Cultura

San José en la lírica española más reciente

Son muchos los estudios que, a la sombra de Jesús y María, se han ocupado de la figura de san José y obras dramáticas que le han dado un gran protagonismo. Poesía, sin embargo, salvo la devocional o navideña, apenas se ha generado. Este artículo hace una incursión en la lírica más reciente y en algunos autores que lo han incorporado a su creación poética con inspirada dignidad teológica y literaria.

Carmelo Guillén·24 de julio de 2021·Tiempo de lectura: 6 minutos
Cuadro de San José

Con motivo de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal, el 150 aniversario impulsado por el Papa Francisco invita a una reflexión sobre la lírica josefina más próxima en el tiempo; por marcar unas fechas, la de las últimas décadas.

Primeras referencias literarias

Dar marcha atrás en la historia, salvo en contadísimas ocasiones, lleva a descubrir que no ha tenido aún su momento poético, salvo si se le considera en función del papel ejercido a la sombra de María y de Jesús. Las más remotas y escasísimas referencias literarias que conocemos sobre él se hallan en Gonzalo de Berceo (siglo xiii), quien pone en boca de María su vinculación a José: “Io so donna Maria de Josep esposa” (Duelo que fizo la Virgen Maria el dia de la pasión de su fijo Jesuchristo). 

Con posterioridad al poeta riojano, hay alusiones del mismo jaez, aunque con matices muy diversos, en Alfonso x el Sabio, en el teatro de Gómez Manrique, en el de Juan del Enzina y en el de Lucas Fernández y, sin duda, en pocos autores más, con preferencia en dramaturgos del siglo xvii (Mira de Amescua o Cristóbal de Monroy, por citar a dos literatos de renombre). 

Va a ser el clérigo José de Valdivieso (1560-1638), íntimo amigo de Lope de Vega, quien le dé un protagonismo particular en el admirable y colosal poema Vida, excelencia y muerte del gloriosísimo Patriarca San José, esposo de Nuestra Señora; texto compuesto en octavas reales, teológicamente muy iluminador que, con la apoyatura de lo poco que sobre él dibujan los evangelios de Mateo y Lucas, lo que anuncian los Apócrifos y lo que aporta un conjunto de autores que le preceden (por citar a algunos: Bernardino de Laredo o Jerónimo Gracián, tan vinculado este último a la biografía de santa Teresa de Jesús), consigue crear el retrato sobre el Patriarca que, a partir del Siglo de Oro, se ha generado en abundante pintura y escultura, concibiéndosele como un hombre justo, casto, protector de su familia, entrado en años, de profesión carpintero, por eso de que Jesús acabaría sus días finalmente en el árbol de la cruz, y de muerte temprana. 

A la vez, junto a estos particulares rasgos físicos y a su actividad laboral, Valdivieso ambienta a su personaje en una serie de acontecimientos en torno a los cuales se desarrolla su trayectoria vital: (1) sus desposorios con María; (2) la visita que ésta hace a su prima santa Isabel, acompañada por él en el viaje de ida; (3) sus sufrimientos interiores tras advertir que su esposa está embarazada; (4) la revelación del misterio de la Encarnación por parte del ángel de Señor; (5) la expectación del parto; (6) el nacimiento de Jesús en un portal de Belén; (7) las distintas migraciones, con los consiguientes episodios ampliamente difundidos en la literatura popular: la adoración de los magos, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto, etc.; su muerte y glorificación, y, (9) finalmente, sus excelencias y apelativos. 

Tradición popular

De todo ese recorrido vital, la tradición popular ha mantenido vivas aquellas eventualidades relacionadas prácticamente con los sucesos celebratorios y folclóricos de la Navidad sin que, como sucede en el texto de Valdivieso, los hechos se presenten desde el punto de vista de san José ni alcancen a otros momentos de su existencia.

Antologías tan celebradas como el Cancionero español de Navidad (1412-1942), de 1942, u otras más actuales por citar un botón de muestra como Al Sol de la Noche. Ocho poetas de hoy cantan la Navidad, de 2000, no resaltan la figura de tan ilustre varón. Hay que rastrear con profusión en la poesía culta contemporánea para encontrar textos y hay muy pocos en los que José resulte ser el personaje principal del poema. Ni en la lírica religiosa tan rica de los poetas españoles de los años 40 del pasado siglo, ni después, salvo excepciones, es motivo de particular atención. 

