Vaticano

«Todos tenemos oídos, pero no siempre somos capaces de escuchar»

El Papa Francisco ha recordado que «hay una sordera interior que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Es peor que la física, es la sordera del corazón».

David Fernández Alonso·6 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
angelus del papa
Foto: ©2021 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops.

El Papa Francisco comentó en el momento del rezo del Angelus, asomado a la plaza de San Pedro el episodio de la curación al sordomudo: «El Evangelio de la Liturgia de hoy presenta a Jesús que cura a un sordomudo. En el relato, lo que llama la atención es la forma en que el Señor realiza este signo milagroso: toma al sordomudo a un lado, le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con la saliva, luego mira al cielo, suspira y dice: «Efatá», es decir, «¡Abrete! (cf. Mc 7,33-34). En otras curaciones, de enfermedades igualmente graves, como la parálisis o la lepra, Jesús no hace tantos gestos. ¿Por qué hace todo esto ahora, a pesar de que sólo se le ha pedido que ponga su mano sobre el enfermo (cf. v. 32)? Quizás porque la condición de esa persona tiene un valor simbólico particular y tiene algo que decirnos a todos. ¿De qué se trata? De la sordera. Ese hombre no podía hablar porque no podía oír. Jesús, de hecho, para curar la causa de su malestar, primero le pone los dedos en los oídos».

Francisco hace un paralelismo con lo que nos puede pasar a todos: «Todos tenemos oídos, pero muchas veces no somos capaces de escuchar», aseguró. «De hecho, hay una sordera interior», continuó, «que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Es peor que la física, es la sordera del corazón. Atrapados por las prisas, por mil cosas que decir y hacer, no encontramos tiempo para detenernos a escuchar a quien nos habla. Corremos el riesgo de volvernos impermeables a todo y de no dar cabida a quienes necesitan ser escuchados: pienso en los hijos, en los jóvenes, en los ancianos, en muchos que no necesitan tanto palabras y sermones, sino ser escuchados. Preguntémonos: ¿cómo va mi escucha? ¿Me dejo tocar por la vida de las personas, sé dedicar tiempo a los que están cerca de mí? Pensemos en la vida familiar: ¡cuántas veces se habla sin escuchar primero, repitiendo los propios estribillos que son siempre iguales! Incapaces de escuchar, siempre decimos las mismas cosas. El renacimiento de un diálogo, a menudo, no viene de las palabras, sino del silencio, de no quedarse estancado, de volver a empezar pacientemente a escuchar a la otra persona, a sus luchas, a lo que lleva dentro. La curación del corazón comienza con la escucha».

«Lo mismo ocurre con el Señor. Hacemos bien en inundarle con peticiones, pero haríamos mejor a ponernos primero a escucharle. Jesús lo pide. En el Evangelio, cuando le preguntan cuál es el primer mandamiento, responde: «Escucha, Israel». Luego añade: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón […] y a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,28-31). Pero en primer lugar dice: «Escucha». ¿Nos acordamos de escuchar al Señor? Somos cristianos, pero quizás, entre las miles de palabras que escuchamos cada día, no encontramos unos segundos para dejar que resuenen en nosotros algunas palabras del Evangelio. Jesús es la Palabra: si no nos detenemos a escucharlo, pasa de largo. Pero si dedicamos tiempo al Evangelio, encontraremos un secreto para nuestra salud espiritual. He aquí la medicina: cada día un poco de silencio y de escucha, algunas palabras inútiles menos y algunas palabras más de Dios. Escuchemos hoy, como el día de nuestro bautismo, las palabras de Jesús: «Efatá, ábrete». Jesús, deseo abrirme a tu Palabra, abrirme a la escucha. Sana mi corazón de la cerrazón, de a prisa y de la impaciencia».

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