Riesgo en primavera

La cercanía de la primavera nos sugiere reflexionar sobre el riesgo, como algo que de algún modo nos configura.

10 de marzo de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

El mes de marzo puede ser bastante agotador. León y cordero. La cara fría de la primavera.

No hay descripción más acertada de los días que ahora se nos escapan de las manos que ésta de Amy Smith, la escritora de las novelas de las estaciones. Este mes de marzo se percibe muy dispar; mitad león, enérgico y poderoso, y mitad cordero, manso y asustado, partido en dos por una palabra: riesgo. El riesgo de no poder resistir más, de ser aplastado por la crisis sanitario-político-económica, de enfermar, de perder un trabajo o un afecto, de estrellarse de nuevo contra un muro de incertidumbre.

El riesgo, como todas las expresiones con un capital semántico infinito, tiene una etimología incierta: sobre él se han depositado capas de acontecimientos humanos dispares, no fáciles de distinguir, que nos han dejado esta densa palabra.

Podría provenir del griego bizantino rhizikò, que significa suerte, destino; o del árabe rizq, que evoca el saldo debido al soldado enviado a las empresas audaces; o del verbo latino clásico resecare, cortar, excluir. En su declinación náutica, resecare significa esa forma de cortar las olas antes de que se levanten, con ojo y habilidad para evitar volcar. Horacio utiliza este verbo en uno de sus versos exhortatorios: ya que la vida es corta (spatio brevi), sugiere el poeta, spem longam reseces, corta una larga esperanza. Un verso que, con licencia poética adaptada a nuestro siglo, traduciría así: rischiala, osala, una speranza eterna (arriesgarse, atreverse, una esperanza eterna).

He aquí el riesgo: discurre como un equilibrista entre la precaución y el posible daño, entre la prudencia de los que se ponen a cubierto y el empuje de los que optan por salir a la luz, aunque calculen lo mucho que pueden salir perjudicados.

He aquí el riesgo: discurre como un equilibrista entre la precaución y el posible daño, entre la prudencia de los que se ponen a cubierto y el empuje de los que optan por salir a la luz, aunque calculen lo mucho que pueden salir perjudicados. Entre la rendición al ciego azar y la obstinación de la voluntad.

Aunque su naturaleza es esa combinación de suerte, destino, voluntad, cálculo y equilibrio debido, se intenta medirla. Se trata de estudiarla para prevenirla o contenerla.

Las organizaciones más complejas de hoy en día no pueden resistir la competencia, casi ni entrar en el juego, si no se han dotado de una evaluación de riesgos, es decir, de un análisis de las posibles amenazas, de cómo pueden producirse, de los límites que hay que establecer y de los métodos que hay que planificar para prevenirlas. Aun si las empresas consiguen encajar grandes gamas de riesgos en las celdas de un excel, para las personas no es tan inmediato domarlos.

Nacemos en él. Desde el primer momento en el vientre, o quizás incluso antes, forma parte de nuestra esencia, es pura experiencia humana. Quizá más aún, es una cuota vocacional, en el sentido de que si la vida se despliega como una respuesta continua que nos vemos “obligados” a dar, instante tras instante, a lo que la realidad nos pone delante -ya sean primaveras o inviernos-, el riesgo se sitúa ahí mismo, en cada pregunta.

Somos el resultado de los riesgos que decidimos asumir. El artefacto artístico de lo que la vida que presiona sigue produciendo en nosotros.

Es exigente, ya que estar en riesgo pide la capacidad de elegir entre las alternativas del terreno, porque la vía de escape no siempre está disponible. Pide una razón elástica, capaz de expandirse para considerar todos los elementos, desde los más macroscópicos hasta los implícitos, aparentemente insignificantes, que pueden llegar a ser decisivos. Y entonces pide una buena compañía, de las que tienen temperamento para mantenernos alerta y no dejarnos ir a la deriva en la soledad.

Somos el resultado de los riesgos que decidimos asumir. El artefacto artístico de lo que la vida que presiona sigue produciendo en nosotros.

Y cuando eso gana, llega marzo, de vuelta al principio. Un mes que lleva el nombre del dios de la guerra, porque cuando el invierno empieza a despedirse, se necesitan guerreros resistentes a la violencia de las tormentas, del cambio, de lo inesperado. Para que la sangre vital que se escondía en una naturaleza marchita, muerta sólo para los ojos distraídos, retome todo su espacio para explotar.

El autorMaria Laura Conte

Licenciada en Letras Clásicas y doctora en Sociología de la Comunicación. Directora de Comunicación de la Fundación AVSI, con sede en Milán, dedicada a la cooperación al desarrollo y la ayuda humanitaria en todo el mundo. Ha recibido varios premios por su actividad periodística.

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