso el vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al mar”.

Fernando Rielo, aplicando este pasaje evangélico a la vocación, decía que esta requiere dos elementos: que haya unos apóstoles que se lancen a pescar y que Cristo esté presente, como en Tiberíades, para dirigir esa pesca. Podemos estar muy afanados incluso en las cosas más sagradas, dedicar esfuerzo, tiempo, creatividad, todas nuestras energías; pero la bendición y la fecundidad no está sujeta a la propia capacidad, ingenio o profesionalidad, viene del saberse enviados por Cristo, humildes instrumentos de su gracia. Aquél que dijo a San Pedro: “Te haré pescador de hombres”, nos enviará el Espíritu Santo para indicarnos la forma adecuada de actuar en cada momento, dónde hemos de echar nuestras redes.

11ª Estación: Jesús confirma a Pedro en el Amor

(Jn 21, 15-19)Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?”.

Pregunta que nos evoca aquel “¿Ves que hago nuevas todas las cosas?”. Cristo resucitado restaura el amor de Pedro. No hay en Él palabra alguna de recriminación, ni siquiera de advertencia para el futuro, ese “ya te lo había dicho” tan humano con el que nos echamos en cara las cosas unos a otros. No. Dios no actúa así. Él restaura, eleva, porque su justicia es severa ante el malvado que conscientemente, soberbiamente, se le opone, pero infinitamente misericordiosa ante los débiles, los necesitados. Él, que pasó su vida curándonos, también lo hace ahora, ya resucitado, restaurando con su triple pregunta “Pedro, ¿me amas?”, la triple negación que tenía herido de profundísimo dolor el corazón del pobre Pedro. Y con la restauración el paso a otra forma de amor, a la verdadera, que va más allá del sentimiento, del afecto y de las buenas intenciones, al amor que —imagen del amor divino— es donación, misión corredentora: “Apacienta a mis ovejas”.

12ª Estación: Jesús encarga su misión a los apóstoles

(Mt 28, 16-20)Y he aquí la misión: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Id y predicad lo que habéis visto y oído, lo que vive vuestro corazón, para que todas las gentes lleguen a ser mis discípulos. Es el momento de la misión, del imperativo apostólico para que la alegría del Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra y del corazón humano.

Vamos finalizando nuestro via lucis, que culminará con dos estaciones en las que se nos invita a meditar en las correspondientes festividades litúrgicas: la Ascensión y Pentecostés.

13ª Estación: Jesús asciende al cielo

(Hch 1, 9-11)Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos.

14ª Estación: La venida del Espíritu Santo en Pentecostés

(Hch 2, 1-4) “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.  De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso […] quedaron todos llenos del Espíritu Santo”.

Hasta entonces, recorramos gozosos este camino de luz que la Pascua ha iniciado, recogiendo estas enseñanzas que brevemente he descrito y tantas otras que Cristo mismo irá depositando en nuestro corazón mientras nos acompaña por el camino de la vida.

El autor

Lourdes Grosso García, M.Id

Directora de la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española

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