La hora oscura de América

Esta situación difícil para los Estados Unidos, debida a una ola de protestas que se suma a los problemas creados por la pandemia, es una “hora oscura” para América.

10 de septiembre de 2020·Tiempo de lectura: 3 minutos

La doble hélice del ADN de los Estados Unidos contiene dos hilos que resumen su identidad nacional. Al primero se lo describe a veces como “excepcionalismo americano”, la imagen reaganiana de una “ciudad sobre el monte”, un faro para las naciones, un ideal realizado más plenamente que en ningún otro lugar. El segundo hilo es su propia frustración al no conseguir vivir de acuerdo con ese ideal: esclavitud, maltrato a los pobres y marginalizados, brecha creciente entre los ricos y los demás.

“Hacer América grande otra vez” es una referencia abierta al primer hilo, una nostalgia poco elocuente de una imaginaria “edad dorada” en la que nos sentíamos dueños de nuestro propio destino. Estos últimos meses recuerdan el segundo hilo: la respuesta fragmentada a la pandemia, el partidismo que rechaza como “tiranía médica” la invitación a llevar mascarilla, las rupturas en nuestro sistemas sanitario y educativo y, finalmente, el estallido de frustración y enfado no sólo entre las minorías raciales y étnicas, sino también entre los jóvenes blancos.

En un análisis de la mala gestión de la pandemia, el Washington Post nos llamaba “una nación de individuos”. Ese individualismo que contribuye tanto al carácter americano y sus mitos del áspero “cowboy” y del emprendedor activo ha dado como metástasis un egoísmo que habla de derechos pero no de responsabilidades, y premia la libertad individual sobre el bien común incluso durante una pandemia global.

Sin una política nacional, el cierre de los negocios, escuelas e iglesias ha sido desigual, provocando una reacción en muchas comunidades. Con acierto los obispos han observado las exigencias del confinamiento, aunque han sido objeto de crítica incluso por parte de algunos católicos que veían ataques a la libertad religiosa en las restricciones en las Misas. El arzobispo José Gómez, presidente de la conferencia episcopal norteamericana, no dejaba espacio a estos argumentos. Dirigió el Viernes Santo una liturgia nacional de oración, diciendo a los católicos que Dios quería que su pueblo aprendiera que “somos una familia” y urgiéndoles a “cuidar unos de otros”. Sólo cuando parecía que la Iglesia estaba siendo tratada injustamente, como en Minnesota, donde los negocios tenían indicaciones de apertura más indulgentes que las iglesias, los obispos protestaron, pidiendo no un trato especial, sino un trato igual.

Al aumentar el desempleo se vio claramente que las poblaciones negra y latina estaban siendo afectadas de manera desproporcionada, no solo en lo económico, sino también por el virus, en cuanto a índices de muertes y hospitalizaciones. En ese momento de gran miedo y tensión, el horrible asesinato de George Floyd encendió un hervidero de agravios. Hubo protestas nacionales cada día. Este y otros crímenes resucitaron el movimiento “Black Lives Matter”, solo que esta vez las manifestaciones estaban atrayendo no solo a negros sino igualmente a blancos, y no solo en las grandes urbes sino en ciudades pequeñas aparentemente lejanas del caos urbano.

En 2018 los obispos publicaron una carta pastoral sobre el racismo titulada Abrid de par en par vuestros corazones: la llamada duradera del amor. Ahora, cuando las manifestaciones estallaron en todo el país y se amontonaron los informes de violencia racial, los obispos condenaron el asesinato de Floyd y pidieron reformas institucionales.

Una de las llamadas más fuertes a la justicia vino del obispo George Thomas, de Las Vegas. En una carta pastoral, el obispo Thomas pidió “una genuina conversión de corazón y un compromiso para renovar nuestras comunidades”. “Somos una Iglesia que sostiene que toda vida es sagrada, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural”, dijo. “Bajo el estandarte de la enseñanza social católica, decimos con voces resonantes: ‘¡Sí! ¡Las vidas negras importan!’”.

A raíz de las manifestaciones, que aún continúan diariamente en algunas ciudades, grupos de activistas han tomado como objetivo las estatuas. Al principio, las estatuas derrocadas eran de líderes confederados que lucharon para defender la esclavitud como institución, y perdieron. Pero el movimiento anti-estatuas se extendió, amenazando a padres fundadores del país como Jefferson y Washington, y luego extendiéndose incluso a santos como san Junípero Serra, a quien se culpa de la conquista española y del maltrato de los pueblos indígenas de California.

A raíz de estos ataques, el arzobispo Gómez emitió una carta notablemente templada explicando su aprecio por “Fray Junípero”, un “defensor de los derechos humanos”. Pero el arzobispo también desafiaba a los manifestantes a comprender el pasado, diciendo que la “memoria histórica” ​​es el “alma de cada nación”. “La historia es complicada”, decía. “Los hechos importan, hay que hacer distinciones, y la verdad cuenta”.

En este momento tenso de la sociedad estadounidense, el arzobispo Gómez ilustra los valores que la Iglesia aporta a la plaza pública: el aprecio por la justicia social y el bien común, la humildad y el compromiso con la verdad.

Pero en un año electoral ruidoso, sacudido por la enfermedad y la división, es una pregunta abierta si el país será capaz de escuchar a los obispos.

El autorGreg Erlandson

Periodista, autor y editor. Director de Catholic News Service (CNS)

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