Decálogo para una Iglesia militante

Hoy, análogamente a la tierra de Asia a la que zarpó san Francisco Javier, es nuestra tierra la que es tierra de misión.

22 de junio de 2024·Tiempo de lectura: 4 minutos

La nave para zarpar desde Lisboa a las Indias se preparaba y Francisco, corazón inquieto, divino impaciente, anhelaba que llegase ese momento. Muchos en la corte portuguesa querían que los jóvenes sacerdotes de esta nueva orden fundada por el antiguo soldado guipuzcoano se quedasen en Lisboa.

¡Había tanto que hacer allí! Seguro que era mucho más importante renovar el espíritu religioso en aquella ciudad, que era el centro de ese gran imperio marítimo, que estar perdido en una isla en vete a saber qué mar. 

Francisco no atendía a esas razones. Sabía que tenía una misión y no quería retardar el cumplirla. José María Pemán pone unos versos en boca de Francisco que expresan muy bien su espíritu:

Soy más amigo del viento,

señora, que de la brisa…

¡Y hay que hacer el bien deprisa,

que el mal no pierde momento!

Es verdad. El mal no pierde ocasión. Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz (cf. Lc 16,1) y hay que hacer el bien deprisa. No es suficiente combatir el mal, ponerse a la defensiva. No nos puede valer el estar esperando a que se nos llame para echar una mano. Es necesario hacer el bien, ponernos en marcha, activar un estilo de vida militante y comprometido.

Estoy seguro de que san Francisco Javier nos animaría hoy a vivir así y nos daría unas cuantas claves para que viviésemos como misioneros en el lugar del mundo que Dios nos colocase.

  1. Sentir con la Iglesia. La primera actitud interior que debemos cultivar es una unidad de corazones con la Iglesia, con el papa, con nuestros obispos. Hemos de significarnos en este amor a la Iglesia, aun en los tiempos más recios. Y hemos de ser impecables en esta actitud. No hay misión sin unidad con los pastores. El propio Francisco iba a la misión como embajador del rey de Portugal, pero también como nuncio del papa.
  2. Visión ecuménica eclesial, como sentiría san Francisco Javier desde las costas de Lisboa a punto de embarcarse a la misión. Sin capillismos, con amplitud eclesial, con una mirada católica, universal. No estamos para hacer nuestra obra, sino para servir a la Iglesia. Una Iglesia en la que todos nos necesitamos. Nadie, ningún carisma lo tiene todo. Todos formamos un único cuerpo con carismas que enriquecen al resto.
  3. En vanguardia, en las periferias, siendo laboratorios del Espíritu… Cualquiera que sea la expresión que usemos, sabemos que nuestro lugar está en el frente. Y cada uno sabe cuál es el suyo. Se trata más de una actitud que de un lugar. Capaces de oír el clamor de ayuda de quienes viven cerca de nosotros. Buscando siempre nuevos caminos para el Evangelio.
  4. Discernimiento. Más necesario que nunca en un mundo complejo, en constante cambio, que pierde referencias. A Francisco le tocó emplearse a fondo y ponerse a la escucha ante las nuevas culturas que le planteaban retos insospechados para la evangelización. Nosotros nos ponemos hoy a la escucha del Espíritu, para seguir los caminos que hay que empezar a abrir en este nuevo mundo.
  5. Disponibilidad. Actitud de entrega, para servir donde haga falta. Comprometidos. Hombres de palabra, que responden de aquello que deben hacer. Hombres en los que se puede confiar. ¡Casi nada! Porque sin esa entrega y compromiso incondicional no hay misión.
  6. Prácticos. El militante, el misionero, no se pierde en cavilaciones y discursos, sino que se pone en marcha. No pone pegas, las resuelve. A la vez es consciente de la imperiosa necesidad de formación que facilite las claves para la acción, que estructure la mente y el corazón. 
  7. No al espíritu burgués. El misionero sabe vivir desde una tensión interior sana que le impide acomodarse. No vive desde seguridades, sino desde la confianza en Dios. Cultiva un espíritu que alimenta una necesaria reciedumbre y fortaleza humana y espiritual. Los cansancios, las fatigas y las persecuciones son parte esencial de la vida de todo misionero. 
  8. Hombres de comunión. En todos los lugares en que se encuentre el misionero ha de crear lazos, tender puentes; dentro de la Iglesia, y en la sociedad. Acercándonos a aquellos que aparentemente no son de los nuestros, pero que son nuestros hermanos, con los que compartimos destino en la eternidad. No será fácil. No seremos comprendidos muchas veces. La comunión exige un amor martirial.
  9. Creatividad e iniciativa. No somos francotiradores, pero sí debemos tener capacidad de iniciativa con la que aportar a la misión conjunta. Iniciativa y docilidad, juntas. A tiempos nuevos harán falta odres nuevos. San Francisco Javier puso en marcha todo su ingenio para llegar a todos. Desde los pobres pescadores de perlas asediados por los terribles badagas, hasta el emperador del Japón. A cada uno supo hablarle al corazón de una forma completamente distinta.
  10. Retaguardia orante. Vivimos de la oración. De ella nace nuestra acción. Nos apoyamos en la vida contemplativa. Y nosotros mismos sabemos que hemos de cultivar la vida de oración como la mejor palanca para mover corazones y para que el nuestro esté anclado en el Señor.

Se acerca el barco que llevará a Francisco hacia las Indias, bordeando África. Él no lo sabe, pero ese viaje empleará trece meses, incluyendo uno que habrá de estar parado por falta de viento. Pero no hay miedo en su mirada, sino una ilusión expectante y un fuerte deseo de partir ya.

Un último recuerdo de su corazón vuela a sus tierras navarras, a la altiva torre del castillo azotada por el viento. Y mientras el barco se aleja y se difumina la costa una sonrisa se dibuja en los labios de Javier, eco de la del Cristo románico ante el que tantas veces oró siendo niño.

Nosotros nos quedamos en el puerto, en la vieja Europa, viendo alejarse la embarcación. Sabemos que nuestra tierra es también tierra de misión. 

¡Santa María, valedme! —ora Francisco al inicio del viaje según su embarcación se aleja del puerto de Lisboa—. ¡Madre nuestra!, ¡cuida de todos los que hemos sentido esa llamada y nos hemos embarcado en la misión de tu Hijo!; protégenos en las aguas procelosas que harán peligrar la vida; alcánzanos el soplo del Espíritu para nuestras velas cuando parezca que nos paramos y nos quedamos sin fuerza para seguir; muestra que eres nuestra madre y estás siempre cerca de nosotros cuidándonos.

Por algo somos tuyos, de santa María. Y estamos al servicio de Jesucristo, rey eterno y señor universal.

El autorMaria José Atienza

Redactora Jefe en Omnes. Licenciada en Comunicación, con más de 15 años de experiencia en comunicación de la Iglesia. Ha colaborado en medios como COPE o RNE.

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