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Borja Barragán: «Si la Iglesia invierte es para que esos bienes den fruto que pueda ser usado en favor de necesidades»

Fundador de Altum Faithful Investing, una empresa de asesoramiento financiero que sigue los criterios del magisterio de la Iglesia católica en todas y cada una de sus decisiones, Borja Barragán trabaja para eliminar la dicotomía entre la rentabilidad de un patrimonio o vivir íntegramente la fe.

Diego Zalbidea·18 de julio de 2022·Tiempo de lectura: 6 minutos
altum

Casado y padre de siete hijos a los que considera «su mejor inversión», Borja Barragán lleva 19 años trabajando en banca de inversión. Multinacionales como Bank of America Merrill Lynch, Royal Bank of Scotland, Goldman Sachs y Julius Baer se encuentran en su currículum.

Ha ampliado su formación en Administración y Dirección de Empresas (ICADE) en Harvard University (Boston) en el Sustainable Finance & Investments Program; también ha realizado el Máster en Pastoral Familiar del Instituto Juan Pablo II; ha estudiado la Doctrina Social de la Iglesia en el Angelicum (Roma); por último ha profundizado en la gestión de endowments y fondos institucionales en el IESE.

En 2017 fundó Altum Faithful Investing, una empresa de asesoramiento financiero que sigue los criterios del magisterio de la Iglesia católica en todas y cada una de sus decisiones. Trata de que, como él dice, un cristiano no tenga que elegir entre la rentabilidad de su patrimonio o vivir íntegramente su fe.

¿Por qué nos da miedo hablar del dinero y relacionarlo con Dios y nuestra fe en su amor?

– Creo que esto se debe a dos razones: por un lado, vivimos demasiado apegados a los bienes materiales. Nuestra seguridad está basada cada vez más en las cosas que poseemos, dejándole cada vez menos sitio a la confianza en Dios. Proveer para el futuro, para nuestros hijos, para cuando vengan “mal dadas” es síntoma de una correcta administración, pero cuando toda la confianza está depositada en el “tener”, ahí es donde Dios no tiene hueco y resulta incómodo poder relacionar lo material con Dios.

Por otro lado, la sociedad actual separa lo trascendental de lo ordinario y el dinero tiende a considerarse como algo tremendamente “ordinario” y muy alejado de lo espiritual. Sin embargo… ¿tiene sentido esta separación? Si para el católico “todo es don” y ese don proviene de Dios, ante el don recibido (ya sea un don material o espiritual) surge la tarea de administrarlo correctamente. No por imposición, sino por reciprocidad, por querer corresponder al amor recibido a través de dones, también con amor, a través de una administración responsable y coherente.

¿Es cristiano ahorrar, cuando tanta gente pasa necesidad? ¿No sería mejor confiar en la providencia?

– Reconozco que Santo Tomás de Aquino es uno de los autores que más me interpelan. En la Summa Theologica dice lo siguiente acerca de la Providencia: “Dios ha ordenado según su Providencia ciertas cosas para el sostenimiento corporal del hombre”, por lo que “los bienes están sujetos al hombre, para que use de ellos en el orden de cubrir sus necesidades”.

Por tanto, partimos de una premisa clara y es que el hombre necesita de bienes materiales para cubrir sus necesidades tanto presentes como futuras, de ahí que el proveer para el futuro mediante el ahorro parece que no debería suponer un conflicto para el cristiano.

El discernimiento (y ahí entra en juego la libertad de cada uno para decidir lo adecuado para cada momento) entra en el momento en el que hay que decidir entre qué es necesario y qué es superfluo.  Si el acto de ahorrar, de prevenir para el porvenir, es ordenado, según el estado y condición de cada persona, no debería suponer problema alguno.

Si, por el contrario, es desordenado en el sentido de que ese ahorro se convierte en obsesivo, acaparador, que busca prevenir todas las eventualidades posibles, dejando al margen a la Providencia, entonces es cuando quizás si es conveniente revisar esa manera de ahorrar.  

¿Puede la Iglesia invertir dinero con tantas necesidades acuciantes como hay en el mundo?

– Como comentábamos antes, invertir de una forma ordenada es perfectamente lícito para cualquier entidad, ya sea la Iglesia o una familia. En el caso concreto de la Iglesia, toma mayor relevancia lo que comentábamos respecto a lo superfluo. Si la Iglesia invierte no es para acaparar ni para apropiarse de los bienes, sino para que esos bienes den fruto y que ese fruto pueda ser usado en favor de necesidades ajenas.

Creo que está fuera de toda duda que la inversión que pueda realizar la Iglesia buscará siempre un equilibrio perfecto entre los dos aspectos inherentes al ahorro. Por un lado, tener bienes para cubrir lo necesario de forma sostenida en el tiempo para su propio sustento (no olvidemos que sin eso no habría nada – ni para la Iglesia, ni para las necesidades de culto, pastorales y ajenas) y por otro lado conjugar el cubrir lo necesario con ayudar con lo superfluo a satisfacer las necesidades del otro.

