Cultura

Andrei Siniavski: creer por la sencilla razón de que Dios existe

La voz de Andrei Siniavski desde Rusia ilumina la cabeza y enciende el corazón de sus lectores. Merece la pena leerle para ensanchar nuestra atención a lo cotidiano y aprender así a hacer menos cosas e intentar –con la ayuda de Dios– hacerse mejor.

Jaime Nubiola·7 de julio de 2020·Tiempo de lectura: 4 minutos
Andrei Siniavski

Hace muchos años, casi cincuenta, me impresionó mucho una frase del escritor ruso Andrei Siniavski, que leí en alguna revista cultural o en algún texto periodístico de finales de los setenta. Decía así: “Hay que creer, no por la fuerza de la tradición, ni por miedo a la muerte, ni por si acaso. Tampoco porque haya alguien que nos obligue o infunda miedo, ni por una cierta idea de la humanidad, ni para salvar el alma o parecer original. Hay que creer por la sencilla razón de que Dios existe”. Tomé buena nota de aquella frase, que me interpelaba por su autenticidad, y la repetí con alguna frecuencia desde entonces.

Hace unos pocos meses he tenido ocasión de leer el libro de Duncan White Cold Warriors —cuyo subtítulo es Escritores que libraron la guerra fría literaria— en el que se explica con detalle las peripecias y dificultades de escritores como Orwell, Koestler, Greene, Hemingway y tantos otros que tomaron parte en la batalla literaria contra el comunismo desde los años 30, con ocasión de la guerra civil de España, hasta los años 90 del siglo pasado, cuando cayó la Unión Soviética. Pues bien, en ese libro sobre la guerra fría se describe con cierto detalle el proceso seguido en Moscú en febrero de 1966 contra el escritor Andrei Siniavski y su amigo poeta Yuli Daniel. Eran acusados de agitación y propaganda antisoviética por sus novelas aparecidas en el extranjero bajo pseudónimo.

El juicio —ampliamente criticado en la prensa occidental— duró tres días: Siniavksi fue condenado a siete años de prisión en un campo de trabajo en Mordovia, cerca del Volga, y Daniel a cinco. Hoy en día se considera que aquel juicio inicuo fue el principio del movimiento de disidencia soviética. “En aquel tiempo” —ha escrito Coleman— “ellos no se dieron cuenta de que estaban comenzando un movimiento que ayudaría a poner fin al gobierno comunista”.

De hecho, Siniavski cumplió seis años en diversos campos y tras su liberación emigró con su esposa y su hijo a París. La lectura en Cold Warriors de los detalles del proceso me hizo buscar qué había de Siniavski en castellano. En la cuarentena del coronavirus he podido leer despacio su libro La voz del coro (Plaza & Janés, 1978) —una mezcla de diario y de finas reflexiones literarias— que me ha impactado por su mirada atenta a los detalles, por sus poderosas metáforas y por muchas cosas más. Tiene afirmaciones que llegan hasta el fondo del alma —“En todo tiempo el arte ha sido más o menos un rezo improvisado” (p. 24); o “Los libros nos inclinan hacia la libertad, nos invitan a ponernos en camino hacia ella” (p. 38)— y metáforas deslumbrantes. Copio solo dos fragmentos de los muchos que me cautivaron.

El primero es una luminosa memoria de la infancia: “Los libros se parecen a una ventana cuando de noche se enciende la luz y se ilumina suavemente la estancia, centelleando con intermitencia los dibujos dorados de los cristales, de las cortinas, de los tapices y de alguien, invisible desde el exterior y oculto en el entreclaro de la comodidad, que constituye el secreto de sus moradores. Sobre todo cuando hace frío o hay nieve en la calle (mejor si hay nieve), se tiene la impresión de que en los pisos suena una música melodiosa y se pasean las hadas intelectuales bajo la protección de pantallas de colores. En mi infancia, deambular de noche por delante de las apartadas ventanas hacía que mi madre y yo soñásemos con un piso independiente y de tres habitaciones, acerca del cual ella me hablaba con entusiasmo al jugar conmigo a aquella vida en que yo sería ya hombre y podría comprar dicho piso […]. Decíamos: ‘Vamos a ver nuestro piso’. Y antes de acostarnos salíamos a pasear por los callejones cubiertos de nieve, donde teníamos a la vista tres o cuatro ventanas para elegir y que variaban de acuerdo con su iluminación” (p. 32).

En el segundo pasaje Siniavski comparaba su tiempo en prisión con un largo viaje en tren. Lo escribía en octubre de 1966 y me daba luz a mí 54 años después, en la larga cuarentena del coronavirus: “En lo psicológico, la vida en un campo de reclusos se parece a un vagón en un tren de largo recorrido. El tren representa el paso del tiempo cuyo transcurso hace sentir la ilusión de que una existencia vacía tiene plenitud y sentido. Independientemente de lo que haga uno, la ‘condena transcurre’; esto es, los días no pasan en balde, actúan a favor de uno y del futuro, lo que les da contenido. Y, como en el tren, los viajeros están muy poco predispuestos a ejecutar un trabajo útil, porque su permanencia en él depende del inevitable, aunque lento, acercamiento a la estación de destino. Pueden en la medida de lo posible vivir satisfechos; jugar al dominó, holgazanear, recostarse en el asiento y charlar sin preocuparse del tiempo perdido. El cumplimiento de la condena da a todas las cosas una buena dosis de utilidad” (p. 42).

Finalmente he podido localizar aquella cita que me había conmovido en mi juventud. Se encuentra en una breve colección de pensamientos publicada en francés en 1968 (Pensées Impromptues, Burgois, París, p. 76) y que no ha visto la luz en castellano. Llegué a ese librito a través de una referencia de esa cita hecha por Luigi Giussani en El sentido religioso: curso básico de cristianismo (p. 143). Añado otras dos frases de aquella misma obra: “Ya basta de hablar del hombre. Es hora de pensar en Dios” [Assez parlé de l’homme. Il est temps de penser à Dieu] (p. 51), y esta otra: “Dios me ha elegido” [Dieu m’a choisi] (p. 69). Se trata, sin duda, de frases lapidarias que llegan al corazón e iluminan la cabeza.

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