Vaticano

Sentirse cómodo en la complejidad de la comunicación

Con motivo de la 55ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el autor, redactor de Omnes y profesor de periodismo de opinión en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, reflexiona sobre los retos que la sociedad de la desintermediación nos plantea, en cuanto comunicadores y como ciudadanos.

Giovanni Tridente·8 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
prensa italiana
Foto: Unsplash / Flipboard

El 16 de mayo se celebra la 55ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, la única establecida desde el Concilio Vaticano II. En el Mensaje escrito para la ocasión, el Papa Francisco se inspira en la invitación de Jesús a los discípulos “Venid y veréis” (Jn 1,46), e insiste en que para comunicar es necesario encontrar a las personas donde están y como están.

En poco más de medio siglo de comunicación social, el panorama informativo ha cambiado totalmente, y con él la profesión periodística, que hoy se ve aplastada por la desintermediación y la infodemia, términos que, si no se toman en su justa dimensión, pueden distraer la atención del verdadero problema. Y eso es: la responsabilidad de cada profesional de hacer bien su trabajo.

En primer lugar, debemos preguntarnos siempre por el impacto ético de la profesión periodística, en particular por el carácter de “servicio al lector” que la caracteriza, a pesar -y quizás aún más- de la era de la comunicación global y desintermediada.

La infodemia nos pertenece

En cuanto al término “infodemia“, -que está muy en boga en los últimos meses, más aun a causa de la pandemia que estamos viviendo-, si miramos atrás en el tiempo y estudiamos los distintos procesos de cultura mediática que se han producido, nos damos cuenta que el término ya había sido acuñado en 2003 por el periodista David J. Rothkopf en un artículo del Washington Post. Eran los primeros meses de la propagación del SARS (la hermana menor de “nuestro” Covid-19) y el autor describió el término como “un fenómeno complejo causado por la interacción de los medios de comunicación tradicionales, los medios especializados, las páginas de Internet y los llamados medios informales”, estos últimos identificados como teléfonos inalámbricos, mensajes de texto, buscapersonas, faxes y correos electrónicos.

Como vemos, no hay nada nuevo, salvo el hecho de que los protagonistas de este fenómeno son siempre las personas, tanto como “alimentadores del caos”, tanto como consumidores algo voraces y a menudo distraídos. Ciertamente, lo social ha incrementado, y el Covid-19 nos ha vuelto a sumergir trágicamente en algo que quizás deberíamos haber mirado con más cuidado. Esto confirma que la clave para “arreglar” lo que está mal no está en los procesos -que se dan por descontado- sino en las personas. Desde ahí tenemos que recomenzar, o sencillamente empezar.

Un trabajo personal

Ante una sociedad hiperconectada, sería una verdadera lástima -un verdadero empobrecimiento- no aprovechar la cantidad de posibilidades que nos ofrece este mundo, empezando por las herramientas para saber distinguir lo que es bueno para nuestra existencia de lo que la limita. Como se puede comprobar, es un trabajo que pertenece a cada individuo y no puede ser delegado a algún “otro organismo”, como si estuviera escondido en algún lugar del éter, que entonces, en el mejor de los casos, es sólo un contenedor vacío o el lugar de aterrizaje de las expectativas equivocadas.

Los riesgos forman parte de la vida, pero hay que afrontarlos, hay que gestionarlos, hay que gobernarlos, hay que acompañarlos. Ningún individuo puede sustraerse a esta necesidad -y tarea- de elegir en primera persona lo que es bueno para él (y para los demás). Y esto se llama libertad.

Los periodistas son personas como las demás, inmersas en la complejidad del mundo actual como cada uno de nosotros. No es útil ni productivo tirar piedras a una categoría en lugar de a otra. Pero es innegable que hay que hacer un examen de conciencia general, teniendo en cuenta la complejidad de las situaciones y el panorama global que estamos viviendo.

Respuestas complejas a problemas complejos

Los problemas complejos requieren respuestas complejas, así que ha llegado el momento, como los buenos “mecánicos”, de ir primero a identificar los fallos que hacen impracticable el “motor” de la sociedad, y reparar pieza a pieza los componentes rotos. Es una tarea que corresponde a cada uno, desde el operador de la información y la comunicación hasta el ciudadano de a pie, desde los organismos educativos hasta la política, desde la Iglesia hasta todos los demás organismos que operan en la sociedad. Es una tarea compleja, una tarea global, una tarea inaplazable. Pero también es el mejor reto al que podemos enfrentarnos, para dar sentido a nuestra vida.

No conformarse

Así que un consejo para los jóvenes: ¡nunca os conforméis! No te conformes con el estudio, con el deseo de comprender la realidad, con las posibilidades de ofrecer a los que reciben los frutos de nuestro trabajo. No existe un modelo único de comunicación, al igual que no hay individuos uniformes.

Cada uno de nosotros es único y la comunicación “al mundo” debe partir de la conciencia de que no hay un solo aspecto a tener en cuenta, sino una complejidad de elementos.

Un buen comunicador es el que se siente a gusto en esta complejidad, en lugar de incómodo, y trata por todos los medios de interceptar las causas individuales que llevan a perfilar el diseño global de la vida de las personas. Mis mejores deseos.

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