¿Homilías aburridas? La oportunidad de la semana

Ante la oportunidad de las muchas personas que cada domingo acuden a una parroquia, no podemos dejar pasar la oportunidad de ofrecerles una buena predicación, para que ellos, a su vez, salgan con la ilusión de anunciar el Evangelio. 

12 de marzo de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

En octubre de 2008 Barack Obama, entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, dio un mitin en Denver para unas 100.000 personas. Es el más multitudinario de los que se han dado hasta la fecha, que yo sepa. 

Aquí, en España, dicen que el 61 % de la población se declara católico. Eso son más de 28 millones de personas, y de ellos se supone que en torno al 7 % van a Misa cada domingo, lo que nos deja la impresionante cifra de 1.960.000 personas que cada domingo escuchan al sacerdote hablar en Misa. No hay ninguna institución que tenga esta capacidad de convocatoria ni, por ende, de influencia en tantas personas. Entonces, ¿qué hacemos con estos talentos que se nos han confiado?

Según el Evangelio, la respuesta es clara: negociar. Emplear todas nuestras capacidades para hacer rendir lo que Él nos confía de manera que podamos devolverle más de lo que nos había dado. “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos” (Mt 25, 14ss).

Cada domingo, en España, recibimos en las parroquias 1.960.000 talentos y se nos pide que podamos devolver al Señor esos mismos hijos suyos multiplicados: llenos de ilusión por vivir su vida cristiana, con ideas claras que sean una guía en su vida, con un amor renovado, con un conocimiento más profundo de Cristo y de las verdades de la fe. Es una oportunidad que, sencillamente, no podemos perder. 

Año 384. Agustín, de veintinueve años, llega a Milán. Hace ya diez años que es maniqueo. En Tagaste había sido profesor de gramática, y en Cartago abrió su propia escuela de elocuencia. Ahora, en la gran ciudad, llega como profesor de retórica y, al poco, oye hablar de la oratoria del obispo Ambrosio. Se entrevista con él y comienza a asistir a sus sermones, aunque confesando que: “No me cuidaba de aprender lo que decía, sino únicamente de oír cómo lo decía, era este vano cuidado lo único que había quedado en mí” (Confesiones XIV, 24) 

Al abrir mi corazón para recibir lo que decía elocuentemente, entraba en él al mismo tiempo lo que decía de verdadero.

San Agustín

Ambrosio se había formado desde los catorce años con un maestro de retórica, y conocía a la perfección los escritos de Cicerón, Quintiliano y otros maestros de oratoria. Porque unía en la predicación de la Palabra de Dios su estilo, la dulzura de sus palabras y la santidad de su vida, Agustín, sencillamente, no pudo resistirse: “Veníanse a mi mente, juntamente con las palabras que me agradaban, las cosas que despreciaba, por no poder separar unas de otras, y así, al abrir mi corazón para recibir lo que decía elocuentemente, entraba en él al mismo tiempo lo que decía de verdadero”.

El fondo, la forma y la santidad de vida. El qué, el cómo y el quién son los talentos que hemos de negociar: un mensaje central en el Evangelio, una forma adecuada y nuestra propia unión con Cristo al que predicamos, son los elementos que hacen irresistible la predicación, en palabras de Roger Ailes, uno de los asesores políticos de Ronald Reagan: “Todas las sugerencias, todo el adiestramiento en oratoria, todo el conocimiento sobre escenificación, representación y medios de comunicación —todo aquello popularmente asociado a fabricar una imagen— no funcionará si las mejoras no se ajustan adecuadamente a lo que tú eres esencialmente”.

Sin embargo, no podemos ignorar la importancia de este adiestramiento, de esta escenificación. El Evangelio mismo es testigo del esfuerzo de Jesús para tratar de explicar de la manera más sencilla, más cercana, más memorable los misterios del Reino de los Cielos. ¿Podemos quedarnos tranquilos sin negociar los talentos que Dios nos confía -porque son suyos- cada semana?

Sí, el servicio a la Palabra de Dios es un privilegio, pero es también una oportunidad, un talento que hemos de negociar y negociar bien.

Javier Sánchez Cervera

No podemos devolverle al Señor el mismo talento que nos dejó, después de haberlo enterrado en la tierra un rato, inmóvil, sin riesgo, sin cambio, igual que entró, igual que cuando comenzamos a hablar. ¿No podríamos hacer algo más? Como dice el Papa Francisco: “Son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos” (Evangelii Gaudium, n. 135).

Sí, el servicio a la Palabra de Dios es un privilegio, pero es también una oportunidad, un talento que hemos de negociar y negociar bien, porque la Palabra, como señala Balduino de Canterbury: “Es eficaz y más tajante que espada de doble filo para quienes creen en ella y la aman. ¿Qué hay, en efecto, imposible para el que cree o difícil para el que ama? Cuando esta palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de flechas de arquero afiladas; y lo penetra tan profundamente que atraviesa hasta lo más recóndito del espíritu; por ello se dice que es más tajante que una espada de doble filo, más incisiva que todo poder o fuerza, más sutil que toda agudeza humana, más penetrante que toda la sabiduría y todas las palabras de los doctos” (Tractatus, 6).

El autorJavier Sánchez Cervera

Sacerdote. Párroco de San Sebastián Mártir de San Sebastián de los Reyes (Madrid)

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