El novio

Desde aquella JMJ, siempre que paso por una tormenta en mi vida me acuerdo de aquel “ve y lo verás” de Esther, y busco el sagrario más cercano.

1 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
adoracion eucaristia
Foto: © Mazur/catholicchurch.org.uk

Madrugada del 21 de agosto de 2011. JMJ de Madrid. El Aeródromo de Cuatro Vientos, en el que casi dos millones de jóvenes se disponían a pasar la noche, aparecía sorprendentemente calmado tras la repentina tormenta que casi provocó la suspensión de la vigilia con Benedicto XVI. ¿Ha visto usted alguna vez a dos millones de jóvenes, fuera de casa, de noche y yéndose a dormir? Pues yo sí. ¡Y dicen que ya no se ven milagros!

Ante tal sosiego, decidí aprovechar para ir a aprovisionarme de agua, pues el día siguiente se anunciaba bastante caluroso y, en las horas punta, las colas eran insufribles. Por el camino, me pareció divisar a lo lejos, cabizbaja, a una de las chicas del grupo al que acompañábamos. Esther pasaba por una mala racha. Los padres se habían quedado en paro y ella había tenido que aparcar los estudios para trabajar en una hamburguesería y arrimar algo a la familia. Para colmo, acababa de cortar con Juan, el novio con el que todos dábamos por hecho que se terminaría casando.

La seguí con la mirada y vi cómo, antes de llegar a la zona de reparto de comida, se desviaba hacia el lado opuesto, en dirección a otra gran carpa. Me dejó con la mosca detrás de la oreja, pero continué hacia mi destino donde me entretuve más de una hora al encontrarme por casualidad con unos amigos a quienes hacía años que no veía.

De regreso a mi sitio, me topé de frente con Esther y parecía una persona distinta. Una gran sonrisa llenaba su rostro, que parecía resplandecer.

–Niña, ¿qué haces? ¿De dónde vienes tan contenta? –le pregunté.

–Nada –sonrió–, de ver a mi novio.

–Ah, perdona, yo pensaba que ya no…

–No, no –me tranquilizó–. No he vuelto con Juan. Este es mejor. Si quieres conocerlo, está ahí, en aquella carpa. Anda, ¡ve y lo verás! –me animó mientras se alejaba–.

Aturdido en principio por la respuesta, decidí ir a satisfacer mi curiosidad sobre aquella misteriosa carpa. Cuando llegué, el espectáculo era realmente único. Cientos de jóvenes en total silencio, arrodillados, adoraban al Santísimo Sacramento expuesto en una preciosa custodia.

Impresionado, caí también yo de rodillas y comencé a dar gracias por aquel regalo inmenso que me acababan de hacer. Di gracias a Dios por Esther, por aquellos jóvenes que me evangelizaban con su fe, por haberse querido quedar entre nosotros de esta forma tan sencilla y oculta a los ojos del mundo.

Este domingo, en la parroquia, nos dijeron que este año tampoco habrá procesión del Corpus Christi por las calles. Mientras el párroco daba explicaciones, mi vista se fue de inmediato hacia dos bancos más adelante. Ahí estaba Esther con Juan, que es ahora su marido, y con su hija de dos años en brazos. Consiguió acabar la carrera, casarse y ahora acompaña, además, a un grupo de jóvenes de la parroquia.

Desde aquella JMJ, siempre que paso por una tormenta en mi vida me acuerdo de aquel “ve y lo verás” de Esther, y busco el sagrario más cercano, para arrodillarme de nuevo ante “el novio” que, aunque este año no salga a buscarnos, está siempre ahí, en la carpa más alejada de los ojos de la mayoría.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos “hilos” en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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