La profecía de Solzhenitsyn

El 8 de junio de 1978 el premio Nobel ruso Aleksandr Solzhenitsyn pronunció un memorable discurso en la Universidad de Harvard donde denunciaba algunos problemas de la civilización occidental que no han hecho sino agudizarse desde entonces.

28 de octubre de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos

Con la valentía y prestigio moral que le daban su condición de disidente y víctima de la Unión Soviética, fue describiendo los rasgos del llamado mundo libre que debían rectificarse para no caer en una imparable decadencia. Más de cuarenta años después de pronunciadas aquellas palabras, asombra la lucidez y el acierto de su análisis.

Después de recibir el premio Nobel de Literatura en 1970, la Universidad de Harvard invitó al disidente ruso Aleksander Solzhenitsyn a pronunciar la lección inaugural en la antigua e ilustre universidad estadounidense el 8 de junio de 1978. Aprovechando el lema de Harvard (“Veritas”), el célebre escritor se permitió pronunciar algunas verdades ante ese selecto auditorio.

Alexander Solzhenitsyn

Comenzó hablando de la división en pedazos del mundo de entonces. A los dos mundos enfrentados de la guerra fría, polarizados en torno a los Estados Unidos de América y a la URSS, añadía los países del llamado Tercer Mundo y probablemente de más mundos. Y citaba la Biblia diciendo que un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir y alertando sobre la creencia en la inherente superioridad occidental con respecto a otras civilizaciones.

Aprovechando que se dirigía a una audiencia occidental, Solzhenitsyn desglosó ciertos aspectos del occidente de entonces que pienso que se han agudizado hasta llegar a la actual situación de decadencia. El primero sería el declive de la valentía que se manifestaba en una cobardía general en la sociedad haciendo compatible la inflexibilidad con gobiernos débiles o corrientes desacreditadas, incapaces de ofrecer resistencia alguna, con el silencio y la parálisis ante gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras o terroristas.

El segundo aspecto sería el exceso de bienestar y el deseo de poseer cada vez más cosas y tener un nivel de vida más alto, que paradójicamente produce en muchos occidentales ansiedad y depresión. El clima de tensa y activa competencia domina todo el pensamiento humano y no abre ningún camino hacia el libre desarrollo espiritual. En este ambiente, ¿quién arriesgaría su cómoda vida en la defensa del bien común en el caso de que la seguridad de la propia nación tuviera que ser defendida?

Otro rasgo del modo de vida occidental sería lo que el pensador ruso llama la vida “legalista”. Los límites de lo correcto y los derechos humanos se encuentran determinados en un sistema de leyes con límites muy amplios. Se usa, interpreta y manipula la ley con gran destreza. Lo importante es estar cubierto legalmente y es secundario si uno tiene realmente razón o lo que está haciendo es bueno o justo. Solzhenitsyn afirma que vivir bajo un régimen comunista sin un marco legal objetivo es terrible pero también lo es vivir en una sociedad sin otra escala que la legal.

La orientación de la libertad en los países occidentales se ha demostrado a su vez desorientada. Nuestras sociedades se han quedado con escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana. Todos los errores morales son considerados parte integrante de la libertad. Se ha producido un sesgo de la libertad hacia el mal.

En otro momento de su discurso, Solzhenitsyn habla también con lucidez sobre la orientación de la prensa y de los medios de comunicación en general. ¿Qué responsabilidad tiene el periodista de un diario frente a sus lectores y frente a la historia? Precipitación y superficialidad son la enfermedad psíquica del siglo XX y eso evita los análisis profundos de los problemas.

Sin ninguna censura en occidente, las tendencias de moda en el pensamiento y en las ideas resultan separadas de aquellas que no están de moda, teniendo estas últimas muy pocas posibilidades de verse reflejadas en periódicos o libros e incluso de ser escuchadas en nuestras universidades. Estos aspectos tienen un gran impacto en importantes aspectos de la vida de una nación, como la educación, tanto la elemental como la avanzada en artes y humanidades.

Tenemos que alzarnos a la altura de una nueva visión, un nuevo nivel de vida. Se trata ni más ni menos que un escalamiento hacia la próxima etapa antropológica. Nadie en todo el mundo tiene más salida que hacia un solo lado: hacia arriba.

Santiago Leyra Curiá

Al mismo tiempo, muchas personas que viven en occidente están insatisfechas con su propia sociedad y se inclinan por el socialismo, lo cual es una falsa y peligrosa alternativa. Pues el socialismo, afirma Solzhenitsyn, conduce a la destrucción total del espíritu humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte. Pero tampoco la actual sociedad occidental es un buen modelo para nadie. La personalidad humana en occidente se ha visto muy debilitada mientras que las penalidades sufridas en el este han producido personalidades más fuertes.

El mayor problema de occidente es la pérdida de voluntad, síntoma de una sociedad que ha llegado al final de su desarrollo. El origen de esta decadencia lo encuentra el pensador ruso en el antropocentrismo, en el olvido del ser humano como criatura de Dios, base de todos los derechos humanos. Ese es el parentesco común entre el materialismo marxista y el materialismo occidental.

Ante este siniestro panorama, que más de cuarenta años después se ha demostrado extraordinariamente lúcido y acertado, el final del discurso de Solzhenitsyn en la Universidad de Harvard ofrece la solución a nuestros problemas, encender de nuevo nuestro fuego espiritual. Tenemos que alzarnos a la altura de una nueva visión, un nuevo nivel de vida, donde nuestra naturaleza física no será anatemizada como en la Edad Media ni nuestro ser espiritual pisoteado como en la Edad Moderna. Se trata ni más ni menos que un escalamiento hacia la próxima etapa antropológica. Nadie en todo el mundo tiene más salida que hacia un solo lado: hacia arriba.

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