Cultura

San Lorenzo Ruiz, el primer beato de Filipinas

San Lorenzo Ruiz nació alrededor del 1600 y murió martirizado el 29 de septiembre de 1637, en Nagasaki. San Juan Pablo II lo beatificó en el año 1981, convirtiéndolo en el primer beato nativo de Filipinas. Posteriormente, fue canonizado.

Loreto Rios·29 de septiembre de 2023·Tiempo de lectura: 4 minutos

San Lorenzo Ruiz ©L. Lew

San Lorenzo Ruiz nació en Binondo, un distrito de Manila (Filipinas), de padre chino y madre tagala, ambos católicos, en torno al año 1600.

Estudió de pequeño en un colegio dominico, y fue posteriormente notario de un convento de esta misma congregación. Se casó y tuvo tres hijos. En 1636, se embarcó en una expedición a Japón y otros lugares de Asia con unos misioneros dominicos. Todos ellos fueron apresados al llegar a la isla de Okinawa, ya que en 1633 se había promulgado un edicto en el que se ordenaba que todos los cristianos fueran perseguidos. Esta no era la primera persecución a cristianos en Japón, sino que lo mismo había ocurrido en los años 1617 y 1632.

En 1637, san Lorenzo y sus compañeros fueron juzgados en Nagasaki y se les exigió apostatar a cambio de la vida. Fueron torturados y algunos dominicos renegaron de la fe, mientras que Lorenzo y otros compañeros se mantuvieron firmes. Finalmente, le ahorcaron el 29 de septiembre de 1637.

Su beatificación es bastante reciente: el Papa san Juan Pablo II lo beatificó en Filipinas en 1981, junto a otros misioneros mártires en Japón, y en 1987 fue canonizado por el mismo Papa en el Vaticano.

Aunque murió el 29 de septiembre, su festividad se celebra el día 28.

La beatificación

Entre los compañeros mártires de san Lorenzo había nueve japoneses, cuatro españoles, un francés y un italiano. “Estos testigos (…) habían cantado también salmos al Señor de la misericordia y el poder, tanto mientras estaban en la prisión como durante su ejecución mediante la horca y el foso, que duró tres días”, dijo san Juan Pablo II en la homilía de la beatificación de san Lorenzo y compañeros en Manila en 1981.

También señaló que Lorenzo Ruiz, “guiado por el Espíritu Santo hasta su meta inesperada después de un viaje venturoso, dijo al tribunal que era cristiano, que debía morir por Dios y que daría su vida por Él mil veces”. El Pontífice citó asimismo las palabras textuales de san Lorenzo: “Aun si este cuerpo tuviese mil vidas, todas me las dejaría arrebatar si me forzáis a volver la espalda a Cristo”.

“En este momento fue cuando este joven padre de familia profesó y llevó a plenitud la catequesis cristiana que había recibido en la escuela de los frailes dominicos de Binondo (…). Esta es la esencia cristiana del primer beato de la nación filipina”, continuó el Papa. “Igual que la joven Iglesia de Jerusalén produjo su primer mártir por Cristo en la persona del diácono Esteban, así también la joven Iglesia en Manila, fundada en 1579, produjo su primer mártir en la persona de Lorenzo Ruiz, quien había servido en la iglesia parroquial de San Gabriel en Binondo. (…) El ejemplo de Lorenzo Ruiz, hijo de padre chino y de madre tagala, nos recuerda que la vida de todos y toda la vida de uno deben estar a disposición de Cristo”.

Los compañeros mártires de san Lorenzo

San Juan Pablo II también quiso recordar a los otros mártires que se beatificaban ese día: “La atractiva figura del primer mártir filipino no quedaría plenamente ilustrada en su contexto histórico sin encomiar el testimonio dado por sus quince compañeros, quienes sufrieron el martirio en 1633, 1634 y 1637. Ellos forman el grupo guiado por dos hombres: Domingo Ibáñez de Erquicia, vicario provincial de la misión japonesa y natural de Régil, en la diócesis española de San Sebastián; y Jacobo Kyu-hei Tomonaga, nativo de Kyudetsu, en la diócesis de Nagasaki.

Pertenecían ambos a la provincia dominicana del Santo Rosario en las Filipinas, fundada en 1587 para la evangelización del Lejano Oriente. El grupo de compañeros de Lorenzo estaba formado por nueve sacerdotes, dos hermanos profesos, dos miembros de la Tercera Orden, un catequista y un guía-intérprete. Nueve eran japoneses, cuatro eran españoles, uno francés y otro italiano. (…) ‘Hemos venido a Japón solamente para predicar la fe en Dios y para enseñar la salvación a los pequeños y a los inocentes y al resto del pueblo’. Así resumió el mártir Guillermo Courtet su misión ante los jueces en Nagasaki”.

El Papa también señaló la importancia que María tenía para estos santos: “Encomiendo todo esto a María, quien, con su rosario, ayudó a nuestros mártires a imitar y proclamar a su Hijo; a ser intrépidos guardianes de su palabra, como las valientes mujeres Magdalena de Nagasaki y Marina de Omura. Encomiendo el destino de Filipinas y de toda Asia a María, Reina del Rosario, quien con el título de ‘La Naval’ es venerada como la protectora de la libertad de la fe católica”.

Recuerdo a los mártires españoles

Además de saludar a los representantes de Francia, Italia y Japón que asistieron a la beatificación, san Juan Pablo II dirigió también unas palabras en español a los presentes: “En esta ceremonia de la beatificación del primer mártir filipino y de los otros quince hermanos que dieron su vida por la fe en Cristo, quiero recordar en su propia lengua a los cuatro mártires españoles Domingo Ibáñez de Erquicia, Lucas Alonso, Antonio González y Miguel de Aozaraza.

Es un homenaje que gustosamente rindo en primer lugar a ellos, que, siguiendo las huellas de san Francisco Javier y la enseñanza de su fundador, santo Domingo de Guzmán. difundieron la fe cristiana en estas tierras y dieron el supremo testimonio de fidelidad a la Iglesia.

Al mismo tiempo es un debido tributo de agradecido recuerdo a España, que a lo largo de tres siglos y medio llevó a cabo la evangelización de Filipinas, haciendo de ella la única nación de Oriente con gran mayoría católica. Me alegra poder proclamar esto en presencia de la Misión Extraordinaria Española venida para asistir a la beatificación y a la que, junto con los otros connacionales de los nuevos beatos aquí reunidos, dirijo mi cordial saludo y mi pensamiento complacido”.

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