¡No a la globalización de la indiferencia!

En la actualidad aun hay millones de personas que padecen sufrimientos «evitables», de los que algunos puede ser responsable nuestra pasividad. Tenemos que implicarnos -como pide el Papa Francisco- con los «descartados» y no ceder ante la indiferencia.

19 de diciembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

El Papa Francisco nos recuerda permanentemente que estamos en niveles brutales de crímenes contra la dignidad humana, de explotación, empobrecimiento y descarte de cada vez más personas. La mayoría de la humanidad está envuelta en la miseria, el hambre y la violencia, en auténticos corredores de la muerte. Y, sin embargo, vivimos como si todo esto no pasara, como si nos fuera indiferente, como si estuviéramos anestesiados, huyendo del sufrimiento, o convencidos de que no podemos hacer nada frente a la injusticia. 

Es evidente que solos, aislados unos de otros, no saldremos de nuestra pasividad. El capitalismo se ha transformado a toda velocidad con la revolución tecnológica. Una revolución que nunca ha estado guiada por la solidaridad y el bien común sino por el lucro y el afán de poder totalitario. El capitalismo digital tiene su principal fuente de riqueza en la extracción de todos nuestros datos y en el control de nuestras conductas, nuestros hábitos y nuestros deseos. Somos objetos de ensayo y experimentación económica y política. Si no resultamos rentables se nos descarta o se nos extermina sin escrúpulos. 

A este sistema no le basta solo con nuestra indiferencia. No le basta con las fronteras intelectuales y digitales. Son también necesarios muros, tanques y ejércitos. Las fronteras físicas se han erigido para frenar la fuga de los hambrientos. El mundo tiene diez veces más muros que hace 30 años. Rodeados de hambrientos, desnutridos, desesperados y humillados, levantamos muros y vallas. ¿Nos duele? Hemos de ser responsables de toda la humanidad. 

Nadie puede entender, en este momento de nuestra capacidad tecnológica, que millones de personas sigan muriendo por hambre, que sigan existiendo trabajos forzados inhumanos, que aumente la prostitución y los proxenetas, que haya más de 400 millones de niños a los que se les pisotea su dignidad, que haya mercados de esclavos, guerras de exterminio, trata de órganos y de personas, muertes por enfermedades perfectamente curables, más de 80 millones de personas viviendo en campos de refugiados, …y un largo etcétera de injusticias que parecen que se esconden detrás de los muros visibles y los de nuestra indiferencia.

En la mayoría de las ocasiones desconocemos hasta qué punto nuestro bienestar y posibilidades descansan en la explotación de las personas y los recursos naturales, en la violencia y las guerras, y en el descarte. Todos somos responsables de todos. También de las generaciones venideras. Es una obligación moral de todos nosotros ofrecer a las nuevas generaciones una esperanza construida desde el amor a un ideal de justicia y solidaridad. Hemos de sembrar una respuesta asociada, en la que seamos protagonistas, una respuesta comunitaria, guiada por el bien común. La juventud tiene que descubrir la vida solidaria y asociada como única respuesta a un sistema que aplasta sus ideales.

Frente a la gran mentira de “un mundo feliz”, progresista, en un sistema que solo protege a los más enriquecidos, tenemos que defender, como nos pide el Papa Francisco, que sólo habrá vida fraterna si trabajamos por liberar nuestra conciencia de las adicciones, las drogas y la indiferencia… con una formación crítica, con lectura en común, con estudio, con un sentido de responsabilidad hacia los demás; si apostamos por asociarnos y organizarnos y comprometernos en serio con el servicio a los demás, de forma concreta y no genérica, empezando por apostar por familias que sean auténticas escuelas y testimonios de vida solidaria y entrega al bien común; si hay personas y grupos que no tengan miedo a defender y trabajar sin complejos por la vida y la dignidad de todo ser humano. 

El autorJaime Gutiérrez Villanueva

Párroco en las parroquias de Santa María Reparadora y Santa María de los Ángeles, de Santander.

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