Cultura

Rilke y la joven poeta

Hace más de 100 años Rainer Maria Rilke escribió diez cartas a un joven poeta que deseaba aprender a escribair poesía. Aquellas cartas, reunidas en un libro memorable, siguen siendo actuales porque interpelan vitalmente a aquellos lectores de hoy que anhelan ser poetas.

Jaime Nubiola·11 de abril de 2017·Tiempo de lectura: 4 minutos
Rainer Maria Rilke (1875-1926)

Desde hace años el libro que regalo con más frecuencia a los estudiantes que se me acercan para preguntarme cómo aprender a escribir es la obra de Rainer Maria Rilke (1875-1926) Cartas a un joven poeta, publicada originalmente en 1929. En ese volumen se reúnen las diez cartas que entre el 17 de febrero de 1903 y el 26 de diciembre de 1908 escribió Rilke al joven Franz Xaver Kappus, estudiante entonces en la Academia Militar de Viena. Hace varios años regalé ese libro a la joven poeta Ana Gil de Pareja y me encanta traer hoy a estas páginas algo de lo que me escribió después de su emocionada lectura: 

«Comencé a leer Cartas a un joven poeta ensimismada, subrayando página a página lo que me llegaba al corazón. Se trata de un libro que hay que releer cuando la vida tira de más de una parte de nosotros mismos, cuando estamos desesperanzados, cuando sentimos una angustiosa soledad o cuando necesitamos un buen consejo que ahonde en la profundidad del alma”. Eso es lo que más admiro de este libro de Rilke: que lo que pudo ayudar al joven poeta con aquellas cartas llega a lo más hondo de un lector de hoy.

Rilke con sus cartas consigue despertar la inquietud del futuro escritor no mediante la persuasión, sino por medio de la enseñanza. Es todo un maestro en despertar la pasión de la vocación literaria de Kappus, mostrándole el placer de ver más allá de lo que muchos ven, es decir, descubrir la belleza de lo ordinario. “Si su vida cotidiana le resulta pobre no la acuse a ella; cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficientemente poeta como para extraerle sus riquezas. Para el verdadero creador no hay pobreza ni lugares comunes” (p. 24). Con sus cartas Rilke guía la atención del joven hacia lo verdaderamente importante. Y, en cierto modo, guió también mi descubrimiento de lo auténticamente valioso. 

El gran poema puede no gustar a todos, pero nuestras almas no son muy distintas unas de otras. Todos hemos sufrido dolores semejantes, pues todos, de un modo u otro, vestimos la misma piel. Es el poeta quien sabe describir las sensaciones que percibe, describe su aspecto, su aroma, sus reacciones al entorno, sus heridas y cicatrices… Él es quien se encarga de hacer una auténtica joya de lo ordinario en bruto; el poeta viene a ser un pulidor de la realidad.

El oficio de pulidor consiste en borrar todas las marcas que han quedado en la joya a lo largo de su elaboración. Debe estar atento para concentrarse en tratar las joyas que le confían con la máxima delicadeza. La paciencia es también una cualidad necesaria en este trabajo, ya que el acabado de las joyas puede requerir mucho tiempo. Por tanto, además de la habilidad y precisión necesarias para llevarla a cabo lo que sobre todo necesita es un gran deseo de convertir su trabajo en una obra de arte.

Ha escrito Simone Weil que la inteligencia no puede ser movida más que por el deseo y creo que así entiende Rilke la labor del poeta. El auténtico poeta escribe no porque nazca con la pluma en la mano, sino porque lo que en verdad nace de él es un gran deseo de escribir y una profunda necesidad de hacerlo. La labor de un artista surge porque realmente desea crear su obra, porque nace de lo más hondo de su ser darle vida para dar vida a quienes la contemplen. 

Al leer aquellas páginas sentí que mi gran ilusión era –al igual que Kappus– la de ser una gran poeta. Sin embargo, ¿cómo podía entonces saber si la poesía era lo mío? “Pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿tengo la necesidad de escribir? Sumérjase en lo más íntimo de su ser para obtener una respuesta. Y si fuese afirmativa, si se ve capaz de contestar a esta grave cuestión con un simple y rotundo ‘Sí, debo’, construya entonces toda su vida en torno a dicha necesidad” (p. 23). Hasta la famosa cantante Lady Gaga lleva tatuada en su brazo izquierdo esta frase en el alemán original. Procede de la primera de las cartas y muestra, con especial detalle, el punto al que quiero llegar. Es posible que mis escritos no sean mejores que los de los grandes escritores, pero son trozo y voz de mi propia vida. Por ello, debía cuestionarme si era mi deber alzar mi voz para que pudiese ser escuchada, porque nadie más podría decir lo que yo tenía que decirle al mundo. Mis palabras eran y seguirán siendo únicas e irrepetibles.

Ante este descubrimiento, el alma de un escritor inquieto no queda indiferente. Este libro avivó mis ilusiones por mostrar la riqueza de lo ordinario, por contarle al mundo las grandes historias que aún no han sido contadas porque todavía nadie las ha descubierto. Esas historias que desde mucho tiempo atrás nos pertenecen y que al darles vida pueden llegar a pertenecer a otros. En definitiva, descubrí que mi vocación era la escritura, pues lo bello no estaba solo en mis escritos, sino sobre todo en su finalidad, esto es, en lo que provocan en quienes los lean. Entendí que ese efecto nace en cada alma singular: el éxito del escritor reside en la autenticidad de su alma y en cómo consigue mostrarla al mundo de modo transparente, sin sombras ni contrastes. El gran poeta no triunfa porque escriba cosas excelsas, sino porque transmite una creencia propia a quienes tienen capacidad de creer lo mismo que él cree. Creencias y miradas profundas, únicas e irrepetibles, que embellecen el mundo: en eso trabaja el joven poeta».

Hasta aquí lo que me escribía la joven poeta Ana Gil de Pareja. Por este hermoso testimonio –y por tantos otros que he acumulado en estos años– me parece que vale la pena seguir recomendando hoy la lectura de este libro.

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