El Santo Padre León XIV ha efectuado en la Misa de la Asunción de la Virgen María en la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanueva, en Castel Gandolfo, un canto al amor y a la pureza del alma de la Madre de Dios y Madre nuestra. La Eucaristía ha sido concelebrada con el obispo de Albano y el párroco agustino, con el remate de una antífona mariana.
En su homilía, ha invitado a seguir la luz del Resucitado mirando a María, que “Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo”.
Asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste
Con gran alegría celebro también este año con ustedes la Solemnidad de la Asunción, ha comenzado diciendo el Papa en la homilía de la Misa, en la que ha explicado la doctrina del Magisterio de la Iglesia sobre la fiesta de hoy.
Que “María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste” (Pío XII, Const. apost. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950), y nos indica, en este Misterio, el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada”.
Por eso, muchas obras de arte la representan, al final de su vida terrena, como una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo, ha proseguido el Pontífice.
“Se inspiran en la escena descrita en el pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura: ‘Una Mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies (Ap 12,1), para significar que en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad”.
De este modo, el Papa ha comenzado una honda y bella reflexión sobre el amor. Entonces, “qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en nuestros retablos?”, se ha preguntado.

La verdadera belleza muestra los signos del amor
“Para comprenderlo debemos mantener unidos los dos signos que hemos mencionado: el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. Es la pureza del alma, en efecto, que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo”, ha señalado el Papa.
“La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin (cf. 1 Co 13,8)”.
Revisar los cánones hedonistas y consumistas
El Santo Padre ha invitado a continuación a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone. Y a encontrar “personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor; como se pueden observar otras, quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior”.
Es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación, ha dicho León XIV.
Dónde encontrar la belleza divina
El Sucesor de Pedro, siguiendo también a san Agustín, ha indicado el camino: “Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano. En la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”.
Escuchar historias de amor, el “ornamento más hermoso del hombre”
Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo, ha alentado.
“El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”, ha descrito el Santo Padre.
El milagro que Maria vivió en su corazón
El milagro que María, la doncella de Nazaret, vivió en su corazón inocente, y que la llevó a la gloria del Cielo, es el encuentro de extremos, como ella misma da testimonio en las palabras inspiradas del Magníficat, que hemos escuchado en el Evangelio (cf. Lc 1,46-55).
En este cántico, ha subrayado el Papa, “a través de las humildes expresiones de su fe, la Madre del cielo nos habla de modo sencillo de grandes misterios. Dios que en ella se hace hombre para salvar a los hombres, (…), su condición de «humilde sierva», la “pequeña dimensión” en la que también nosotros podemos encontrar al Señor, como decía san Pablo VI.
El misterio de hoy, la verdadera caridad: escenas familiares
La sublimidad del Misterio que celebramos no debemos buscarla lejos. Podemos encontrarla allí donde hay verdadera caridad, ha subrayado León XIV, describiendo escenas familiares a todos:
“En los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos. En los rostros de los abuelos y las abuelas que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos. O incluso en el compromiso de jóvenes que se esfuerzan por crecer limpios y honestos, listos también para ir contra la corriente respecto a “lo que todos hacen”. Finalmente, en la obra de tantos hombres y mujeres que diariamente, con fe y dedicación, contribuyen a llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo”.
El rostro bellisimo de la Asunción, el de las personas que están a nuestro lado
El Papa ha concretado sus palabras aún más: “el rostro bellísimo de la Asunción es único, supera toda representación posible y, sin embargo, al mismo tiempo nos es conocido: es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida”.
Por eso, ha concluido el Pontífice, en la mujer del Apocalipsis la comunidad de los creyentes se ve a sí misma, y el Concilio Vaticano II describe a María como ‘imagen y principio de la Iglesia, […] signo de esperanza cierta y de consuelo’ (Const. dogm. Lumen gentium, 68). En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria”.
Ángelus: la Asunción, fiesta de gran importancia
Tras la celebración de la Santa Misa, Leon XIV ha dirigido el rezo de la oración mariana del Ángelus desde la plaza de la Libertad de Castel Gandolfo, ante numerosos fieles italianos y de otros países
Al comenzar su alocución, el Papa ha señalado que la Asunción de la Santísima Virgen María es “una fiesta de gran importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular; efectivamente, es una celebración muy apreciada en muchas comunidades, especialmente en donde la catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción”.
Dos iconografias: ‘dormición’ de la Madre de Dios, y la Virgen en el cielo
Para contemplar este misterio de la fe, podemos recurrir a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los artistas lo han representado, ha manifestado.
El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi un milenio, es el de la “dormición” de la Madre de Dios: ella aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles, quienes la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, se encuentra Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una niña recién nacida.
En segundo lugar, está la iconografía más reciente, que se desarrolló posteriormente en Occidente, nos muestra, por el contrario, a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos alrededor.
La plenitud de vida “nos espera también a nosotros, al final de los tiempos”
Algunos artistas han unido ambos esquemas, ha descrito el Santo Padre, representando a la Virgen gloriosa en alto y su tumba vacía abajo, frecuentemente llena de flores de diversos colores, y a los apóstoles con la mirada fija hacia ella, en el cielo. Este segundo modelo pone de relieve la verdad de que María fue asunta en cuerpo y alma, es decir, en la integridad de su persona.
La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, “nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, ha resaltado León XIV, cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado ‘transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso’ (Flp 3,21), vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de inmortalidad (cf. 1 Co 15,54)”.





