El firme y discreto liderazgo de los dos sucesores de Escrivá

2 de enero de 2017·Tiempo de lectura: 4 minutos

John L. Allen Jr., Roma

Periodista – Presidente de Crux Catholic Media

 

John Allen repasa los años transcurridos en la vida del Opus Dei desde la muerte del fundador. Subraya el significado de la tarea de Javier Echevarría, sobre todo en lo relativo a la gestión informativa, y esboza el reto que corresponderá al sucesor.

 

 

Con la pérdida de quien lo ha dirigido durante más de veinte años, el obispo Javier Echevarría Rodríguez, que murió el 12 de diciembre a los 84 años, el Opus Dei, una de las organizaciones católicas de mayor influencia y notoriedad del mundo, afronta ahora una transición generacional.

Sin embargo, lo hace desde una base de fortaleza, en parte gracias a las dos décadas en que Echevarría ha ocupado su cabeza.

Echevarría asumió la tarea de prelado del Opus Dei en abril de 1994, tras la muerte del obispo Álvaro del Portillo. Casi con seguridad será el último confidente personal de san Josemaría Escrivá de Balaguer –que fundó el Opus Dei en España en 1928 y murió en 1975– en dirigir la institución.

Javier Echevarría trabajó como secretario personal de Escrivá desde 1955, y se convirtió en secretario general de la organización en 1975. Cuando en 1982 el Opus Dei pasó a ser una “prelatura personal”, es decir, una entidad que incorpora tanto a clérigos como a laicos en torno a una espiritualidad específica más que sobre la base de los límites geográficos de una diócesis, Echevarría fue nombrado su vicario general.

 

Desde el fundador

Como sucede prácticamente en todas las nuevas fuerzas en la vida católica, sean una orden religiosa, un movimiento u otra cosa diversa, el Opus Dei se vio ante el reto de demostrar su permanente validez más allá de la muerte de su carismático fundador.

Para el Opus Dei, en cierto sentido ese reto se ha retrasado casi 40 años, porque tanto a Álvaro del Portillo como Echevarría, colaboradores personales de Escrivá, internamente se les ha considerado ante todo como intérpretes autorizados de su pensamiento, de manera que era casi como si el fundador continuara llevando las riendas desde más allá de la tumba.

Ahora el Opus Dei tendrá que sostenerse por sí mismo, con un liderazgo que no necesariamente llega con el mismo sello personal de aprobación por parte del mismo san Josemaría.

Durante sus casi 90 años, el Opus Dei ha sido un actor poderoso en la Iglesia católica, aunque también controvertido; elogiado por su dedicación a la formación del laicado y por sus buenas obras, pero también visto con recelo por críticos que le reprochan una estricta cultura interna, así como objetivos políticos y teológicos profundamente conservadores.

Esas impresiones quizá eran más marcadas cuando Echevarría comenzó su mandato en 1994, poco después de la beatificación de Escrivá bajo el pontificado de Juan Pablo II en 1992, un acontecimiento que alimentó polémicas casi infinitas, y bastante antes de la canonización del fundador en 2002 o la publicación en 2003 de la infame chapuza novelística de Dan Brown, el Código Da Vinci.

En aquel tiempo ejercían un gran atractivo las teorías de la conspiración y la especulación sobre el Opus Dei, tanto en círculos seculares como en algunos ambientes de la propia Iglesia católica.

Hubo un vivo debate sobre el supuesto imperio financiero del Opus Dei, su actitud respecto a las mujeres, sus prácticas de mortificación corporal, su supuesto sectarismo y muchas otras cosas, todo ello apuntalado por la suposición de que el propio Escrivá y otros primeros miembros del Opus Dei habían apoyado el régimen fascista derechista de Francisco Franco.

En esa atmósfera, los expertos en el Opus Dei señalaban que había una fisura de fondo en la organización entre una política de cerrazón, en lo relativo a la adaptación a las reglas del mundo exterior, y la transparencia, en el sentido de abrirse y dar cuenta de la vida interna y la filosofía de la institución, en la convicción de que todo contacto con la realidad era preferible a la mitología y a la “leyenda negra” que se había difundido.

Como prelado, Echevarría zanjó sustancialmente el debate en favor de la transparencia, y el resultado ha sido una rápida “normalización” del estatus del Opus Dei dentro de la Iglesia católica y una caída correlativa del nivel de controversia y de animosidad.

 

Gestión informativa

Cuando Echevarría comenzó su mandato, había aún muchos obispos católicos que miraban con desconfianza la idea de que se estableciera en su diócesis una iniciativa relacionada con el Opus Dei, pero en 2016 ese temor ha desaparecido casi por completo. Ahora, la mayoría de los obispos y otros dignatarios de la Iglesia miran al Opus Dei como mirarían a Caritas o a la orden de los Salesianos, es decir, simplemente como una pieza más en el mobiliario de la sala de estar católica.

Bajo la dirección de Echevarría, el Opus Dei ha pasado de tener lo que muchos consideraban como la gestión informativa más disfuncional de la Iglesia católica –rehusando por principio incluso responder a preguntas legítimas, y por tanto alimentando imágenes negativas– a la que ahora se valora como la mejor de Roma.

Hoy, la Universidad de la Santa Cruz, que dirige el Opus Dei en Roma, promueve un curso de formación para periodistas de todo el mundo sobre la cobertura del Vaticano y el catolicismo, llamado “Church Up Close”, y probablemente todo responsable católico que necesite ayuda para enfocar sus problemas de mala prensa debería hacer su primera llamada telefónica a alguien del Opus Dei.

Todo esto ha sido el resultado de una política iniciada y confirmada por Echevarría, consistente en que si no tenemos nada que ocultar, tampoco tenemos nada que temer.

 

Un pastor entregado

Por otro lado, Echevarría era también un pastor entregado, que se preocupaba hondamente por las personas confiadas a su atención. Los amigos dicen que pasaba más tiempo del que nadie podrá computar rezando por los miembros del Opus Dei en todo el mundo que habían perdido a sus personas queridas, que estaban enfermos, que habían perdido el trabajo o que sufrían de otro modo, y hacía cercano a ellos en lo personal.

Quienquiera que suceda a Echevarría a la cabeza del Opus Dei se enfrentará a un reto difícil, pero al mismo tiempo heredará una organización preparada para durar mucho tiempo.

Eso se debe principalmente a la visión del fundador, pero también al firme y sobre todo discreto liderazgo ejercido por sus dos inmediatos sucesores, de los cuales uno falleció hace dos décadas, y el otro ha abandonado el mundo este año.

El autorOmnes
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