TribunaCarla Restoy

La belleza de ser libre

La libertad es un gran ideal del hombre contemporáneo. Sin embargo, la aparente libertad que se busca, la de quien no está comprometido, deja un regusto de insatisfacción. La autora, ponente en el X Simposio San Josemaría (Millenials de la fe), reflexiona sobre ello.

20 de diciembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
Jóvenes.

Pocas cosas atraen más al ser humano que la libertad. La libertad es un gran punto de unión entre el cristianismo y el mundo actual. Aunque quizá es cierto que en la actualidad se ha desvirtuado el concepto. Me atrevo a decir que en nuestro tiempo gozamos de grandes libertades, pero sufrimos la peor de las esclavitudes. No me equivoco si digo que en nuestros días gozamos de libertades exteriores pero de poca libertad interior, la más importante. 

Pero, ¿qué nos ata?, ¿qué nos impide ser libres? Impera en el mundo el pensamiento de que para emanciparnos y ser verdaderos debemos sucumbir a los deseos de nuestras pasiones. No valen las normas establecidas, y la rebeldía contra lo establecido es la única garantía de libertad. Vivimos enfadados con las normas y parece que solo es libre aquel que se atreve a romperlas. “Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”, decía Goethe. Me temo que nuestro tiempo es el tiempo de “libres” esclavos. 

Nuestra generación se centra en la libertad exterior y la confunde con la interior. Se centra en la emancipación de lo que nos ata, que está fuera de uno mismo. Los hombres de nuestro tiempo no paran de huir para intentar liberarse de algo de lo que se sienten presos, que les impide ser libres. Predomina la idea de que lo que ha establecido el sistema está mal y por eso no podemos ser libres. Hay una gran pérdida del sentido de la realidad. 

Quizá deberíamos identificar con acierto qué es aquello que esclaviza al hombre occidental en 2021. Pocos jóvenes de hoy han escuchado hablar de Victor Frankl o de Bosco Gutiérrez, o de mi buen amigo Jordi Sabaté Pons, grandes modelos de personas libres. Nos cuesta mucho comprender que cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, más evidente es que todavía no somos verdaderamente libres. Si queremos ser felices necesitaremos ordenar nuestra inteligencia y voluntad por encima de las demás pasiones y comprender las verdades establecidas en nuestro corazón. ¿Y cuáles son? Decía san Juan Pablo II que “solo la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona humana consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad”. Debemos comprender que nuestro corazón y nuestra naturaleza están heridos y que siempre van a necesitar sanación.

¿Qué anhela nuestro corazón? El bien, la verdad y el amor. Nos atrae mucho la libertad porque nuestra aspiración fundamental es la felicidad y, en el fondo, nuestro corazón sabe que la felicidad no es posible sin amor y el amor es imposible sin libertad. El amor sólo es posible entre personas que se poseen a sí mismas para entregarse al otro. Y nuestro corazón no está hecho para otra cosa que para amar y ser amado. Esta revelación es fruto del conocimiento del corazón humano que nos ofrece el haber nacido en nuestro tiempo. Nuestro corazón es libre en la medida en la que es capaz de esclavizarse, de entregarse, de comprometerse, por amor. No hay nada más bello que la libertad empleada en esa entrega total del yo. A la vista está la cruz de Cristo que, señalando los cuatro vientos, es el símbolo de los viajeros libres, como bien indicaba Chesterton. 

Intentando aterrizar estas ideas… ¿es libre el joven que consume pornografía cada noche para poderse ir a dormir relajado? ¿Es libre el deportista de élite que no va a entrenar en un día de lluvia? ¿Es libre aquel al que cuando le molestan se enfurece? ¿O el que decide quedarse durmiendo a pesar de que sabe que debe ir a clase? La libertad tiene que ver con el bien y por tanto con el compromiso con ese bien. Elegir el bien para luego permanecer en él. Y el bien tiene que ver con la realidad, con las normas de juego que tenemos en nuestro corazón o que nos han sido reveladas y que nuestra inteligencia o razón puede acoger como buenas. Lo cierto es que un mundo donde nos venden que el más libre es el que hace lo que le da la gana puede llevarnos a acabar siendo esclavos de la “gana”, que es la peor de las dictaduras. Porque cuando la “gana” manda, no se puede hacer nada más que lo que ella quiere. Si nuestras emociones, sentimientos, pasiones e instintos dominan nuestra inteligencia y voluntad, estaremos siendo esclavos de nosotros mismos. La persona que no se forma en una voluntad firme y decidida suele ser prisionera de sus deseos y antojos. Como decía Chesterton en El hombre Eterno: “Las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente, sólo algo vivo puede ir contracorriente”. 

Me atrevo a animarte, querido lector, a que no dejarte arrastrar por la corriente de las pasiones inferiores. Merece la pena, merece la vida, usar la inteligencia para comprender lo que realmente anhelamos y usar la voluntad para permanecer en ese obrar con prudencia y justicia para darnos a nosotros mismos aquello que verdaderamente necesitamos. No conozco a nadie verdaderamente libre que no se posea a sí mismo ni a nadie verdaderamente libre que no haya decidido comprometerse y esclavizarse por amor. No conozco nada más bello que la libertad de Cristo en la Cruz.

El autor

Carla Restoy

Licenciada en Dirección de Empresas y Economía.

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