María del pueblo

María, la que es más que los apóstoles, se sienta a escuchar como una discípula, y nos ayuda a dejar a un lado nuestras divisiones y a sentirnos, como ella, miembros de la Iglesia.

15 de agosto de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
virgen maria

La solemnidad de la Asunción de la Virgen María, a mitad del mes de agosto, llena nuestros pueblos y ciudades de festejos. España entera se paraliza para celebrar, literalmente, la más popular de nuestras fiestas. Popular no solo por su gran propagación, sino porque su origen hay que buscarlo precisamente, en el pueblo, en el deseo de la gente sencilla de proclamar que María fue asunta al cielo en cuerpo y alma.

Este dogma, que data de 1950, es, de hecho, una consecuencia natural del dogma mariano inmediatamente anterior (1854), el también definido por aclamación popular de la Inmaculada Concepción de María.

Lo explica el papa Pío XII en la constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, recordando que, «cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción (Inmaculada), los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al cielo de María Virgen».

El texto continúa diciendo que «en esta piadosa competición, los fieles estuvieron admirablemente unidos con sus pastores, los cuales, en número verdaderamente impresionante, dirigieron peticiones semejantes a esta cátedra de San Pedro».

Y es que la sinodalidad, neologismo puesto de moda con motivo del proceso convocado por Francisco para el periodo 2021-2023, y que designa el camino que recorremos juntos, fieles y pastores, como Pueblo de Dios bajo la guía del Espíritu Santo, no es algo nuevo en la Iglesia, sino que pertenece a su más íntima esencia desde sus inicios, «es dimensión constitutiva», señala el Papa.

La propia María, la mismísima madre de Dios, vivió también la sinodalidad. En el libro de los Hechos, crónica del nacimiento de las primeras comunidades cristianas, la vemos  atenta a la predicación de los apóstoles, junto con el resto de discípulos y discípulas de Jesús, perseverando “unánimes en la oración”. La muchacha de Nazaret elegida por Dios para ser su criatura más perfecta camina como una más con el resto del pueblo santo en el seguimiento de su Hijo.

También a lo largo de la historia han sido muchas las ocasiones en las que este caminar juntos de los fieles y sus pastores, ha salvaguardado el depósito de la fe y la vida de la Iglesia.

Hoy son muchas las voces, sobre todo fuera de la comunidad cristiana, aunque tristemente también dentro, que tratan de romper este espíritu, pretendiendo vender una imagen de división en el seno de la familia eclesial.

Promueven una visión de Iglesia en la que la jerarquía va por un lado mientras que el común de los creyentes va por otro. O ponen el foco en las decisiones o declaraciones más polémicas del Papa con el único objetivo de presentar una Iglesia en descomunión, y por tanto más débil. Pero es una imagen falsa.

Claro que hay disparidad de opiniones y criterios entre fieles y obispos, entre obispos entre sí, entre fieles y obispos y el papa, y por supuesto en el seno de cada comunidad cristiana.

Habrá decisiones de la jerarquía que se acepten mejor y peor, y habrá pastores que escuchen más y que escuchen menos a sus fieles, pero hay un misterio, un pegamento, el Espíritu Santo, que permite unir lo que en apariencia pueda parecer desunido, como los huesos secos y desperdigados que se juntaron y cobraron vida delante del profeta Ezequiel.

Frente a los expertos en intrigas vaticanas, frente a quienes se creen dueños de la verdad absoluta y pretenden imponerla a los demás, frente a los que malmeten para sacar rédito, el Pueblo Santo de Dios continúa caminando unido, consciente de sus limitaciones y fracasos, buscando la verdad de nuestra fe todos juntos, participando, aportando, “perseverando unánimes en la oración” y siempre bajo la guía de los pastores a quienes el Señor confió su rebaño, no para beneficiarse, sino para que dieran su vida por él.

María, mujer de pueblo, mujer del pueblo, siempre atenta al Espíritu, la que es más que los apóstoles, pero se sienta a escuchar como una discípula, nos puede ayudar en esta su fiesta a dejar a un lado nuestras divisiones y a sentirnos, como ella, miembros de la Iglesia.

Ella nos precede en el cielo, y nos invita a acompañarla. Lo lograremos en la medida en que sigamos sintiéndonos parte de su pueblo, del único y Santo Pueblo de Dios.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos «hilos» en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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