Una educación de calidad exige libertad

31 de agosto de 2016·Tiempo de lectura: 4 minutos

Desde la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos se propone una enseñanza de calidad que forme a la persona en libertad, respetando a los padres, principales educadores de los hijos, y sin ingerencias ideológicas ajenas a la familia.

—Pedro José Caballero, Presidente Nacional de CONCAPA

La educación, en sentido amplio, es el camino para lograr la plenitud de los valores y aptitudes de cada persona, e incluso la satisfacción personal que produce la autorrealización durante toda la vida. Además, tiene una dimensión solidaria en cuanto permite contribuir a la mejora de la sociedad y, por tanto, a ayudar a los demás. La educación es primordial en la vida de las personas, más aún si tenemos en cuenta que quien renuncia a ella se autolimita.

El derecho a la educación es un derecho básico, recogido en casi todos los tratados, declaraciones y constituciones de los últimos siglos, especialmente a partir de la II Guerra Mundial; y que en España recoge el artículo 27 de la Constitución.

Es cierto que en muchos países aún no se han logrado principios tan esenciales como la plena escolarización –más de 124 millones de menores en edad de cursar estudios básicos no asistían a la escuela según datos de  la ONG Entreculturas, presentados en 2015–, pero también es verdad que se está luchando por conseguirlo y que se han logrado muchos avances en los últimos años.

Este derecho a la educación lo ostenta el niño, pero su ejercicio recae en los padres, que son sus representantes y los primeros educadores. Ellos son los responsables de su educación y es en la familia donde los hijos reciben sus primeros aprendizajes y donde posteriormente van a acudir como referente.

Los padres tienen el derecho y la obligación de educar a sus hijos en el bien, la verdad y la libertad, proporcionándoles una educación acorde con sus propios criterios. Por eso es tan importante la formación de los padres.

Los hijos deben ser educados conforme a los principios y convicciones de sus padres, que serán su referente moral toda la vida, y no conforme a los principios interesados que quiera imponer un estado o partido político.

Por otra parte, los progenitores  no pueden llegar a instruir a sus hijos en todas las ramas del saber instrumental y pedagógico, y por eso la sociedad ha tenido que buscar escuelas que suplan esta función.

Pero no podemos olvidar que la escuela educa por delegación de los padres y, por tanto, su función es secundaria y complementaria a la de la familia. Por eso, las familias acuden a terceras instancias: los colegios o centros educativos.

Esta necesidad social de las escuelas no tiene que suponer que los padres se desentiendan de la formación de sus hijos cargando las responsabilidades educativas sobre la escuela, sino que ambas han de colaborar y de compartir su trabajo y dedicación para lograr la mejor educación posible del alumno, de modo que éste desarrolle al máximo sus potencialidades.

Esta es una de las labores que fomenta y apoya CONCAPA en su defensa de la educación y de la familia dentro de la libertad, porque no puede haber educación de calidad ni formación de la persona sin libertad.

La libertad de enseñanza –educar a nuestros hijos según nuestras convicciones religiosas, morales o pedagógicas– es un derecho reconocido en la mayoría de los países, aunque a menudo no se cumple de una forma efectiva por la tentación totalitaria de algunos gobiernos que pretenden imponer sus ideologías por encima de las de la familia.

Desde CONCAPA seguimos defendiendo enseñanza de calidad en libertad, donde se respete a los padres como principales educadores responsables de los hijos, libres de ingerencias ideológicas ajenas a la familia. De este modo toda la sociedad saldrá ganando, ya que se formarán ciudadanos responsables, respetuosos y libres.

La familia es el referente del niño, del adulto y del anciano. Un referente necesario que –cuando no existe– origina conflictos en la persona.

Es cierto que la familia de hoy funciona de forma diferente a la de hace treinta años, pero por la propia dinámica social, lo que no significa que no tenga que haber unas claves comunes que constituyen el engranaje fundamental de la institución familiar, entre otras, la de introducir a los hijos en los ámbitos más valiosos de la vida: la transcendencia, el amor, la solidaridad, el respeto…

En cuanto a la educación, hay que comenzar hablando de la escuela de la familia para después pasar a otros aspectos como: ¿Quién enseña a los padres a educar a sus hijos? ¿Quién colabora con los padres en la educación de sus hijos? ¿Qué derecho tienen los padres a elegir lo que quieren para sus hijos?

Es evidente que los padres tienen todo el derecho del mundo a elegir lo mejor para sus hijos aunque no siempre se les deja elegir, pero también es cierto que nadie enseña a los padres en su labor de paternidad, sino que van aprendiendo a través de la experiencia, del sentido común, de las lecturas o, en el mejor de los casos, asistiendo a algún curso.

Por eso, es importante esa colaboración con otra entidad, la escuela, que es a quien confía a sus hijos y de quien espera ayuda, por lo que la relación fluida en este campo es fundamental.

Padres, hijos, profesores… es la manera de lograr un clima adecuado que permita avanzar en la educación de los hijos, porque los intereses de cada uno son diversos pero confluyen en el bien del niño.

Además, los padres y profesores conocen una faceta diferente de ese niño que se pueden comunicar entre sí para enriquecer su percepción mutua, sin interferir entre ellos.

El autorOmnes
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