Episodios

Cuando aparece, como una preciada y sorprendente joya en la poesía, lo vemos las más de las veces ligado a sus lacerantes dudas, siempre por cierto con final feliz, frente a la inesperada preñez de la Virgen. Es el caso del poema Soliloquios de San José, de José María Valverde, presentado en disposición endecasílaba, y que irrumpe: “¿Por qué hube de ser yo? Como un torrente / de cielo roto, Dios se me caía / encima: gloria dura, enorme haciéndome / mi mundo ajeno y cruel: mi prometida / blanca y callada, de repente oscura, / vuelve hacia su secreto, hasta que el Ángel, /en nívea pesadilla de relámpagos, / me lo vino a anunciar: el gran destino / que tan bello sería haber mirado / venir por otro lado de la aldea; / la cumbre de los tiempos, alumbrada / con sol del otro lado, y por mis puertas”. Un texto relativamente extenso, que avanza con tres ideas predominantes. La primera: el gozo de José al haber sido elegido inmerecidamente por Dios como custodio de Jesús y de María; la segunda: su entera disposición para hacerse cargo de personajes tan cruciales en la historia de la salvación como los que le han tocado en suerte y, tercera, la plena convicción de que su vida acabaría, como así sucedió, desarrollándose de una manera ordinaria, sin grandes sobresaltos, atento a los suyos y a su trabajo diario. 

Otras veces se le ambienta en el enclave del quehacer laboral, entre cuyas composiciones más logradas de estas últimas décadas entresacamos la titulada Poema para un artesano llamado José, del palentino José María Fernández Nieto, quien, en un conjunto de cuartetos de aire contemplativo, exalta las virtudes de María y de José en el hogar de Nazaret, a la vez que enaltece el valor del trabajo manual del cabeza de familia: “Oh, temblorosa mano carpintera / que en gotas de sudor y de alegría, bajo el amor de su carpintería / versificó en plegarias la madera”, estrofa temáticamente enraizada en una teología del trabajo que Fernández Nieto amplía, a manera de plegaria, con tres estrofas más: “Tú, que tuviste a Dios entre las manos / y se las ofreciste encallecidas, / ofrécele el sudor de nuestras vidas / para ganar el pan de ser cristianos. / José, peón de la bondad, obrero / de Dios, puebla de gozo los talleres / y ordena el mundo como tú lo quieres, / como una ofrenda hacia el Amor primero. / […] Porque desde que tú, José, maestro / de amor, hiciste salmos de tus músculos, / el trabajo es ofrenda de crepúsculos, / avemaría, salve y padrenuestro”.

En otros textos literarios contemporáneos, en cambio, se le sitúa en la escena contada por el evangelista Lucas de la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo de Jerusalén, del que el poeta Manuel Ballesteros expresa, en un poema sin título, escrito en endecasílabos blancos, la honda preocupación de José, guardián de su Hijo, tras su inexplicable descuido: “José guarda silencio. Se ha hecho cargo / él de todas las culpas. Él, el padre y custodio del niño, […] / ha sufrido tres días por la pérdida / inexplicable de Jesús. Quizá / he bajado la guardia y olvidado / que aquí en Jerusalén las amenazas / acechan todavía”.

Aliciente

Sorprendentemente, no hay más episodios de su itinerario vital que hayan despertado el interés de los poetas actuales. Si acaso aquél referente a alguno de sus títulos, en el que es aclamado como “patrono de la buena muerte”, a propósito de estos tiempos de pandemia, y que sirve al poeta Daniel Cotta para pedirle que interceda por las almas de tantos como mueren: “Acurrucando a tu Bien / pa ra que no se despierte, / has dejado atrás la muerte / que está asolando Belén. / Hoy que la muerte también / devora el tiempo presente, / ruega tú al Omnipotente / que, en medio de la rapiña, / lleva al cielo el alma niña / de tanto Santo Inocente”.

Y llegados a este punto, cabe preguntarse, ¿qué ha podido suceder para que san José, de tanta solvencia en el pueblo, y al que se le tiene como patrono de los trabajadores o custodio del Redentor, no haya irrumpido en la lírica con el mismo aliciente y entusiasmo que en otras manifestaciones artísticas? En iglesias modernas se le ve ocupando hornacinas con Jesús entre sus brazos o custodiándolo de la mano; en pinturas, se le encuentra joven en abierto contraste con la imagen traída tradicionalmente, al lado de Jesús o al calor de su familia. 

En la poesía, sin embargo, no sucede lo mismo, como si la creación poética quedara deslavazada de su coyuntura histórica. Al ser José un santo casado, con un trabajo autónomo, de cuño popular, es posible que su figura no haya alcanzado todavía ese nivel de entusiasmo e inspiración que impulsa a los poetas y en especial a los poetas “laicos” a crear obras encomiables en su honor. 

Cartas apostólicas como esta de ahora, Patris corde, del Papa Francisco, bien pueden servir de aliciente para dar vistosidad a este hombre cuya grandeza de alma merece versos como aquel que impulsó a escribir al poeta Miguel d´Ors el texto titulado Sonsoneto confidencial: “[…] porque soy el heredero / de aquella confianza con que mi padre le / trataba, o porque tengo por claro y verdadero / que en la Historia del Mundo no daré / con nadie de quien pueda asegurarse que / tuvo con la familia tanta suerte, o porque / nadie ha muerto mejor acompañado, pero, / como no busco votos sino cantar sincero, / con este sonsoneto me reitero: mi santo preferido, San José”.

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