Cultura

Hilary Putnam (1926-2016): un filósofo americano

Hilary Putnam ha sido uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Su pensamiento ha evolucionado desde el cientismo más estricto del Círculo de Viena hasta un pragmatismo abierto en el que hay un amplio espacio para el conocimiento no científico, las humanidades, la ética, la estética y la religión.

Jaime Nubiola·31 de agosto de 2016·Tiempo de lectura: 4 minutos
hilary putnam y jaime nubiola

El pasado 13 de marzo fallecía en su casa en Arlington, cerca de Boston, a los 89 años de edad, el filósofo norteamericano Hilary Putnam. Como escribía Martha Nussbaum en un emocionante obituario en el Huffington Post, “los Estados Unidos han perdido a uno de los más grandes filósofos que esta nación ha producido. Los que tuvieron la suerte de conocerle como estudiantes, compañeros y amigos recuerdan su vida con profunda gratitud y amor, ya que Hilary no solo era un gran filósofo, sino sobre todo un ser humano de una extraordinaria generosidad”. Putnam ha sido un gigante de la filosofía americana, que ha enseñado a generaciones de estudiantes en Harvard y que a través de sus numerosas publicaciones ha invitado a pensar a muchísima gente. Un rasgo muy llamativo de su personalidad era su amable cordialidad y una extraordinaria humildad intelectual que rechazaba de plano todo culto a la personalidad. En mi caso, mi deuda para con él es enorme tanto en lo personal como en lo intelectual, y con estas líneas quiero tributar un emocionado homenaje a quien ha sido mi “maestro americano” a lo largo de los últimos 25 años.

Nacido en Chicago en 1926, estudió matemáticas y filosofía en Pensilvania. Obtuvo el doctorado en 1951 en la Universidad de California, Los Ángeles, con una tesis sobre la justificación de la inducción y el significado de la probabilidad. Estos eran temas centrales del trabajo de su director de tesis Hans Reichenbach, miembro destacado del Círculo de Viena y emigrado a los Estados Unidos a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Entre los alumnos de Reichenbach se encontraba Ruth Anna, filósofa también, con la que Hilary Putnam se casaría en 1962. En 1965 Putnam se incorporó al prestigioso Departamento de Filosofía de la Universidad de Harvard, donde ocupó hasta su jubilación en mayo del año 2000 la cátedra Walter Beverly Pearson de Matemática Moderna y Lógica Matemática. Antes de incorporarse a Harvard había enseñado en Northwestern, Princeton y en el MIT.

Pensador de vanguardia

Sin duda alguna, puede afirmarse con rotundidad que Putnam fue un pensador de vanguardia. Como escribió Stegmüller, puede decirse de él que en su evolución intelectual ha compendiado la mayor parte de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX.

Su producción filosófica se centró durante décadas en los grandes temas de la discusión contemporánea en filosofía de la ciencia y filosofía del lenguaje. Sus artículos están escritos con un rigor extraordinario, en conversación –mejor dicho, en discusión– con Rudolf Carnap, Willard Quine y sus colegas de la filosofía académica angloamericana. Además de la calidad de su escritura, impresiona la delicada discriminación a la que somete los problemas más dificultosos para ganar en su comprensión. Con su manera de trabajar, Putnam enseña que la filosofía es difícil, es decir, que la reflexión filosófica –tal como sucede en las demás áreas del saber cuando se llega a las cuestiones más básicas– tiene una complejidad técnica considerable. Por supuesto Putnam sabía que muchos de los problemas filosóficos son a fin de cuentas irresolubles, pero gustaba repetir con palabras de su amigo Stanley Cavell: “Hay maneras mejores y peores de pensar acerca de ellos”.

