Cultura

Hildegarda de Bingen: La desconocida doctora de la Iglesia

La inscripción de Hildegarda de Bingen en el Calendario Romano General vuelve a traer al primer plano la vida y obra de esta santa medieval que abogaba por una renovación de la comunidad eclesial a través de un sincero espíritu de penitencia 

Maria José Atienza·2 de febrero de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
hildegarda bingen

El Santo Padre ha decretado, esta mañana, inscribir en el Calendario Romano General con el grado de memoria ad libitum a Santa Hildegarda de Bingen, junto a san Gregorio de Narek y San Juan de Ávila.

¿Quién es esta santa, que Benedicto XVI elevó a doctora de la Iglesia?

Hildegarda forma parte del reducido número, cuatro, de mujeres doctoras de la Iglesia. Junto a ella, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila y Santa Teresita del Niño Jesús conforman la presencia femenina de entre los proclamados, hasta el momento, como doctores y doctoras de la Iglesia.

Aunque de presencia reducida, como señalaba Jaime López Peñalba en su artículo “Doctoras de la Iglesia. Las madres que Dios nos ha dado”, publicado en el número impreso de nuestra revista del pasado noviembre, “La historia de la Iglesia es incomprensible sin estas figuras femeninas, las celebradas y las anónimas, que marcan y sostienen la vida de familias, comunidades, carismas y misiones”.

Vida de Hildegarda de Bingen

En ese mismo número, López-Peñalba recuerda la figura de la que denomina “sibila del Rin”.

Hildegarda nació en 1098 en el Palatinado alemán, la hija menor de una familia noble, y como tal fue educada entre los benedictinos de Disibodenberg. Cuando la abadesa de la comunidad femenina falleció, Hildegarda, su discípula predilecta, fue elegida para sustituirla, de manera unánime, a pesar de su juventud de 38 años, lo que demuestra sus talentos, evidentes ya para todos. Su personalidad impulsó la vida del monasterio, y sobre todo, su libertad. Por eso, en 1148 la comunidad fundó el nuevo cenobio de San Ruperto en Bingen, buscando autonomía para profundizar en la reforma promovida por Hildegarda.

La fama de nuestra monja se divulgaba por la Iglesia europea, espoleada por el apoyo decisivo de Bernardo de Claraval y del Papa reinante Eugenio III. Por carta, en entrevistas cara a cara, en viajes de predicación, su palabra llegaba a monjes, a nobles, al emperador, al Papa legítimo y a los antipapas cismáticos. En plena Baja Edad Media, esta mujer levantaba la voz pidiendo reforma, conversión y santidad a la Cristiandad… ¡y era escuchada!

Hildegarda había vivido desde niña experiencias místicas. A los 41 años, las visiones proféticas se hacen más fuertes  y las acompaña una moción para ponerlas por escrito. Hildegarda, sometiéndose al discernimiento de Bernardo y de Roma, escribe su obra principal: Scivias (Conoce los caminos), concluida una década después, en 1151. Aquí encontramos su mística personal, abundando en la simbología nupcial, como es frecuente en las espirituales femeninas, con descripciones alegóricas de sus visiones –enriquecidas con las miniaturas típicas de los scriptorium medievales– que nos recuerdan en mucho sentido a las profecías del Antiguo Testamento, y con una inteligencia carismática de la Escritura y la historia de la salvación que demuestra su altura espiritual. En 1163, publicará el Libro de los méritos de la vida, una obra de teología moral y discernimiento, centrada en el hombre como imagen de Dios, donde muestra una antropología y una psicología espiritual finísima. La última obra es el Libro de las obras divinas, de 1173, un tratado de la creación. Enferma, su mala salud de siempre comienza a deteriorarse, y fallece finalmente en 1179.

Se dice que Benedicto XVI quiso nombrarla doctora de la Iglesia para rescatar la figura espiritual de santa Hildegarda del olvido de un culto demasiado regional y del abuso que algunos movimientos pseudoreligiosos como la New Age empezaban a hacer de sus obras. Porque Hildegarda cultivó todos los saberes de la época: una Física sobre ciencias naturales, el tratado médico Causas y curas a partir de conocimientos de biología y botánica, una colección de cantos litúrgicos denominada Sinfonía armónica de los objetos celestes que hoy los musicólogos estudian con interés. En este sentido, Hildegarda encarnó perfectamente el ideal benedictino de buscar al Dios eterno que no pasa (quaerere Deum), y descubrir en el proceso al hombre y al mundo, y aprender una sabiduría católica que abrace todo, el cielo y la tierra. 

Benedicto XVI e Hildegarda de Bingen

El Papa emérito dedicó dos audiencias a la figura de Hildegarda de Bingen, el 1 y el 8 de septiembre de 2010. En ellas destacó que esta santa medieval “nos habla con gran actualidad, con su valiente capacidad de discernir los signos de los tiempos, con su amor por la creación, su medicina, su poesía, su música —que hoy se reconstruye—, su amor a Cristo y a su Iglesia, que sufría también en aquel tiempo, herida también en aquel tiempo por los pecados de los sacerdotes y de los laicos, y mucho más amada como cuerpo de Cristo”. 

También destacó de ella Benedicto XVI que, Hildegarda, con sus escritos sobre sus visiones, es un ejemplo de cómo “la teología puede recibir una contribución peculiar de las mujeres, porque son capaces de hablar de Dios y de los misterios de la fe con su peculiar inteligencia y sensibilidad”.

Su festividad, ahora incluida en el Calendario Romano General se celebra el 17 de septiembre.

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