Unidad de los cristianos. “Permaneced en mi amor y daréis fruto abundante”

14 de enero de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos

Semana de oración por la unidad de los cristianos 2021

Desde 1908, cada año, del 18 al 25 de enero, se celebra la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Primera iniciativa ecuménica que fue apoyada y animada por la Iglesia católica. 

El objetivo principal de esta propuesta es doble. En primer lugar, es un tiempo propicio para conocer y sentir el dolor y el drama de las divisiones dentro de la Iglesia de Cristo. Estas divisiones, surgidas a lo largo de la historia a causa, principalmente, del pecado de los propios cristianos, pero también favorecidas por complicados procesos históricos culturales, sociales y teológicos, hieren el ser eclesial y son un escándalo para el mundo. 

Por otro lado, esta semana de oración, como su propio nombre indica, es una invitación a rezar, implorar, suplicar, pedir la gracia de la unidad para todos los cristianos en la certeza de que esta es un don del cielo, es la obra del Espíritu en nosotros. Solo desde una dinámica de conversión cada vez más profunda y sincera a Dios de cada uno de los fieles y de las Iglesias y comunidades cristianas, podremos reorientar nuestras vidas hacia la Unidad que es la vida de la Trinidad y que brota de Ella como gracia para el mundo. De este modo, con este evento ecuménico anual, se subraya que las otras posibles iniciativas ecuménicas, a nivel teológico, social y testimonial, encuentran en el ecumenismo espiritual su fundamento y aliento.

Cada año el material para guiar las oraciones y claves de meditación de cada día es preparado por un grupo de cristianos de diversas confesiones procedentes generalmente de una misma región o país. En este año 2021 ha sido la Comunidad de Grandchamp quien ha asumido esta tarea. El lema escogido nos introduce en el Corazón de Cristo, en su vida de comunión con el Padre y su deseo de comunión con los hombres, al orientarnos hacia los llamados “discursos de despedida” del Evangelio de Juan, en los capítulos del 14 al 17. Concretamente la cita es de Jn 15, 5-9, en la que la imagen de la vid y los sarmientos simboliza la comunión con Cristo como única vía hacia la comunión entre los hermanos. “Permaneced en mi amor y daréis fruto abundante”.

Este año se nos invita también a conocer el testimonio ecuménico de la comunidad de Grandchamp. Una comunidad religiosa femenina nacida en el seno de la Reforma protestante en plena Segunda Guerra Mundial. El nacimiento de una experiencia de vida religiosa supone, en la historia de la Reforma, un acontecimiento de gracia del Espíritu, que en su creatividad sigue suscitando nuevas experiencias evangélicas y renovando la vida de los fieles. Desde la abolición de los votos religiosos por parte de Lutero en el siglo XVI, la vida religiosa había desaparecido en el protestantismo y, aun así, en este momento tan crucial de la historia, como fue la primera mitad del siglo XX, como respuesta al terrible drama humanitario de la Segunda Guerra Mundial, con una fuerte impronta ecuménica y contemplativa surge, muy en sintonía con la Comunidad de Taizé, esta experiencia de inspiración monástica dentro las Iglesias de la Reforma, ratificando así lo que en el Concilio Vaticano II se declarará como elementos eclesiales que están presentes fuera del recinto visible de la Iglesia católica y que, puesto que provienen de Cristo y pertenecen por derecho a la Iglesia de Cristo, ponen de manifiesto que vivimos ya una unidad entre los cristianos, no completa, pero real y verdadera.

Asentada en Suiza, a orillas del lago Neuchâtel, la comunidad de Grandchamp se inicia gracias a un pequeño núcleo de mujeres que sienten un deseo cada vez más fuerte de abrir caminos de espiritualidad para ellas y otras personas, a través de retiros, encuentros de oración y formación espiritual. Estos se realizaban de forma esporádica en Grandchamp, pero llegan a adquirir tal seriedad y fuerza que algunas de ellas se sienten llamadas a iniciar una vida de comunidad dedicada, principalmente, a la oración, el trabajo y a la acogida. 

En 1940 se asienta en Grandchamp la primera de estas mujeres, a la que se une casi inmediatamente otra. En 1944 llega Geneviève Micheli que lideró la comunidad en sus primeros pasos hasta pasar el testigo a Sor Minke de Ivres, responsable de la comunidad durante casi treinta años desde 1970, acompañando y sosteniendo los años difíciles de maduración y consolidación de la misma. En los primeros años, las hermanas elaboraron su regla de vida al amparo de la Comunidad de Taizé y bajo la influencia del libro del gran teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer Vida en comunidad.

La comunidad ha ido creciendo, y actualmente está formada por más de medio centenar de hermanas de diversos países y confesiones cristianas, con algunas experiencias misioneras o de misericordia en otros lugares del mundo, especialmente los más marcados por la pobreza o la injusticia.

El pajar de la antigua granja que fue en su momento el monasterio de Grandchamp es la actual capilla de la comunidad. Es un precioso icono de esta vida: la imagen de la Trinidad de Rublov en el centro, la Palabra siempre abierta, una gran cruz de madera, sencilla y pobre como fue la vida de Cristo en esta tierra, bella y armoniosa en la fraternidad, abierta al mundo, alegre y llena de color. Su estilo evangélico, inspirado en las primeras comunidades cristianas de Jerusalén, ha hecho de este lugar y de esta fraternidad de vida un espacio de comunión y unidad donde todo cristiano pueda sentirse reconocido, acogido y amado incondicionalmente.

El autorHna. Carolina Blázquez Casado OSA

Priora del Monasterio de la Conversión, en Sotillo de la Adrada (Ávila). Es también profesora de la Facultad de Teología en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, de Madrid.

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