De entre su amplísima producción filosófica me gusta destacar su libro Renewing Philosophy, en el que reúne las Gifford Lectures impartidas en la University of St Andrews en 1990, quizá porque en el verano de 1992 estaba yo en Harvard con él y me dejó leer las galeradas. Como el título sugiere, esas páginas están escritas con la convicción de que la penosa situación de la filosofía en la actualidad reclama una revitalización, una renovación temática. Putnam concebía aquel libro como un diagnóstico de la situación de la filosofía y sugería las direcciones que podría tomar esa renovación. Putnam no escribía un manifiesto, sino que mostraba un estilo de hacer filosofía, de aunar el rigor y la relevancia humana, que son las propiedades que se han considerado como distintivas de dos modos radicalmente opuestos de hacer filosofía, la filosofía analítica angloamericana y la filosofía europea.

Hilary Putnam nunca se dejó llevar por los vientos de las modas intelectuales y –lo que no es frecuente entre los filósofos– ha rectificado una y otra vez sus opiniones conforme ha ido afinando en su comprensión de los problemas que abordaba. Eso ha llevado a algunos a acusarle de volubilidad filosófica, pero me parece a mí que la capacidad de rectificar es realmente la marca distintiva del amor a la verdad. “Antes pensaba esto…, en cambio ahora pienso esto otro”. Tal como hacemos todos en nuestra vida ordinaria que cambiamos de parecer cuando recibimos nuevos datos y comprendemos mejores razones, ¿por qué iba a ser distinto al hacer filosofía?

En este sentido, merece la pena transcribir lo que escribía en el prólogo de su reciente Philosophy in an Age of Science (2012): “Hace mucho abandoné las (diferentes) versiones del empirismo lógico de Carnap y de Reichenbach, pero continúo sacando inspiración de la convicción de Reichenbach de que el examen filosófico de la mejor ciencia contemporánea y pasada es de gran importancia filosófica, y del ejemplo de Carnap en su continuo re-examen y crítica de sus propias opiniones anteriores, así como del compromiso político y moral tanto de Carnap como de Reichenbach”.

Sin embargo, lo que quizás algunos no le han perdonado ha sido su conversión a la religión de sus abuelos, el judaísmo. En las últimas décadas de su vida comenzó a dedicar veinte minutos al día a las plegarias judías tradicionales y poco a poco la reflexión sobre ética y religión fue apareciendo cada vez con más frecuencia en sus textos: “Como judío practicante” –explicaba en Cómo renovar la filosofía–, “soy alguien para quien la dimensión religiosa de la vida es cada vez más importante, aunque sea una dimensión sobre la que no sé cómo filosofar, excepto indirectamente. Cuando empecé a enseñar filosofía, a principios de los años 50, me consideraba un filósofo de la ciencia (aunque en una interpretación generosa de la expresión ‘filosofía de la ciencia’ incluía la filosofía del lenguaje y la filosofía de lo mental). Quienes conozcan mis escritos de aquella etapa pueden preguntarse cómo conciliaba mi vena religiosa, que incluso entonces estaba en cierta medida detrás, con mi concepción general del mundo materialista-científica en aquel tiempo. La respuesta es que no las reconciliaba: era un concienzudo ateo y era un creyente; simplemente mantenía separadas esas dos partes de mí mismo”.

Esta “doble vida”, estas dos partes divididas de sí mismo, no le resultaba satisfactoria en su última etapa: “Soy una persona religiosa y a la vez un filósofo naturalista, pero no un reduccionista”, escribió a este respecto en su recentísima autobiografía con la que se abre el grueso volumen dedicado a él en la Library of Living Philosophers. Recuerdo ahora que Putnam me llamaba a veces “el pragmatista católico”: gracias a él había yo descubierto la filosofía pragmatista y el pensamiento de Charles S. Peirce al que me he dedicado desde 1992. Rezo ahora por su eterno descanso y confío en algún día poder proseguir las amables conversaciones con este gigante de la filosofía que no tuvo miedo en reconocer abiertamente su religiosidad en un mundo académico paganizado.

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