Cultura

Reconstituir la identidad europea a través de la historia y la belleza

En medio de una Europa confundida, la reeducación en la historia del cristianismo y la asimilación de la belleza de raigambre católica pueden ser cauces para alguna solución.

Rodrigo Cárdenas·15 de marzo de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
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Foto: Olivier Cole / Unsplash

Desde hace décadas Europa ha decidido romper con sus raíces fundamentales para introducir una revolución cultural que se traduce en un secularismo hostil y en un nihilismo emotivo que goza del consentimiento activo o pasivo de las personas. Todo ello manifestado en políticas abortistas y eutanásicas, el envejecimiento de la población y el individualismo materialista alejado de la trascendencia.

Las alternativas ante este drama son limitadas y para muchos casi no hay espacio para actuar. Sin embargo, en medio de una Europa confundida, la reeducación en la historia del cristianismo y la asimilación de la belleza de raigambre católica pueden constituir los cauces para alguna solución.

Europa, Cristianismo e Historia

El eminente historiador inglés, Christopher Dawson identificó acertadamente la relevancia de la espiritualidad en la dinámica de la historia. En sus obras Dawson comprende que Europa está conformada por pueblos muy disímiles, con reivindicaciones ancestrales, cuyo único elemento de cohesión durante siglos fue la preeminencia del cristianismo.

El vigor del influjo cristiano para la construcción y preservación de Europa es realmente significativo y es conveniente recordarlo de manera sucinta mediante algunos pocos apuntes:

  • la vena de humanidad de las poblaciones cristianas ante el procaz y violento derrumbamiento del imperio romano;
  • el aporte de la tradición monacal para preservar la cultura y desarrollar la tecnología ante el torrente de las invasiones bárbaras;
  • la creación de las universidades como fuente del conocimiento y de la argumentación racional;
  • la promoción del espíritu científico mediante iniciativas, como la insigne escuela catedralicia de Chartres en Francia cuyos aportes al entendimiento de la filosofía y del cosmos son invaluables
  • el arte y la arquitectura católica que probablemente sean las mayores expresiones de belleza de la historia de la humanidad;
  • la gran influencia de la escolástica en las primeras teorizaciones de la economía monetaria;
  • el reconocimiento de la Edad Media como una época de más de mil años que regaló maravillas arquitectónicas y artísticas, avances tecnológicos, profundidad filosófica, y santos de la talla de San Francisco de Asís o Santo Tomás de Aquino.

A partir de lo anterior resulta imperdonable que el aporte cristiano, y en particular el católico, haya sido tan descaradamente ignorado y la consecuencia de esta situación no es baladí: Europa está experimentando un violento rompimiento con su herencia cristiana que provoca la pérdida de su base moral y de su energía vital.

Los padres fundadores de la Unión Europea, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman enfatizaron la importancia del cristianismo como un elemento clave para la unidad europea y para contrarrestar el resurgimiento del nazismo o la potencialización del comunismo. Incluso Robert Schuman advirtió que una democracia separada del cristianismo terminaría inevitablemente en la anarquía o en la tiranía. En ese sentido, resultó sintomática la eliminación de cualquier referencia al cristianismo en la Constitución Europea.

Cualquier construcción que pretenda ser civilizada – como la Unión Europea – es funcional si está acompañada de una moral que le otorgue una garantía de sobrevivencia. En caso contrario cualquier institución está condenada al desmembramiento o a la desaparición. Para evitarlo, la historia es una excelente herramienta para salvaguardar a largo plazo la belleza de la herencia cristiana y para proteger los auténticos valores europeos.

El apostolado de la Belleza

El proceso reeducación debería también basarse en la evidencia física inmediata. Los europeos tienen el privilegio de estar rodeados de esplendorosas catedrales, iglesias, basílicas y obras de arte de evocación católica que exhalan una belleza que puede llegar a ser conmovedora y sobre todo, inspiradora.

Los europeos tienen el privilegio de estar rodeados de obras de arte de evocación católica que exhalan una belleza que puede llegar a ser inspiradora.

Rodrigo Cárdenas

Por más desprecio que una persona pueda sentir hacia la religión católica, no debería ser indiferente ante la magnificencia de la Catedral de Chartres o la basílica de la Sagrada Familia. Esas y otras edificaciones involucraron esfuerzos sobrehumanos y guardan asombrosas proporciones repletas de bellísimos simbolismos. Incluso, la perfección pictórica de los vitrales góticos tiene como propósito la iluminación del alma para representar el hecho que la adquisición de conocimientos era producto de la iluminación divina (San Agustín). Adicionalmente, sería extraño que una persona del siglo XXI no se enternezca ante el vívido sentimiento de la Santísima Virgen al tener a su hijo Jesucristo en brazos luego de la crucifixión tal como está representado en la magnífica “Pietá” de Miguel Angel.

La vía de la belleza – la “Vía Pulchritudinis” – constituye un poderoso sendero para encauzar a las personas hacia las maravillas de la fe. Joseph Ratzinger en “El Sentimiento de las Cosas, la contemplación de la Belleza” sostiene que la belleza es una eficaz herramienta de apostolado. No en vano, la religión católica tiene diversas expresiones adicionales de incalculable belleza que no se circunscriben únicamente a construcciones como son la liturgia y, especialmente, la liturgia eucarística.

La liturgia católica es una expresión de la gloria de Dios y un atisbo del cielo en la tierra. Por lo tanto, su belleza no es una mera decoración; es un elemento constitutivo que se manifiesta por medio de gestos y objetos que la naturaleza humana requiere como apoyos para poder elevarse hacia las realidades divinas. Ante las frecuentes críticas referentes al supuesto derroche en liturgias, arte o arquitectura, San Juan Pablo II recordaba siempre la unción de Betania en que la mujer derrama sobre la cabeza de Jesucristo un perfume precioso que provoca el airado reclamo de los discípulos. Sin embargo, Jesucristo aprecia el gesto como una anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte. En todo caso, la belleza absoluta recae en la figura irrepetible de Jesucristo. El cristianismo se centra en una verdad que no deja de sorprender: Dios, el creador del universo, aquel que sobrepasa lo inimaginable, se hizo hombre y tomó nuestra naturaleza ínfima y frágil.

Por ello, como sociedad, Europa tiene, en esta via, el camino de encuentro hacia su propia identidad y, especialmente, su supervivencia, porque como aseveró Franz Kafka: “Quien mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece jamás”.

El autor

Rodrigo Cárdenas

Abogado. Máster en Derecho Empresarial de la Universidad de Ginebra (Suiza). Doctorando en Ética, Derecho y Negocios en la Universidad de Navarra.

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