Vaticano

Los retos «políticos» de los viajes al extranjero de Benedicto XVI

Su secretario personal, Georg Gänswein, reflexiona sobre la contribución política y diplomática de algunos de los discursos más significativos pronunciados durante sus Viajes Apostólicos por Benedicto XVI ante las instituciones europeas e internacionales.

Giovanni Tridente·4 de enero de 2023·Tiempo de lectura: 5 minutos
BENEDICTO XVI

Foto: Mons. Ganswein y Benedicto XVI en 2009

Como bien muestran los múltiples reportajes de estos días, el Papa emérito Benedicto XVI fue también un Pontífice que mantuvo la tradición de sus predecesores de emprender Viajes Apostólicos al extranjero, y no sólo a Italia. Una serie inaugurada a los cuatro meses de su pontificado viajando a su patria para la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia.

Volvió a Alemania dos veces más, en 2006 (a Baviera, donde se produjo el conocido «incidente de Ratisbona») y en 2011, en visita oficial al país.

En total, Benedicto XVI ha realizado 24 viajes apostólicos al extranjero, varios a Europa (tres veces a España), pero también a América Latina (Brasil, México, Cuba), Estados Unidos (2008), África (Camerún, Benín) y Australia (2008), como también informó OMNES en días pasados.

Confirmación en la fe

Evidentemente, la primera razón para realizar estos viajes fuera del Vaticano a países lejanos es de carácter espiritual; el Vicario de Cristo peregrina a las tierras habitadas por católicos bautizados -incluso allí donde son minoría- para confirmarlos en la fe y llevarles la cercanía y la bendición de toda la Iglesia.

También hay razones políticas, ya que se trata de visitas a un país concreto, con su propia representación institucional que le acoge -y sobre todo le invita-, con sus propias tradiciones y culturas, problemas, retos y perspectivas de futuro, que cada Pontífice realiza para valorizar e integrar en el conjunto de su magisterio, dejando siempre semillas de posible crecimiento y desarrollo.

Este fue, por tanto, también el caso de Benedicto XVI, que durante su mandato de siete años al frente de la Iglesia universal no dejó de reunirse con diversos líderes políticos y culturales de países europeos y realidades internacionales.

Esta experiencia -y los discursos que ha pronunciado de vez en cuando en sus diversos viajes- nos permite extraer una serie de reflexiones sobre cuestiones fundamentales de la sociedad, como la relación entre justicia y libertad religiosa, la confrontación entre fe y razón, la dinámica que existe entre ley y derecho, etc.

Una diplomacia al estilo Ratzinger

Sobre estos temas, su secretario particular, monseñor Georg Gänswein, ofreció en 2014, un año después de la renuncia de Benedicto XVI, algunas reflexiones que realzan precisamente el impacto «político» de la diplomacia de formato Ratzinger, deteniéndose en cinco grandes discursos del Papa emérito, dirigidos a otros tantos contextos y audiencias diferentes, pero de los que surgen ciertas «ideas clave» desarrolladas «de manera orgánica y coherente».

El primero de estos discursos destacados por el Prefecto de la Casa Pontificia es sin duda el pronunciado en Ratisbona el 12 de septiembre de 2006, pronunciado en un contexto académico y basado conceptualmente en la relación entre fe y razón y en el Dios-logos. Evidentemente, la verdadera importancia de este pronunciamiento no radica en las críticas que siguieron.

Un segundo discurso es el pronunciado ante las Naciones Unidas en Nueva York dos años después, centrado en los derechos humanos y en el proyecto que supuso sesenta años antes la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A continuación, Gänswein subrayó como significativo el discurso pronunciado en el Collège des Bernardins de París (12 de septiembre de 2008), dirigido a las élites culturales de un país considerado secularizado y hostil a las religiones. Benedicto XVI recordó aquí la contribución de la fe cristiana al desarrollo de la civilización europea.

