La Fortuna

La serie del director Alejandro Amenábar parece, tras varias obras contrarias, tender una mano al diálogo con la Iglesia. Justo lo que la Iglesia trata de hacer con su proceso sinodal.

15 de noviembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
la fortuna

Confieso que soy fan de Alejandro Amenábar desde mis tiempos de estudiante de Ciencias de la Información. Su ópera prima Tesis (1996) vio la luz estando yo aún en la facultad y todos los compañeros la sentimos como la obra de uno de los nuestros (compartíamos carrera con él) que había logrado lo que todos deseábamos y para lo que nos preparábamos: comunicar, contar grandes historias.

Mi admiración por el director hispano-chileno, sin embargo, ha sufrido altibajos por su apuesta por temas controvertidos en los que chocaba con mis planteamientos. Por ejemplo, Mar adentro (2004), es todo un canto a la legalización de la eutanasia; o Ágora (2008), una cinta histórica en la que el cristianismo aparece retratado como enemigo del progreso y la ciencia.

Su última producción, sin embargo, ha vuelto a reconciliarme con él. Se trata de la miniserie La Fortuna, producida por Movistar+ y publicitada como la serie española más cara de la historia. El guion está basado en el cómic El tesoro del cisne negro, de Guillermo Corral y Paco Roca, que a su vez está basado en hechos reales. Concretamente, en la victoria de la diplomacia española frente a una empresa cazatesoros norteamericana que, en 2007, se apropió indebidamente del cargamento de monedas del galeón de la armada española Ntra. Sra. de las Mercedes, hundido en el siglo XIX.

Los protagonistas: un joven diplomático conservador y católico, y una más madura funcionaria progresista y atea. Las chispas saltan desde el primer momento entre dos personajes cuyo único punto en común es su deseo de recuperar para España el tesoro expoliado. La serie aúna cine de acción y aventuras, espionaje, batallas de época, romance, thriller legal, todos los componentes para mantener a un amplio espectro de espectadores pegados a la pantalla. Sin embargo, me ha sorprendido que haya pasado sin pena ni gloria (desconozco sus datos de audiencia, pero su eco en redes sociales es bastante limitado) y que no haya sido bien tratada por la crítica.

Y es que La Fortuna es un producto amable, conciliador. No se decanta por ninguna de las dos Españas que aparecen representadas por Alex Ventura (Álvaro Mel) y Lucía Vallarta (Ana Polvorosa). Los dos protagonistas consiguen superar todas las barreras que los dividen y lo hacen caminando juntos, buceando en su pasado común, su patrimonio cultural, sus raíces históricas. ¡Y eso, tristemente, no merece hoy la atención que sí reciben la división, el enfrentamiento o la violencia gratuita de la serie surcoreana del molusco!

Es un norteamericano, el abogado Jonas Pierce (Clarke Peters), quien hace caer en la cuenta a los protagonistas y a los perezosos miembros del Gobierno español de la importancia de unirse para recuperar el tesoro, afirmando: «Estamos hablando de algo más que de dinero. Estamos hablando del patrimonio cultural de un país. Cada barco hundido es parte de vuestro patrimonio, de vuestra alma».

¿Y cuál es el alma de España? ¿Quiénes somos en común? A poco que reflexionemos un poco sobre nuestro espíritu como nación, incluso como continente, surge el tema de la fe.

El ateo Amenábar consigue, además, en La Fortuna, algo que rara vez se ve en la industria audiovisual española de los últimos 60 años: retratar con respeto el hecho religioso. La escena sucede en el capítulo cuarto y está rodada en la madrileña iglesia de San Marcos. El joven protagonista se declara católico, aunque alejado de la Iglesia: «de pequeño –dice– iba a los escolapios (guiño autobiográfico de Amenábar) y rezaba mucho». Acude al majestuoso templo en medio de una crisis personal y allí mantiene un interesante diálogo con un sacerdote normal y corriente, como los que conocemos los que frecuentamos las iglesias, sin caricaturizar como nos tienen acostumbrados los que no las pisan. Y el diálogo es sensato, realista, esperanzador, sublime».

En esta escena y en la media docena de capítulos de la serie, veo a un Amenábar con la mano tendida, dispuesto a caminar juntos, a superar lo que nos separa, a respetar las diferencias… Justo lo que la Iglesia trata de hacer con su proceso sinodal. ¿Seremos capaces de tomar la mano de Álex, de Lucía, de tantos y tantos alejados de la Iglesia y comenzar a caminar juntos?

No nos conformemos con una Iglesia majestuosamente hundida en las profundidades donde muchos piratas la prefieren para sacarle provecho, y saquemos a flote el gran tesoro que hemos de poner en valor. Esa es nuestra alma; esa es nuestra Fortuna. Si lo logramos, seremos afortunados o, lo que es lo mismo, bienaventurados.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos «hilos» en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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