Cultura

Flannery O’Connor (1925-1964) Una escritora inquietante para el lector de hoy

La literatura no es solo entretenimiento. Para la escritora católica norteamericana Flannery O’Connor es un medio para remover a los lectores y hacerles pensar. O’Connor lo hace muchas veces con personajes grotescos y situaciones violentas, no es “políticamente correcta” y con ello invita a reflexionar sobre el sentido de la vida.

María Teresa Kamel y Jaime Nubiola·20 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
La Granja Andalusia, en Georgia, donde O´Connor escribió sus mejores relatos.

Flannery O’Connor (1925-1964), escritora católica del sur de los Estados Unidos, es considerada como una de las autoras más importantes del siglo XX. Personalmente nunca conecté con sus relatos tremendistas. Sin embargo, me impresiona su capacidad de llegar hoy en día a nuevos lectores. Transcribo lo que me escribe Teresa Kamel desde Los Ángeles:

“Hace varios años, pasé la mañana de mi cumpleaños ahogada en agonía existencial. Acostada en la cama, lamenté silenciosamente los años que dejaba atrás, deseando una manera de regresar y recuperar la identidad de la niña de ayer. Temía a los años que me esperaban y al peso de sus exigencias y promesas inciertas. Tenía cinco años.

Me sentí acompañada cuando encontré durante mis años universitarios los escritos de Flannery O’Connor. En su obra vi cristalizado de manera palpable y profunda mi temor infantil al paso del tiempo. Para O’Connor, católica devota hasta su muerte, la conversión espiritual no es un proceso, sino una bofetada, y la hora de la verdad viene aunque una no esté lista. Sus personajes llegan a encontrarse no solo con su propia banalidad y pobreza interior, sino también con la oportunidad de aceptar hasta sus fallos más patéticos.

El tema de la realización espiritual deja una huella marcada en Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955). Se trata de uno de los relatos más conocidos de O’Connor. Comienza de una manera sencilla: una abuela va de viaje en coche de Georgia a Florida con su hijo Bailey, su nuera y sus tres nietos. La historia es cómica, burlándose de las preocupaciones superficiales de la abuela (cuando hablaba de esta historia, Flannery se referiría a ella como “la anciana tonta”). Sin embargo, la recepción del relato fue escandalosa por la abrupta violencia que sigue: un grupo de presos encuentra a la familia y los mata uno a uno. La abuela es la última en morir. Después de matarla, su asesino, el líder de los presos —conocido como “the Misfit” [el Desequilibrado]— dice a sus compañeros que “habría sido una buena mujer si hubiera tenido a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida”. No es sorprendente que esta frase concentrara el disgusto de críticos y lectores.

El final de este cuento también me causó cierta angustia cuando lo leí por primera vez. ¿Cómo una vida puede acabar de una manera tan abrupta, con tan poca compasión y sin preparación alguna? En realidad, O’Connor sabía la respuesta mejor que nadie. A los veinticinco años fue diagnosticada de lupus eritematoso, la misma enfermedad autoinmune que había matado a su padre en 1941. Aunque el pronóstico inicial era prometedor, los síntomas de su enfermedad comenzaron a causar efecto rápidamente, limitando su movilidad y sus fuerzas. Murió catorce años después. 

O’Connor sabía que su vocación era la escritura y su encuentro con una muerte inminente le dio un sentido de urgencia para completar su misión. Un hombre bueno es difícil de encontrar sugiere que la conciencia de su vocación no le deja lugar para la vanidad. Su protagonista manifiesta una preocupación por valores que no le ayudarán en sus últimos momentos. La abuela se prepara para el viaje con un sombrero que aseguraba que “en caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama”. Insiste en dar una vuelta para visitar una mansión que conocía de niña; miente a sus nietos para suscitar su interés al decirles que hay un panel secreto en la casa y Bailey se ve obligado a cambiar de ruta para calmar el alboroto que la abuela ha causado en sus nietos.

Aunque estos episodios no carecen de humor e ironía, sirven como motivo de su muerte. El desvío en el que tanto insiste les lleva a encontrarse con sus asesinos después de un accidente. El sombrero quedará roto y arrojado en el suelo, donde ella misma yacerá muerta. Que las intenciones de la abuela nunca fueran malévolas no tiene importancia: sus manipulaciones y prioridades desordenadas impiden que la familia llegue a su destino, llevándolos a la muerte. Sin embargo, el desarrollo espiritual de la protagonista no aparece hasta su diálogo con el Desequilibrado acerca del bien y el mal: “Si rezaras, Cristo te ayudaría”, llega a decirle. Después del asesinato de su familia, la abuela experimenta un cambio radical. Al ver al Desequilibrado con la camisa de su hijo, lo toca exclamando: “¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!”. Este retrocede “como si le hubiera mordido una serpiente” y le dispara a la abuela en el pecho. Es un final estremecedor, muy propio de Flannery O’Connor.

Aunque su prosa es elegante y poderosa, su contenido es violento, morboso e inquietante. La belleza es un medio que O’Connor utiliza para ir más allá de la vanidad y del pecado, para que, al encontrarse con uno mismo, pueda encontrarse también con Dios. La muerte de la abuela es, en toda su violencia, un acto de redención. Por primera vez en el cuento, la abuela acepta la oportunidad de amar a otro. Reconoce su identidad de madre, dispuesta a querer al hombre que tiene su vida en las manos. Para O’Connor es el momento de gracia al que estamos llamados. La vida, la obra y el tiempo llegan en el momento en que los aceptamos”.

Hasta aquí la poderosa descripción de Teresa Kamel acercándonos a Flannery O’Connor a partir de su relato Un hombre bueno es difícil de encontrar. La lectura de este y de sus demás relatos es muy recomendable para quienes deseen ser vapuleados en lo más íntimo. Aunque quizá no sea adecuada para personas más sensibles, O’Connor puede hacer reaccionar a algunos jóvenes de hoy.

El autor

María Teresa Kamel y Jaime Nubiola

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