Cultura

La Vera Cruz y el significado y sentido de las reliquias de Jesucristo

Las reliquias de los santos constituyen una fuente de piedad para todos los cristianos, siendo objeto de veneración, al tratarse de restos de aquellos que ya gozan de la gloria eterna. En el caso de las reliquias de Nuestro Señor, éstas cobran un sentido incalculable.

Alejandro Vázquez-Dodero·8 de marzo de 2021·Tiempo de lectura: 10 minutos
reliquias jesucristo
Foto: Angélica Mendoza/Cathopic

Todo ser humano deja tras de sí un legado de su existencia, por lo que fue, por lo que hizo, por lo que usó –las denominadas “reliquias por contacto”–. Eso también le ocurrió al Hijo de Dios, que fue verdadero hombre: se desenvolvió como uno más entre nosotros durante varios años aquí en la Tierra, y nos dejó ese legado al que nos referimos.

Hay evidencia que confirma la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Cosa distinta son esos objetos de los que hizo uso y que han podido llegar hasta nuestros días, cuya autenticidad en la gran mayoría de los casos no puede certificarse sino por la tradición que acompaña a la piedad.

Narraciones que cobran vida

Ciertamente los Apóstoles y primeros discípulos reconocieron a Jesús como redentor, enviado por el Padre, y cabe pensar que lo que usó lo tratarían con gran devoción y reverencia. Las primeras comunidades cristianas procurarían guardar un buen recuerdo del Maestro, tanto por lo que hizo y dijo como por lo que usó. Exactamente eso que nos sucede con nuestros antecesores, pero en este caso se trata del mismo Dios encarnado.

Los objetos usados por Cristo resultarían de gran valor didáctico, al reforzar con gran eficacia las enseñanzas de su doctrina que fue transmitiéndose de generación en generación. Dicho de otro modo: la narración de los hechos y enseñanzas del Redentor cobrarían vida.

Pero el hecho de contar con reliquias de nuestro Redentor va mucho más allá de ese valor didáctico. Nos referimos a la piedad, a la que las reliquias ayudan enormemente.

Las reliquias

La religiosidad popular cuenta con varias fuentes de inspiración para encontrarse a sí misma. Una de ellas, y de no poca relevancia, son las reliquias de los santos y, de modo particular, las reliquias de Nuestro Señor Jesucristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica dedica su punto 1674 a la religiosidad popular, y señala que “El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias (…)”, citando como fuentes el concilio de Nicea II y el de Trento.

Ciertamente cualquiera puede inspirarse en una reliquia para llegar a Dios. En el caso de las reliquias de Jesús se trata del mismo Dios, y por ello adquieren una relevancia muy particular.

Resulta muy gráfico, y nos ayuda a comprender el valor de lo que usó Jesús, el pasaje de la mujer aquejada de una grave enfermedad pero que pensó que con tocar la ropa del Mesías quedaría curada. Cuenta el evangelista que Jesús la curó, premió su fe demostrada por el hecho de que pensara que tocando la ropa del mismo Dios hecho hombre quedaría curada. 

Este suceso evangélico y otros similares, así como la consideración de la grandeza del hecho de que Dios se hiciera uno de nosotros, llevaría a tener por santos esos objetos usados por Jesús, a darles un carácter de “mediadores” entre la santidad divina y las necesidades de las almas en este mundo.

¿Qué son las reliquias en la Iglesia Católica?

Son los restos de los santos –y de Nuestro Señor Jesucristo– después de su muerte. En un sentido más amplio, constituyen el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido. Las reliquias también comprenden los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido a Jesús o al santo, o haber estado en contacto con ellos, considerados dignos de veneración.

Desde principios del cristianismo encontramos muestras de veneración a las reliquias: los objetos relacionados con la vida de nuestro Salvador y de los que habrían muerto por la fe como consecuencia de las persecuciones comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima. 

De otro lado, el culto a las reliquias ha sido siempre un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural. Por el atractivo que han suscitado durante tantas y tantas generaciones. Los lugares donde se han conservado reliquias han adquirido una especial relevancia para el turismo religioso y la piedad popular.