Creo que un buen ejercicio práctico sería visitar la web de transparencia de la Conferencia Episcopal para entender cómo se emplea el dinero y el equilibrio que se consigue para el propio sostenimiento de la iglesia diocesana, a la vez que atiende todo tipo de actividades pastorales y asistenciales.

¿Son las inversiones un buen modo de ahorrar? 

– Los bienes no son buenos en sí mismos, son buenos por el bien que se pueda conseguir con ellos. Destinar una parte del ahorro que no se va a necesitar en el corto plazo para que genere un rendimiento forma parte del objetivo de preservar el capital para atender necesidades futuras, es un ejercicio sano y propio de una administración responsable.

De hecho, es un ejercicio que obviamente no solo aplica a una madre de familia que administre los ahorros de su casa, sino que incluso la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) ha resucitado un término usado en derecho canónico que es el concepto de patrimonio estable. De forma muy resumida, este patrimonio estable sería el patrimonio mínimo que necesitaría un instituto religioso para poder garantizar y sustentar su carisma y misión.

Las últimas indicaciones de la CIVCSVA contemplan la posibilidad de que una parte de ese patrimonio pueda ser invertido (ya sea en activos mobiliarios o inmobiliarios) no sólo como una manera de ahorrar (prever para el futuro) sino como una correcta manera de administrar ese patrimonio estable.

¿Las inversiones son algo para ricos?

– La tecnología hoy en día permite que cualquier persona, desde cualquier parte del mundo pueda invertir. La cuestión es si quiero que mi inversión sea coherente con mi fe o escondo la cabeza bajo tierra evitando cuestiones incómodas.

Desde Altum hemos querido aportar nuestro granito de arena creando Altum App. Es una aplicación gratuita donde el usuario, independientemente de su patrimonio, pueda comprobar antes de invertir (ojo, o de consumir) si las compañías que le interesan entran en conflicto con la Doctrina Social de la Iglesia y por qué razón.

Con esto buscamos varios objetivos: el primero es poner de manifiesto que el Faithful Investing es para todo el mundo, independientemente de los ahorros que uno tenga.

El segundo es ayudar a cualquier persona con sensibilidad cristiana a que pueda unir fe y coherencia a la hora de invertir (y consumir).

El último es animar a directivos y consejeros delegados a que sepan responder y adaptar sus políticas empresariales para que la dignidad de la persona (base de la Doctrina Social de la Iglesia) sea siempre respetada y que en ningún caso el fin justifique los medios.

¿Hay inversiones buenas y malas o todas son iguales?

– Respondo a la pregunta entendiendo que como “buenas” ponemos el acento en la búsqueda del bien y no en una alta rentabilidad. San Juan Pablo II lo dijo muy claro en Centessimus Annus: “La opción de invertir en un lugar y no en otro es siempre una opción moral y cultural”. Si en la vida hay actos buenos (ayudar al enfermo), malos (matar al inocente) y neutros (tararear una canción), lo mismo ocurre con el acto concreto de invertir.

Es curioso que para algunos aspectos de nuestra vida nos tomemos muchas molestias para  saber cómo empleamos el dinero (como por ejemplo analizando si los huevos que compramos en el súper son de corral o si los frutos secos son ecológicos) y que para el acto de invertir apenas nos paremos a pensar si la actividad que desarrolla una compañía es lícita o si las prácticas filantrópicas que desarrolla la empresa entran en conflicto con la Doctrina Social de la Iglesia (es impresionante la cantidad de entidades que apoyan de manera consistente el aborto, por citar tan sólo un ejemplo).

La razón de ser de Altum es precisamente esa: acompañar al inversor cristiano para que no tenga que elegir entre integridad y una adecuada rentabilidad.

¿Influimos en las grandes empresas del mundo? ¿Manda el dinero o mandan las personas?

– No tengo ninguna duda: las personas son las realmente capaces de influir y cambiar el mundo. Pero esto no es fácil porque normalmente implica nadar contracorriente.

Benedicto XVI hacía a menudo alusión a las minorías creativas, es decir, pequeños grupos de personas que son capaces de generar un cambio cultural en muchos casos en contra de la masa. Varios ejemplos: hoy en día un puñado de tweets puede hacer que una empresa cotizada retire una campaña de publicidad.

Las Hermanitas de los Pobres de EEUU han conseguido en la Corte Suprema que se reconozca su objeción de conciencia a practicar abortos o suministrar anticonceptivos en sus hospitales. Un consorcio de congregaciones americanas se unió hace 50 años para influir en las decisiones de las compañías en las que estaban invertidas – hoy influyen sobre más de 4.000 millones de dólares.

Por tanto, reitero mi afirmación anterior: son las personas las que influyen en el mundo. El dinero es sólo un medio y no un fin. Está en nuestra mano no pactar con el orden establecido y tener el coraje de ampliar horizontes. En nuestro caso concreto, de poder realizar una inversión que sea coherente con la fe en Cristo.

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