Política y fe. Recuperar la voz cristiana en la vida pública

La propuesta que nace de la fe es una propuesta integral que se traduce en una visión de la economía, el  sistema político, o la comprensión de la familia vinculada al amor y a la transmisión de la vida.

15 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
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El primer fin de semana de septiembre se celebraba en Madrid el II Encuentro Internacional de católicos con responsabilidades políticas, organizado por la Archidiócesis de Madrid junto con la Academia de Líderes Católicos y la Fundación Konrad Adenauer. En este encuentro participaron políticos de 19 países de todas las sensibilidades.

Hubo un tiempo en el que los parlamentos nacionales sentaban en sus escaños a políticos enrolados en partidos confesionales. Actualmente todos los partidos, unos en mayor medida que otros, están salpicados de creyentes. Sin embargo, nos quejamos con frecuencia de que las legislaciones se alejan, cada vez más, de los principios cristianos. Con frecuencia la persona no está en el centro de las decisiones, nos encontramos con una gran permisividad, cuando no promoción, del aborto o la eutanasia, con la deslegitimación del papel de los padres en la educación de sus hijos junto a las trabas a la educación católica, se potencian políticas de género…

¿Qué pasa con nuestros católicos que se ocupan de la cosa pública? ¿No tienen peso en sus formaciones políticas o se han acostumbrado a “desdoblarse”, por un lado la vida pública y por otro la privada? Con frecuencia los católicos, políticos o no, decimos que creemos en Dios pero vivimos como si Dios no existiera.

Es cierto que hay una corriente subterránea de afinidad cristiana, que no se ve pero se percibe ligeramente, que en ocasiones modera o moldea determinadas leyes, pero en el gran discurso falta tono creyente. No se trata de abrazar una especie de superioridad moral por el hecho de creer, pero tampoco de avergonzarnos de lo que somos hasta el punto de esconderlo. Somos lo que somos con naturalidad y ofrecemos lo que tenemos para enriquecer nuestro mundo.

Tal vez en la Iglesia hemos pecado de omisión a la hora de formar a los niños y a los jóvenes en la importancia evangélica del servicio público. Tenemos miles de catequistas, trabajamos en el campo de la pastoral de la salud, penitenciaria, en el ejercicio de la caridad, la educación, la cultura en sentido amplio, pero el servicio a través de la política tal vez nos ha chirriado, incluso cuando lo hemos intentado hemos visto demasiadas deserciones que nos han desanimado.

La semana pasada el presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, presentaba junto al Secretario General del episcopado, Mons. Luis Argüello, el documento ‘Fieles al envío misionero‘, que recoge las orientaciones y las líneas de acción para la CEE en los cuatro próximos cursos pastorales (2021-2025. El cardenal Omella nos pedía no acobardarnos y seguir “dando testimonio de la fe en Jesús, no tanto con las palabras, sino con los hechos”, algo, estoy convencido, que tiene una atalaya privilegiada en la vocación al servicio público.

El Secretario General y Portavoz de la CEE, Monseñor Luis Argüello cuestionaba en la misma presentación que “a veces podemos ser progres o conservadores en una de las carpetas y lo contrario en otras, cuando en realidad la propuesta que nace de la fe y la que se ve en la cultura dominante es una propuesta integral de economía, sistema político, de comprensión de la familia vinculada al amor y a la transmisión de la vida en momentos de ‘invierno demográfico’ tan sorprendentes”.

El tema es arduo, no tiene respuesta fácil, pero el hecho de plateárselo es importante.

El autorCelso Morga

Arzobispo de la diócesis de Mérida Badajoz

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