Las iglesias con reliquias de la Vera Cruz –la cruz en la que murió Jesús– adquirieron renombre con el paso del tiempo. Los peregrinos acudían a esos templos para rezar ante las reliquias y lucrar indulgencias para sus almas. En un principio acudían a Tierra Santa, pero posteriormente, al irse dispersando las reliquias por el mundo entero, surgió toda una red de caminos de peregrinación. Dicho sea de paso, gracias a esas peregrinaciones Europa iría convirtiéndose en una comunidad de creyentes.

El culto a las reliquias

Desde los inicios del cristianismo el cuerpo ha sido venerado, tanto por el hecho de proceder a su enterramiento, con esa componente de respeto hacia lo creado por Dios para albergar el alma, como por el hecho de contar la historia con casos de cuerpos milagrosamente incorruptos de ciertos santos que han llevado a venerarlos como algo sagrado.

En el caso de Nuestro Señor podemos referirnos a su santa sangre, que, según veremos en otro artículo, se conserva como reliquia y suscita gran interés y devoción.

Igualmente, como decíamos, aquello que usaron quienes serían proclamados santos, y por supuesto lo que usó Nuestro Señor, despertaría la admiración y piedad en los creyentes.

Durante el período de persecuciones en el nacimiento de la Iglesia, el culto a las reliquias estaba totalmente arraigado. Muchos hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaban a pagar ingentes cantidades de dinero por el cuerpo de un mártir o por sus utensilios.

Y, como tantas veces sucede en la historia de la humanidad, surgieron disputas e incluso altercados entre ciudades con motivo de la detentación de reliquias. 

Las reliquias y la liturgia

Poco a poco fue ligándose la reliquia al sacrificio eucarístico, hasta el punto de que en los primeros tiempos del cristianismo se celebraba la santa Misa sobre los restos de los mártires santos que habían derramado su sangre por el Reino de los cielos. De hecho, las primeras basílicas construidas después de las primeras persecuciones fueron erigidas encima de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en templos construidos ad hoc para ello. 

Se llegaron a depositar los cuerpos de los santos a modo de reliquia en las puertas de las iglesias: los fieles los besaban antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.

Hubo un momento en que comenzó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos y cuanto usaron para repartirlo entre las diversas comunidades cristianas. Muchos sostenían que, por pequeño que fuera el fragmento, mantenía su virtud y sus facultades milagrosas. En el caso de Nuestro Señor, como veremos, también sucedería con la cruz sobre la que murió, con su sangre y demás reliquias.

La Vera Cruz: descubrimiento y avatares varios

La Vera Cruz (“verdadera cruz”) es aquella en la que, según la tradición, fue crucificado Jesucristo.

En el siglo IV el emperador Constantito envió desde Roma a Jerusalén a su madre, la emperatriz Helena de Constantinopla –santa Helena– a demoler el templo de Venus que se encontraba en el monte calvario, e hizo excavar allí hasta que se halló la que creyeron ser la Vera Cruz. Consta documentado por historiadores de los siglos IV y V. 

Cuenta la tradición que la santa sometió a interrogatorio a los judíos más sabios del país para verificar la autenticidad de la cruz de Jesús, tras lo que fue examinado el terreno del Gólgota, donde fue crucificado Nuestro Señor. Jerusalén fue totalmente destruida en el año 70 d.C. por Tito, templo incluido, y por ello se pensó que la Santa Cruz podría encontrarse bajo tierra.

Fueron halladas tres cruces: la de Jesús y la de los dos ladrones. Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesús, la leyenda cuenta que Helena hizo traer un hombre enfermo, el cual al entrar en contacto con la cruz de Gestas empeoró en su salud, y al ser tocado con la cruz de Dimas quedó como había estado al principio; pero cuando fue tocado por la de Jesús, se restableció por completo. El día de la Invención de la Santa Cruz se celebra tal hallazgo, el 3 de mayo.

El título del crimen

Aunque hay quien sostiene que lo relevante para identificar la cruz de Jesús sería el título (“titulus”) del crimen del ajusticiado que se colocaba sobre su cabeza, una vez crucificado. En el caso de Nuestro Señor, “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, según refiere San Juan en su Evangelio.

La santa dividió la Santa Cruz, y la mitad se la llevó consigo de regreso a Roma.

