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En estado de gracia

Manuel Casado recomienda la lectura del nuevo poemario de Carmelo Guillén, del que podría decirse que cada página “chorrea vida y vida canta”.

Manuel Casado Velarde·10 de enero de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
en estado de gracia
Foto: Clark Young / Unsplash

Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955) nos regala un nuevo libro de poemas. Tras su volumen recopilatorio Aprendiendo a querer. Poesía (revisada) completa 1977-2007 (2007) y sus posteriores entregas (La vida es lo secreto, de 2009, y Las redenciones, de 2017), En estado de gracia es un libro de celebración entusiasta de la plenitud humana merced a la Encarnación. Parodiando las palabras del soneto de Dámaso Alonso relativas a Lope de Vega, podría decirse que cada página de este poemario “chorrea vida y vida canta”. Amor y luz invaden y vivifican todo.

Si para Quevedo “todo lo cotidiano es mucho y feo”, la poesía de Guillén Acosta es un canto al “valor / que tiene cada cosa por frágil que resulte” (13), al carácter sagrado de la materia y lo prosaico, en lo que aspira a “sentir el chasquido de lo insignificante, / su cotidianidad”, “aquello que me impulsa a no ansiar / otra vida distinta a ésta en que ahora vivo” (16), porque en ella todo está “trabadamente hilado a nuestra hechura” (61). 

Libro

Título: En estado de gracia
Autor: Carmelo Guillén Acosta
Editorial: Renacimiento
Páginas: 72
Ciudad y año: Sevilla, 2021

Si no fuera tópico, y el autor no hubiera dado ya sobradas muestras para decirlo, habría que ponderar que estamos ante un libro de plena madurez, de dominio de recursos expresivos, siempre, claro, al servicio del núcleo de sentido. 

En las páginas de este libro se topa el lector con el mentís más terminante a una “mística ojalatera”. El poeta se entrega “a bocajarro al diminuto instante, / a la fugacidad del tiempo, a tantos hechos / que apenas casi asoman y caen en el olvido” (22); todo ello “en un presente / que sabe a eternidad” (23), “que no termina nunca, semejante / al del amor de Dios, cuyo ejercicio / descubro sin cesar en este mundo / al ritmo acompasado de mi vida” (25). Para descubrir a ese Dios que “se disfraza de rutina” (Insausti dixit), se precisa ser “contemplativo, / esa clarividencia que el silencio comporta, / esa armonía final con todo lo creado” (27), que permite seguir “fiel a lo nimio, / a la palpitación de lo diario”, y “ver cómo la vida / me impele a darme a las pequeñas cosas, / a su respiración sencilla y frágil” (29). 

En tiempos como los de hoy, con el advenimiento de las “no-cosas” propio del ámbito digital, en el que lo real se vuelve líquido, pierde densidad y se esfuma, y en el que nos hemos vuelto ciegos para las realidades silenciosas, habituales, menudas (Byung-Chul Han), la poesía de Guillén Acosta nos invita a anclarnos en el ser, en lo sólido de la roca viva.

El tono general celebrativo, con el dominio del ritmo a que nos tiene acostumbrados el autor, estalla en ocasiones en cantos como este: “Quién me iba a decir / que estas cosas minúsculas, / microscópicas casi, / sin interés alguno […], iban a acompañarme / en mi lucha diaria / hasta el fin de mis días, / y que serían la llave / que me abriera la puerta / angosta tras mi muerte” (30).

La poesía de Guillén Acosta no es una forma de expresarse: es una manera de vivir, de un vivir contemplativo, esperanzado, agradecido, abierto al gran don de la existencia humana. Un vivir, en suma, entregado, que “darse a otra persona es, sin lugar a dudas, / el camino más corto para alcanzar la dicha” (57). Es una poesía que habla a las más profundas necesidades humanas, porque brota de las “mesmas vivas aguas de la vida”, como dice santa Teresa de Ávila.

Si es verdad que, como escribe F.-X. Bellamy, el tiempo dedicado a la contemplación es lo único que hoy puede salvar a nuestro mundo, el poemario En estado de gracia opera en el lector el efecto perlocutivo de hacerle valorar la propia vida, “desvelándole en el tiempo lo que escapa al tiempo”, es decir, lo permanente, actual, eterno. Aquí, precisamente, radica, como ya advirtió Hölderlin (“lo que permanece lo fundan los poetas”), la esencia de la poesía. Función necesaria hoy más que nunca en que trajinamos, aquí y allá, con vértigo de ambulancia, pero sin puntos fijos y suelo firme donde anclarnos. Nada tiene, pues, de extraño que haya tanta sensación de absurdo y desesperanza. Y tanta medicalización prescindible.

Si alguien me preguntara por qué me gusta este libro de Guillén Acosta, la respuesta que me viene espontánea es: porque me ayuda a entrever el espesor de lo que, en mi día a día, parece trivial e inane; porque me ayuda a entender mejor mi vida y mi vocación de cristiano corriente; porque me ayuda a vivir.

Al pasar la última página de este poemario, no sabe el lector a ciencia cierta si ha estado leyendo o rezando. En cualquier caso, ha experimentado que lo que en cada momento tiene entre manos, por menudo o doloroso que sea (porque “de vez en cuando ocurre: el dolor da bocados”), posee una densidad inaudita si se sabe conjugar con los verbos amar y servir, en activa y en pasiva; y se ha “hecho a la idea / de que no existe otra eternidad” (44). 

El autor

Manuel Casado Velarde

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