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El arte de morir bien: con humor, rodeado de amor

Lucas Buch te recomienda la lectura de La imperfección, de Carlos Lagarriga.

Lucas Buch·27 de febrero de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
la muerte

Ficha del libro

Título:: La imperfección
Autor:: Carlos Lagarriga
Editorial:: La isla de Siltolá
Páginas:: 104

No es fácil escribir sobre la muerte. De hecho, aunque como tema no ha perdido actualidad (ni parece que la vaya a perder), el interés por ella ha conocido épocas mejores. Hubo un tiempo en que los sabios entendían que no había arte más alto que el de bien morir. Un tiempo en que los hombres se preparaban concienzudamente para afrontar ese trance final. Un tiempo en que se rezaba a Dios que nos liberase de la muerte súbita, que nos permitiera prepararnos… Ese tiempo ya pasó: ni está ni, por lo que parece, se le espera. 

Tampoco es fácil leer sobre la muerte. Unas veces nos parece que el autor pretende saber demasiado, y se expresa con excesiva seguridad y contundencia (a fin de cuentas, pensamos, ¿qué sabrá él de la muerte, si sigue vivo?). Otras veces nos parece que sabe demasiado poco y, para decir lo que dice, quizá hubiera sido mejor callar… 

Este librito de Carlos Lagarriga resulta, pues, tan inactual como interesante. Recoge 60 poemas en los que, de distintos modos, se acerca a la parca y la desafía con una mirada entre descreída, esperanzada y llena de pillería. Digamos algunas cosas como presentación. El libro contiene 60 poemas, aunque según los numerales llega solo a 58. Su autor es hijo de Carlos Pujol. Quizá por evitar la confusión optó por omitir su primer apellido y quedarse con el de su madre. 

Carlos Lagarriga trabajó en el mundo de la edición, y comparte con su padre una mirada lúcida, madurada de la mano de la gran tradición sapiencial europea. Esa que mira a la realidad con cierta condescendencia y siempre con humor. Esa que no por ilustrada ha dejado de creer. Por eso puede mirar cara a cara a la muerte, y prepararse para su abrazo. Si el poemario apareció en 2018, su autor falleció en 2020, después de una larga lucha contra la enfermedad. Así pues, sus poemas no son un ejercicio retórico, sino un ejemplo actual y lúcido del ars bene moriendi que recorre la historia de occidente. 

Algunas de las reflexiones poéticas tienen un punto de humor (bastante negro, por cierto, pero no tétrico):

“Por la misma razón  / que al moribundo nunca se le dice / que se está muriendo, / no sé por qué tampoco se le deja / probar su próximo acomodo / con la misma exigencia / que cuando cambia de piso / y comprueba que las ventanas cierran / y hace falta una mano de pintura” (p. 21).

No es una expresión de cinismo, sino de lucidez. Y por eso concluye:

“De todos los posibles domicilios, / El de este mundo es el menos fijo” (p. 22).

Unas veces, el pensamiento va al significado de la muerte: al que tiene realmente y al que se le da en nuestro mundo: 

“Sin la esperanza irrefutable / de la Cruz, / convertimos el entierro / en un incómodo ajetreo / de mudanza o transición, / en una simple contingencia, / como el ruido de quien arrastra un mueble / para cambiarlo sólo de lugar” (p. 50).

Otras veces se asoma al abismo de la muerte, como por ejemplo en el poema que le dedica en la figura del mar interminable. Quizá no haya respuesta a la pregunta por el más allá. El poeta apunta sencillamente que, ante lo inmenso, nadie puede acompañarnos más que quienes nos han querido y han vivido antes (y más) que nosotros:

“Por eso al mar, / como a la muerte, / se va con las abuelas / y no con los poetas” (p. 53).

O se asoma a ese mismo abismo, en el momento en que quiere dedicar a sus amigos queridos su mejor sonrisa. Esa que en el velatorio le estará prohibida, quizá por fuera de lugar (p. 60-61).

Insisto, el autor no tiene respuestas para todo. Conoce las grandes reflexiones de pensadores y poetas sobre el tiempo y su ilusión… conoce el pesimismo ilustrado… y sin embargo apuesta por el humorismo creyente:

“En la mecánica celeste / una rueda mueve otra rueda / la de arriba a la de abajo / y la de abajo a la de arriba, / otra cosa es que sepamos / para qué. / En la mecánica terrena / las criaturas nacen, / crecen, aprenden inglés / y luego mueren, / y tampoco sabemos por qué. / Ajos y zafiro en el barro” (p. 70).

Sin embargo, su poemario está empapado de una fe tan ilustrada como sencilla:

“Cuando leas esto / espero haberme ido convencido / en mi nuevo recipiente / remachado de clavos y astillas / con nostalgia de cruz / y sin dudar un solo instante / del amor / en el momento justo de empezar / a parecerme / a Él” (p. 45).

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