Tiempo sinodal: una llamada a despertar nuestra vocación

11 de noviembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
oración

Existe un modelo de vida cristiana en la Tradición Ortodoxa que puede iluminar este período eclesial que vivimos marcado por la llamada a todos los bautizados para participar en la construcción de una Iglesia sinodal. Me refiero a aquellos cristianos que, a través de un ahondamiento cada vez mayor en la gracia bautismal, entran en la comunión con Cristo por la unción del Espíritu de tal modo que Este guía su existencia hasta el punto de participar y ser signo en este mundo de la humanidad resucitada del Señor. En ellos, las energías divinas, el Espíritu en acción —lo que en la Occidente denominamos gracia—esclarece su humanidad de forma palpable, irradiando la luz de la Transfiguración en la realidad de este mundo por la caridad.

Conocidos como los “hombres y mujeres espirituales”, los ancianos, los padres en la fe, los starec o también los “locos de Dios”, han estado ligados a la tradición monástica durante siglos pero, en las últimas décadas, han inspirado también nuevas formas de vida entre los laicos, escondidos e inmersos en las grandes urbes, comprometidos en el mundo del trabajo y de la familia, de la enseñanza de la teología y del diálogo con la cultura, haciendo de la existencia cotidiana una verdadera liturgia, reunidos en pequeñas fraternidades y al servicio de los pobres de nuestro mundo. Esta expansión de elementos propios de la vida monástica en la vida del pueblo cristiano nos recuerda que el monje no es clérigo, sino un bautizado que ha tomado en serio su dignidad.

Lo peculiar dentro de la estructura eclesial de la Ortodoxia es que estas figuras espirituales gozan de una verdadera autoridad dentro de ella. Algunos teólogos llegan a calificar su misión eclesial como de un verdadero apostolado carismático personal que perpetúa en el tiempo algunos rasgos genuinos del apostolado paulino, en el que vemos acentuada la perspectiva carismática y profética, y del apostolado joánico, sellado por el carisma marial y contemplativo.

En el nacimiento de la Iglesia estos apostolados se ejercieron en plena comunión con la dimensión petrina, sin oposición ni contradicción sino en una mutua escucha y colaboración. Sin embargo, a lo largo de la historia del cristianismo, y también en la historia de la Ortodoxia hasta la actualidad, han surgido tensiones entre estas dos dimensiones de la Iglesia enfatizando la perspectiva carismática, hasta llegar a caer en una espiritualización cuya consecuencia puede ser la democratización; o, por el contrario, favoreciendo la clericalización que olvida el sacerdocio real de los bautizados. Estos peligros no son ajenos a nuestra realidad católica actual y, de hecho, la renovación sinodal busca salir de estas posiciones polarizadas que desvirtúan el ser de la Iglesia comunión.

La dimensión jerárquica y la dimensión profética o carismática se regulan en la certeza de que toda la Iglesia está sujeta a la obediencia al Espíritu y también en el reconocimiento de que la verdadera profecía nace de la comunión con el Cuerpo de Cristo que es donde el Espíritu desciende y se da a todos los miembros unidos y ensamblados. Así, comunión y libertad se armonizan a través de la unción del Espíritu que, cuando nos ponemos a la escucha de su voz y le permitimos que sople —incluso no sabiendo bien hacia dónde nos lleva— orienta siempre la conciencia personal de cada cristiano hacia la comunión de la fe y de la caridad.

Contamos también en la Iglesia católica con el testimonio de hombres y mujeres santos que han encarnado este ministerio marial, carismático y profético en la Iglesia en comunión y, en muchos casos, alentado por el ministerio jerárquico. Es clásica en este sentido la referencia a Santa Catalina de Siena o, en nuestros tiempos, es fácil pensar en Madre Teresa de Calcuta o el Hno. Roger de Taizé, en cuyo caso se añade además la perspectiva ecuménica que, partiendo del reconocimiento común del sacramento del bautismo, nos permite acogernos y escucharnos entre cristianos de distintas confesiones que, ungidos por el Espíritu y por la condición de hijos de Dios, podemos ser portadores de una profecía y palabra de gracia los unos para los otros.

La etapa sinodal en la que nos encontramos en este momento eclesial es una llamada a despertar en todos los cristianos esta vocación de “hombre y mujeres espirituales”. Pues a todos sus hijos Dios ha confiado una palabra, un gesto, un don y carisma personal para dar a la Iglesia y al mundo, de modo que, el impulso y fuego del Espíritu que recibimos el día de nuestro bautismo, reavive nuestra participación y conciencia eclesial, sintiéndonos todos responsables, en comunión con todos los miembros de la Iglesia, de la urgencia por ser presencia testimonial en medio de nuestro mundo contemporáneo.

El autorHna. Carolina Blázquez OSA

Priora del Monasterio de la Conversión, en Sotillo de la Adrada (Ávila). Es también profesora de la Facultad de Teología en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, de Madrid.

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