TribunaMercedes de Esteban Villar

Aprender a preguntar, aprender a preguntarse

La enseñanza de la religión en España tiene indudable relevancia. La autora ofrece algunos perfiles del proyecto Sociedad civil, religiosidad y educación, como el derecho a la libertad religiosa, y la protección de los derechos culturales en la agenda 2030.

6 de julio de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
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Foto: Jon Tyson / Unsplash

La religiosidad de los individuos es una dimensión fundamental que tiene fuertes repercusiones y que define culturalmente a las civilizaciones entre ellas con un carácter muy singular, “a la europea”. El desafío de abordar este tema no supone dirigirse a los “no religiosos”, como si aquellos que lo son no tuvieran que reflexionar sobre esta cuestión, prejuzgando que el “problema” es solo de aquellos que ignoran la dimensión religiosa y espiritual de sus vidas. Por el contrario, “hablar” del hecho y de la experiencia religiosa se convierte en una apuesta inclusiva: para aquellos que creen que nada de valor existe fuera de este presente, para los que creen que hay que blandir la espada de la fe, en lugar de la de la paz como su principal fruto; para los que se ocultan bajo una religiosidad “anónima”; para los que creen que es inútil creer porque basta con ejercer la justicia y la tolerancia, es decir, para el que vive como si Dios no existiera, aceptando de manera complaciente, sin hacerse demasiadas preguntas, los valores que la cultura religiosa promueve. Y también para aquellos que se interrogan sobre si en la esencia de nuestra humanidad no habrá algo superior a uno mismo. Y, por supuesto, para aquellos que así lo entienden y lo viven.

Cuando el equipo de la Fundación Europea Sociedad y Educación conoció el interés de Porticus Iberia por disponer de una mayor información sobre la situación de la enseñanza de la religión en España, entendió la importancia de afrontar este reto no solo desde un enfoque investigador multidisciplinar, sino también desde el conocimiento de nuestra propia realidad. El proyecto, que inició su andadura con el título Sociedad civil, religiosidad y educación partió de un estudio de contexto, es decir, de analizar el terreno en el que se iba a desarrollar, vinculándolo con la sociedad española, sin olvidar que, en muy buena medida, lo que aquí se concluyera podría ser perfectamente extensible al marco europeo en el que se mueven las democracias occidentales.  Al hacerlo de este modo, sus ámbitos de trabajo y sus resultados tenían más opciones de convertirse en un agente dinamizador de una conversación sobre uno de los interrogantes que más inquieta al hombre de todas las épocas.

Sociedad civil, religiosidad y educación, desde el punto de vista de la sociología, es un proyecto de amplio alcance sobre las influencias recíprocas y las relaciones entre la sociedad y la religiosidad de los individuos, sobre la presencia y la relevancia del hecho y de la experiencia religiosa en la esfera pública y en las tradiciones culturales de los pueblos, y sobre la participación de la educación en la evolución y en la naturaleza de estas relaciones.

Desde el punto de vista de la ciencia jurídica, nos pareció importante y propio de un orden de convivencia democrática basada en el respeto a la Ley, recordar, por una parte,  los principios jurídicos que sustentan los derechos de libertad, entre ellos el  derecho a la libertad religiosa en nuestro marco nacional y  europeo; por otro, buscar en la Agenda 2030 un ámbito de protección de los derechos culturales, para asegurar la expresión de la religiosidad en el espacio público, en la enseñanza de la religión en las escuelas y en el impulso del diálogo intercultural. 

La orientación hacia el cultivo del ámbito espiritual a través de la escuela decae de año en año: baja el porcentaje de alumnos que elige la asignatura de Religión Católica, un cambio especialmente brusco entre primaria, secundaria y bachillerato. En estos dos últimos niveles, los estudiantes dependen mucho menos de los padres en su elección y prefieren en mucha menor medida la enseñanza de la religión, especialmente en los centros públicos. Además, se da la circunstancia del particular estatus laboral de los profesores de religión en España, la ausencia de una evaluación acerca del impacto de la enseñanza de la religión en la escuela, sobre su calidad y su formación, la autopercepción que transmiten sobre su propio prestigio, su inserción profesional en la escuela y las relaciones profesionales que establecen con sus colegas docentes, entre otros aspectos. 

Sin duda, considerar el paso por las escuelas como un periodo único para el despertar de las preguntas acerca del sentido es una oportunidad de la que todos somos de algún modo responsables; no tanto de sus respuestas, de las que serán en el futuro, como hombres y mujeres creyentes o no creyentes, autónoma y libremente responsables. En resumidas cuentas, todas estas pinceladas tienen que ver con un tema mucho más ambicioso:  la percepción social del hecho religioso y la huella que deja la escuela, en parte a través de la acción formativa de los profesores de religión.

El autor

Mercedes de Esteban Villar

Directora de Investigación. Fundación Europea Sociedad y Educación

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