Hoy contamos con la Basílica del Santo Sepulcro, mandada construir por la emperatriz en el lugar del hallazgo de la cruz, y allí fue custodiada la reliquia. Años más tarde, en el siglo VII, con motivo de la conquista persa de Jerusalén, la Vera Cruz fue ultrajada y deslocalizada. Pero al poco fue recuperada y regresó a Jerusalén, y cuenta la leyenda que en la procesión de entrada en la ciudad el emperador quiso cargar la cruz, y al no poder tuvo que despojarse de las galas que vestía; entonces, como Cristo sin más adorno que su ser, sí pudo cargarla e introducirla en Jerusalén. Por eso se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. 

Pero por varias veces más, como es sabido, Jerusalén fue ocupada y saqueada, y también las reliquias de la Vera Cruz sufrieron tal ocupación y saqueo. A las puertas del siglo XII, reconquistada Jerusalén por los cruzados y edificada de nuevo la iglesia del Santo Sepulcro, la ciudad santa volvió a contar con las santas reliquias.

En definitiva, las partes de la Vera Cruz que se conservaban en Roma sufrieron varios avatares, como el título, que fue escondido en diversos lugares del templo, incluso en el muro, descubierto en otras muchas, y emparedado nuevamente. A fecha de hoy solo se conserva la mitad derecha del “titulus”, en la iglesia de la Santa Cruz.

Varios testimonios sobre la Vera Cruz y la prueba paleográfica

Contamos con varios testimonios directos acerca de encuentros con la Vera Cruz, como el de la visita de Egeria la española en 383 d.C. al Santo Sepulcro. O el de Sócrates Escolástico en el siglo V, que describió la reliquia como “una tabla con diferentes símbolos escritos por Pilato, diciendo que Cristo, Rey de los judíos, ha sido crucificado”. También Somozeno de Gaza conoció a algunos de los trabajadores que descubrieron las cruces en el Gógota, y testimonia acerca del títulus escrito en hebreo, latín y griego.

De todos modos, esos datos no parecen conclusivos para determinar la autenticidad de la reliquia. Hay una prueba que no ha podido realizarse por la pequeñez de las muestras de la reliquia: el análisis dentrológico de la madera. 

Sin embargo, sí pudo realizarse la prueba paleográfica a fin de examinar la escritura y determinar el tiempo y lugar del escrito con base en la caligrafía. En cuanto al “titulus” coincide con la praxis de la época el hecho de que se abrevie el nombre de Jesús en los tres idiomas en que consta: hebreo, griego y latín. En cuanto al modo de escribir, judío, coincide con el uso del siglo I d.C. de las letras inclinadas con largas colas. Paleógrafos especialistas judíos concluyen que las letras del “titulus” son típicas del siglo I.

También contamos con estudios que aseguran que el “titulus” con el que contamos no pudo ser una copia o falsificación, tanto porque el nombre de Jesús consta abreviado, al uso de la época, como por el orden en que constan las lenguas que comprende: hebrero, griego y latín –si se hubiera falsificado cabe imaginar que constaría según el orden del Evangelio de san Juan, hebreo, latín y griego–.

Reliquias de la Vera Cruz a fecha de hoy

Consta documentada la dispersión de las reliquias por diversas iglesias de diversos países, a partir de la división que hizo santa Helena de lo hallado de la Vera Cruz. Cada parroquia quería contar con un testimonio del padecimiento de Cristo en la Cruz.

Padres de la Iglesia, como san Gregorio de Nisa o san Juan Crisóstomo, escribieron que algunos cristianos llevaban al cuello, en relicarios de oro, fragmentos de la Cruz.

Contamos con fragmentos de la Vera Cruz en muchas iglesias en todo el mundo, sin perjuicio de la falta de verificación de su autenticidad en muchos de esos casos, por desconocer si se corresponden con la hallada por santa Helena o en todo caso con aquella en la que murió Jesucristo. 

Las reliquias se solían dividir, por muy diversos motivos, considerando siempre que cada fragmento conservaba las virtudes de la reliquia original. A título de ejemplo baste citar la documentada partición del patriarca Sofronio I en el 638 de la reliquia en 19 partes, dispersándolas por varias ciudades para evitar que los musulmanes la destruyeran. 

