Hace un mes, los católicos vivíamos con el corazón encogido: las informaciones sobre la salud del Papa Francisco eran poco alentadoras y, aún hoy, cualquier comunicación emitida desde el Policlínico Gemelli, o desde alguna otra instancia sobre la salud del Pontífice, se recibe con cierto nudo en la tripa.
Han sido semanas complicadas, tensas incluso, en algunos momentos, en los que los católicos nos hemos vuelto a topar con la debilidad humana, con la muerte acechante, con la prueba más clara de nuestro ser criaturas y la imposibilidad de tener el control total de nuestra existencia.
Pocas cosas hay tan terriblemente aleccionadoras como andar el camino de la humildad que es la enfermedad.
En un mundo que se considera autosuficiente y aséptico, hemos vuelto a atravesar, junto a un Pontífice enfermo, unos “momentos de prueba” en los que aunque “nuestro físico está débil, pero, incluso así, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza” (Papa Francisco, Ángelus, 16-III-2025).
“Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”, en un contexto jubilar marcado por la esperanza, merece la pena recordar estas palabras de Benedicto XVI en Spe Salvi.
En estas jornadas de pasión y muerte, también Cristo pregunta por nosotros. La pregunta que Dios hace al hombre no es si quiere sufrir o no, si se sentirá débil, abandonado, solo…, sino si todo esto, que algún día formará parte de nuestra vida, lo queremos vivir junto a Él o de manera solitaria.
Caminar con Dios hacia el Calvario, como Cirineo, ayudando un poco al Dios vencido ante los ojos de los hombres; como las santas mujeres, de lejos, sin acercarnos mucho; como los apóstoles, avergonzados y pidiendo ya perdón a Dios por la pequeñez de nuestro corazón; o como la Madre, sostenida por un Juan que pasa casi inadvertido, pero llegando hasta el pie de la cruz.