Palabras cansadas, palabras de vacaciones

Las palabras comunican nuestros pensamientos, pero también los generan. Si son banales, generan pensamientos igualmente banales, miman la nada. Y precisamente las palabras se han desgastado durante todo el año, por eso necesitan también unas vacaciones.

11 de agosto de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

Ellas también necesitan unas vacaciones, las palabras, un descanso para volver al trabajo con la mente fresca.

También ellas se han desgastado en meses complicados: han hecho horas extras para tratar de expresar la complejidad que habita alrededor y dentro de nosotros, se han esforzado por captar la nueva normalidad que ha sustituido a la antigua y más cómoda, al menos en la forma nostálgica en que la recordamos. Algunas se han desgastado y se pronuncian de forma tan automática como aburrida: la gama que va de “estoy cansado” a “me siento agotado”, pasando por “estoy esperando con ganas las vacaciones”, ya no se pueden escuchar salir de nuestra boca.

“No soporto más la máscara”, las palabras de la pantalla se han desgastado, como si fuera la máscara la que está de más, y no aquello de lo que nos defiende. Otras se han vuelto -en agosto- neurasténicas, cargadas como minas a punto de estallar. Cuanto más crece la tensión en el ambiente, más se arriesgan a hacer daño las palabras que lanzamos los unos a los otros, como armas que en un instante producen escombros, pesados de eliminar. Son palabras que, un momento antes de la deflagración, deberían ser desactivadas con palabras de cuidado. “¡No me escuchas cuando hablo!”, “ya no te soporto” son palabras con doble sentido, acusaciones que contienen otras oraciones: “dime que me entiendes, confírmamelo, por favor”.

Se han empapado las palabras de la vida pública, las de la política (broncas, ultimátums, puntos de inflexión decisivos, dimitiré si tengo que hacerlo, dictadura sanitaria…), pero también las de la vida privada, en los salones de casa o en charlas privadas, donde cuanto más uno se cansa, más se siembran los malentendidos.

Así que también deberíamos darles un tiempo libre: un buen silencio para recuperarlas más sanas, unas vacaciones para encontrar (¿inventar?) otras nuevas.

Siempre necesitamos la novedad y lo inesperado, y nuestras palabras no son menos. Si se hacen evidentes, nos traicionan. Obvias son aquellas a las que recurrimos sin haberlas elegido, que recogemos así, un poco al azar, en la calle, donde otros las han usado y las han dejado caer. De esta manera no nos corresponden plenamente, nos homologan, todos salimos igual. Qué horrible. Porque no sólo no saben transmitir la verdad sobre nosotros, es decir, nuestra singularidad, sino que ni siquiera nos ayudan a formular un pensamiento original.

Es una experiencia cotidiana: las palabras comunican nuestros pensamientos, pero también los generan. Si son banales, generan pensamientos igualmente banales, miman la nada. Se podría objetar: bueno, si todos utilizamos las mismas palabras, podríamos ser más comprensibles, y así podríamos entendernos mejor. Este es el escollo: es como optar por un vaso de plástico en lugar de una copa de cristal para un buen vino tinto. Un poco como si ‘maestro’ fuera socavado por ‘influencer’, o ‘discípulo’ fuera aplastado por ‘follower’, o ‘asombro’ se convirtiera en ‘fliiiiipo’ repetido como un tonto intercambio.

Las cosas revolucionarias que nos han sucedido (res novae, decían los latinos) y que nos han dejado un poco aturdidos, necesitan un nuevo discurso, palabras inéditas. En los años 70, un tal Grice identificó cuatro máximas conversacionales para un discurso capaz de establecer buenas relaciones. La primera es la cantidad: no digas ni mucho ni poco; luego viene la calidad, casi sinónimo de sinceridad: encuentra la forma de decir lo que piensas; la tercera es la relación: debe haber relevancia en lo que dices, cíñete a los hechos; por último, la forma: sé claro, no hables con acertijos o con indirectas.

Así pues, estas vacaciones “ecológicas” para nuestras palabras, entre el silencio (propio) y la escucha (de los demás), al ritmo de cuatro sencillas máximas, podrían ser buenas para nuestras palabras, y por tanto para nosotros.

Podríamos reencontrarnos más jóvenes.

El autorMaria Laura Conte

Licenciada en Letras Clásicas y doctora en Sociología de la Comunicación. Directora de Comunicación de la Fundación AVSI, con sede en Milán, dedicada a la cooperación al desarrollo y la ayuda humanitaria en todo el mundo. Ha recibido varios premios por su actividad periodística.

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