O la toma de Constantinopla, capital bizantina, a principios del siglo XIII, por parte de las cruzadas, que, requisando docenas de reliquias, fueron llevadas a varias ciudades europeas. Entre esas ciudades destacó Venecia, a donde fueron varias muestras de nuestra reliquia –de hecho, a fecha de hoy, la basílica de San Marcos alberga una de las mayores piezas de la Vera Cruz–. O la dispersión de pequeñas astillas de la reliquia con motivo de las entregas que durante siglos hicieron varios Pontífices a diversas personas y comunidades.

La autenticidad de las reliquias

Históricamente ha habido muchas falsificaciones y reproducciones de las reliquias de Vera Cruz, hasta el punto de que la Iglesia impuso estrictas reglas para determinar su autenticidad y evitar en lo posible su tráfico y falsificación. El Concilio IV de Letrán en 1215 prohibió el traslado de las reliquias, disponiendo la prohibición de comprarlas o venderlas bajo pena de excomunión.

De otro lado, se ha especulado acerca del volumen de la cruz de Cristo que pudo conservarse, y contamos con el estudio de 1870 de Charles Rohault de Fleury, quien llegó a la conclusión de que la suma de todas las reliquias existentes alcanzan a un tercio de una cruz de tres metros de altura.

En cuanto a la veracidad de las reliquias de la Vera Cruz se ha llegado a la conclusión que al menos las procedentes de Roma, Constantinopla o Jerusalén son genuinas.

Otros fragmentos

Otros fragmentos igualmente considerados auténticos por muchos se encuentran en el monasterio de Santo Toribio de Liébana en Cantabria –en el siglo V Toribio, a cuyo cargo tenía encomendada la custodia de la Vera Cruz, nombrado obispo de Astorga volvió de Jerusalén a España, llevándose parte de la reliquia–; y en Caravaca de la CruzEspaña

Según un análisis realizado en 1958, el trozo de leño conservado en el monasterio de Santo Toribio de Liébana corresponde a la especie Cupressus sempervirens, y no se excluyó la posibilidad de que dicha madera pueda alcanzar una edad superior al periodo de tiempo correspondiente a la era común. El mismo estudio especificó que Palestina se sitúa dentro del área geográfica de Cupressus sempervirens

En Caspe, Zaragoza –España–, existe otro fragmento de la Vera Cruz, de los mayores del mundo, además de los de París y Santo Toribio de Liébana.

En Santa Cruz de Tenerife –Canarias, España–, en la iglesia Matriz de la Concepción se conserva la cruz fundacional de la capital canaria, considerada una reliquia de la Vera Cruz en sí. Se guarda en una urna de cristal con forma de cruz. Dicha cruz posee el patronazgo de la ciudad compartido con Santiago el Mayor. La Santa Cruz es también patrona de la localidad del Puerto de La Cruz, situada también en Tenerife.

Una de las reliquias más grandes de la cruz de Cristo se encuentra en la Abadía de Heiligenkreuz –Austria–.

También es muy relevante una imagen de Jesucristo crucificado, denominado “Santo Cristo de la Veracruz”, obra del jienense Juan Martínez Montañés de principios del siglo XVII, que se encuentra en la iglesia de San Francisco en Popayán. Parece que en el interior de la cruz de esta imagen se encuentra una astilla de la Vera Cruz, adquirida por el conquistador Sebastián de Belalcázar en España. 

Reliquias de la Vera Cruz en el resto del mundo

En todos estos otros países contamos con reliquias de la Vera Cruz –pequeñas astillas históricamente conservadas–: 

Veneración de la Vera Cruz

El Viernes Santo, en memoria de la Pasión de Nuestro Señor, se venera la Vera Cruz en la Iglesia Católica, parte de la Ortodoxa y la Anglicana. 

También como muestra de especial aprecio y veneración al venerar la Vera Cruz se hace genuflexión –como ante el Santísimo Sacramento–, y también se suele besar.

Además, en caso de procesión con reliquias de la Vera Cruz, éstas son llevadas bajo palio, como se hace con el Santísimo Sacramento.

De otro lado, en algunas celebraciones litúrgicas se hace uso de las reliquias y, si la iglesia en cuestión dispone de relicario para la Vera Cruz, se usa para la bendición del os fieles asistentes. 

Es llamativo cómo los cristianos trataron desde un principio los fragmentos de la Vera Cruz, con cuánta reverencia, y cómo hicieron costosos relicarios que han llegado hasta nuestros días. Auténticas obras de orfebrería.

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