¿Matarías una mosca?

Proclamar que “la hermandad ha de ser familia” supone reconocer que Dios ha dispuesto desde la eternidad nuestra vocación cofrade como medio de santificación

2 de abril de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
via crucis

“¡La hermandad ha de ser una familia!”, ésta es una afirmación que cualquier cofrade asume sin reservas y uno de los objetivos prioritarios de todos los hermanos mayores; para conseguirlo es preciso identificar las principales notas diferenciales de la familia y tratar de replicarlas en la hermandad:

Vocación: Para un cristiano la familia no es una simple institución social, es una auténtica vocación humana y sobrenatural, basada en el amor de los esposos.

Mutua ayuda y aceptación: En la familia el amor se ha de manifestar en los gestos más sencillos y cotidianos. Conoce la alegría y la esperanza, pero también el cansancio y el dolor, y los supera gracias al amor, que brota de una voluntad de estar juntos, de mutua ayuda, que se confirma diariamente en una aceptación incondicional del otro.

Desarrollo personal en libertad: La familia no es sólo un espacio de convivencia, sino el lugar en que se forma la personalidad, se enseña y se aprende a amar y a servir. Ese amor forma parte de la estructura ontológica de cada persona, y debe desarrollarse en la familia desde la libertad personal.

Definidos estos principios proclamar que “la hermandad ha de ser familia” supone reconocer que Dios ha dispuesto desde la eternidad nuestra vocación cofrade como medio de santificación y para ello en la hermandad han de reflejarse esas características propias de la familia.  

No todo resulta siempre tan ideal. En cualquier grupo humano, también en las familias y en las hermandades, surgen dificultades y divisiones, como reconoce el Papa: «Vivir en familia no siempre es fácil, muchas veces es doloroso y fatigoso, pero creo que se puede aplicar a la familia [y a las hermandades] lo que más de una vez he referido a la iglesia: prefiero una familia [una hermandad] herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia [hermandad] y sociedad enferma por el egoísmo y la comodidad del miedo a amar». (16.02.16)

Sin embargo, hay situaciones en las que las dificultades se enquistan y dan lugar a situaciones poco edificantes, ¿cómo se llega a ellas?

En nuestra sociedad, y las hermandades son parte de la sociedad, se tiende a infravalorar la fuerza creativa del pensamiento crítico, se confunde la discrepancia con la deslealtad, la oposición con la crispación, la autonomía con la autodeterminación. Se exigen adhesiones no ya inquebrantables, sino acríticas. Lo distinto da miedo y se procura suprimirlo, para reafirmarnos así en la bondad de nuestros planteamientos, aunque sea con pequeños gestos, como negar el saludo o el trato cordial al otro.

Esta actitud mantenida en el tiempo, genera una tendencia a distinguir entre “nosotros” y “ellos”. El paso siguiente es despojar a “ellos”, a los que piensan distinto,  de sus rasgos individuales: no existen como individuos, son una abstracción, un colectivo que, como tal, no es sujeto de derechos. A partir de aquí  nuestra moralidad y principios sólo nos alcanzan a nosotros, a los de nuestro grupo

Puede parecer exagerado este planteamiento, pero cuando alguien se instala en esa actitud termina por no encontrar ninguna conexión entre su mundo, el único que considera real, y el de los otros, a quienes ve como un colectivo indiferenciado al que cosifica, consecuentemente las reglas morales sólo son aplicables a los míos, no a los otros. Están legitimados así los comportamientos poco edificantes para con ellos, negar el saludo, criticarlos, aislarlos, suspendiendo la responsabilidad personal.

Normalmente quien actúa así es gente buena, que no mataría ni una mosca, pero que ha asumido la banalidad del mal en esas conductas, como explicó Hannah Arendt en sus crónicas sobre el proceso de “Eichman en Jerusalén”.

¿Qué papel corresponde “a los otros”, aquellos a quienes la corporación de los biempensantes han colocado en el otro bando?, desde luego no establecer una lucha dialéctica para imponer sus planteamientos, sino promoverlos con libertad, conscientes de que ésta tiene unos costes, y fortaleza, una fortaleza paciente, sin resignación ni renuncia, firme sin provocación, prudente, para impulsar activamente los progresos deseables y sin renunciar a sus convicciones, conscientes de que cuando uno cede o renuncia a ellas o las disimula, por debilidad, por no ir contra corriente, por no ser criticado o por conservar un estatus,  se envilece y conduce a su entorno al cansancio, tristeza y mediocridad (Cfr. San Juan Pablo II: 1.01.1979).

El autorIgnacio Valduérteles

Doctor en Administración de Empresas. Director del Instituto de Investigación Aplicada a la Pyme
Hermano Mayor (2017-2020) de la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo, en Sevilla.
Ha publicado varios libros, monografías y artículos sobre las hermandades.

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