Continuamos nuestra lectura del Evangelio de Mateo, y hoy se nos presentan las condiciones para ser dignos de Cristo. Jesús dice a sus apóstoles: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Uno recuerda la pregunta que el obispo hace durante el rito de la ordenación, antes de ordenar a los candidatos: “Scis illos esse dignos?”, “¿Sabes si son dignos?”. Es una pregunta solemne y seria, no solo para quienes se preparan para el sacerdocio, sino para todos los que desean seguir a Cristo.
¿Somos realmente dignos de Cristo? ¿Puede alguien ser verdaderamente digno de Él? ¿Y qué significa ser digno de Cristo? Ser digno de Cristo significa amarlo por encima de todas las personas y de todas las cosas. Significa estar dispuestos a tomar nuestra cruz y seguirle adondequiera que nos lleve.
Esta dignidad implica la paradoja tanto del costo como de la recompensa. El costo es todo, y la recompensa es todo. Estamos llamados a entregarlo todo para ganarlo todo. Jesús dice: “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.
A primera vista, esto parece contradictorio. En la vida ordinaria, perder y encontrar son opuestos: cuando algo se pierde, ya no se encuentra; cuando se encuentra, ya no está perdido. Pero en nuestra relación con Dios ocurre lo contrario. Cuando nos perdemos por Cristo, cuando nos entregamos completamente a Él, entonces descubrimos verdaderamente quiénes somos. Solo en Cristo nos encontramos plenamente a nosotros mismos. Esa es la paradoja cristiana.
Esta misma paradoja del dar y recibir también se expresa mediante el tema de la hospitalidad presente tanto en la primera lectura como en el Evangelio. Estamos llamados tanto a dar generosamente como a recibir con gratitud. En el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.
Estas palabras quedan bellamente ilustradas en la primera lectura. Una mujer rica de Sunem acogió al profeta Eliseo en su casa. En agradecimiento por su hospitalidad, Eliseo le prometió que tendría un hijo, y efectivamente lo tuvo al año siguiente. Más tarde, el niño murió repentinamente, Eliseo le devolvió la vida. La generosidad de esta mujer fue abundantemente recompensada. A través de su hospitalidad y apertura al profeta de Dios, se hizo digna de la bendición divina.
Ser dignos de Cristo, entonces, significa vivir con total generosidad, entregándonos completamente a Dios. Y cada vez que nos damos al Señor, descubrimos que Él nunca se deja ganar en generosidad.