En 2010, el 17 de septiembre, Benedicto XVI habló en Londres en la sede de aquel Parlamento que, entre otras cosas, decretó la muerte de Tomás Moro a raíz de disensiones religiosas. En aquella ocasión supo apreciar la tradición democrática liberal, al tiempo que denunciaba los ataques a la libertad religiosa que se estaban produciendo en Occidente.

Por último, de importancia política y diplomática fue su discurso ante el Bundestag alemán el 22 de septiembre de 2011, en el que Benedicto XVI abordó la cuestión de la fundamentación del ordenamiento jurídico y los límites del consiguiente positivismo dominante a lo largo del siglo XX en Europa.

A partir de estos pronunciamientos, el Secretario Particular de Benedicto XVI vislumbra un hilo conductor en tres perspectivas.

Religión y Derecho

La primera de ellas tiene que ver con el núcleo del pensamiento de Benedicto XVI sobre la contribución de la religión al debate público y, en consecuencia, a la construcción del orden jurídico. Esto se ve muy bien en el discurso al Bundestag de Berlín, cuando Ratzinger afirma: «En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres.

Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios».

Había propuesto un concepto similar en Westminster Hall, para disipar los temores que ven en la religión una «Autoridad» que se impone de algún modo en cuestiones jurídicas y políticas, frustrando la libertad y el diálogo con los demás.

La propuesta de Benedicto XVI, más bien, tiene una visión universal y se sitúa precisamente en la interrelación entre razón y naturaleza. Gänswein reflexiona: «La primera y fundamental aportación de Benedicto XVI es el recordatorio de que las fuentes últimas del Derecho se encuentran en la razón y la naturaleza, no en un mandato, sea quien sea».

Razón y naturaleza

Una segunda perspectiva pedagógica se refiere al ámbito de la relación entre razón y naturaleza, en el que «está en juego el destino de las instituciones democráticas, su capacidad de producir el «bien común», es decir, la posibilidad, por una parte, de decidir por mayoría de votos una gran parte de la materia que debe regularse jurídicamente y, por otra, de esforzarse continuamente por reconocer y reafirmar lo que no puede votarse», recuerda monseñor Gänswein.

En sus discursos públicos, Benedicto XVI denuncia abiertamente la tentación de reducir la razón a algo mensurable y la compara con un búnker de hormigón sin ventanas. Más bien: «Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver de nuevo la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo», dijo en Berlín.

Por eso no hay que tener miedo a medirse con la realidad pensando que la única forma de acceder a ella es reducirla a esquemas preconstituidos o incluso preconcebidos. Aquí hay prácticamente ‘una corrección del racionalismo moderno, que permite restablecer una relación correcta entre razón y realidad. Una razón positivista o autosuficiente es incapaz de salir del pantano de las incertidumbres», comenta Gänswein.

Interrelación entre razón y fe

Por último, un paradigma fundamental de todo el pontificado, la interrelación entre razón y fe, que brilla mucho en los discursos que el entonces Pontífice pronunció teniendo como referencia el continente europeo. «La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa», volvió a decir Ratzinger en su discurso ante el Bundestag.

La reflexión sobre cómo la fe cristiana ha contribuido a la rehabilitación de la razón surge en cambio del contenido del pronunciamiento en el Collège des Berardins de París, cuando el emérito cita el ejemplo del monacato occidental como una oportunidad para el renacimiento de una civilización hasta ahora «sepultada bajo las ruinas de la devastación de la barbarie» -recuerda Gänswein- al haber «derribado viejos órdenes y antiguas certezas».

En resumen, en la perspectiva de Benedicto XVI existe una profunda relación de amistad entre la fe y la razón, y ninguna quiere subyugar a la otra. Dijo en Westminster Hall: «el mundo de la razón y el mundo de la fe -el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas- necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. Por lo tanto, la religión, para cualquier legislador, no es en absoluto un problema a resolver, los legisladores no son un problema a resolver, ‘sino una contribución vital al debate nacional’.

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica