Cultura

¿Quién manda en la Iglesia y cómo se organiza internamente?

La Iglesia es una gran organización, necesitada de mando y estructura –jerarquía– gracias a lo cual pueda realizar su misión. Precisa un organigrama con funciones determinadas, que señale quién tiene competencia y debe ejercitarla para su correcto funcionamiento.

Alejandro Vázquez-Dodero·29 de abril de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
quien manda en la iglesia
Foto: ©2022 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops.

La actual jerarquía de la Iglesia es el resultado de muchos concilios y deliberaciones históricas. A través del tiempo tuvo que definir una serie de figuras o títulos eclesiásticos que apoyaran al Papa y a los obispos en su tarea de gobernar y cuidar del pueblo de Cristo. Como curiosidad, la palabra “jerarquía” deriva de dos palabras griegas: “hierós” (sagrado) y “archeía” (mando­).

El fundamento de esa jerarquía se encuentra en el mismo Jesucristo, su fundador. Él mismo confiere a la Iglesia los tres oficios de enseñar, santificar y regir –los denominados tria munera– contando para ello con la sucesión apostólica, es decir, la continuidad a lo largo de los siglos del desarrollo de esas funciones por parte de quien detente la autoridad competente.

Jesús mismo diseñaría el modelo a partir del cual la Iglesia comenzaría su misión. La comunidad compuesta por Él, sus apóstoles y varios discípulos, daría lugar a la aparición de los obispos, cuya cabeza será el Papa, formando todos ellos un colegio o grupo estable. 

La jerarquía se basa de un lado en la facultad por parte de los clérigos –ordenados en distintos niveles, según veremos– de administrar los sacramentos: determinados ritos, como la celebración de la Eucaristía, serán exclusivos de los presbíteros, quienes, junto con otros miembros, forman parte del clero. 

También se basa la jerarquía en el poder de intervenir a nivel de jurisdicción: por ejemplo, determinando quien competa qué sacerdote será párroco de una determinada parroquia.

El clero –integrado por los clérigos– se organiza en distintos niveles en una jerarquía ascendente, basado en los tres grados del sacramento del orden –Episcopado, Presbiterado y Diaconado– que va desde el diácono, pasando por el presbítero, obispo, arzobispo, primado, patriarca –en casos más particulares– y cardenal, hasta llegar al cargo supremo del Papa.

¿Qué distingue a un obispo de un cardenal? ¿Y de un arzobispo?

En un primer nivel de esa jerarquía contamos con los cardenales, obispos y arzobispos.

Los cardenales son los consejeros y colaboradores más inmediatos del Papa, siendo en su inmensa mayoría obispos. Deben ayudar al Santo Padre a administrar la Iglesia. También pueden participar en el cónclave o elección del nuevo Papa. El color que distingue a los cardenales es el rojo púrpura, y el término por el cual se dirige a ellos es el de eminencia.

Los obispos, de otro lado, obtienen su cargo mediante la ordenación episcopal. Sus tareas son guiar a las diócesis, o sea, las unidades territoriales y administrativas que componen la Iglesia, así como ordenar sacerdotes y diáconos, y administrar el sacramento de la Confirmación. Los obispos pueden administrar todos los sacramentos, incluida la ordenación. El color que les distingue es el púrpura, y pueden llamarse monseñor o excelencia.

Por último, cabría referirse al arzobispo. Es el obispo de una archidiócesis, o mejor dicho de la diócesis al frente de una provincia eclesiástica compuesta por varias diócesis. Si el arzobispo además es la cabeza de la provincia eclesiástica, es denominado metropolitano. De otro lado la calificación de arzobispo también puede ser solo honorífica.

¿En qué se distingue un presbítero de un diácono?

En un segundo nivel jerárquico encontramos a los presbíteros, también denominados sacerdotes, que si están vinculados a una parroquia en particular son párrocos.

La parroquia, por cierto, es también una unidad administrativa de la Iglesia. Varias parroquias forman un vicariato, y así, un párroco puede también detentar el cargo de vicario, coordinando varias parroquias de la zona. Los sacerdotes pueden administrar todos los sacramentos, a excepción del orden.

Los diáconos formarían un tercer nivel en la jerarquía eclesiástica. Su cometido es ayudar a los sacerdotes y obispos en las ceremonias. Solo pueden administrar el sacramento del bautismo y asistir al matrimonio con delegación particular. Predican la palabra de Dios y sirven en las comunidades parroquiales.

En algunos casos –más en las iglesias orientales– los diáconos abrazan el diaconado con carácter permanente; en otros provisionalmente y con miras a su posterior ordenación presbiteral. 

Otros títulos eclesiásticos: nuncio apostólico, vicario general.

Además de lo anterior, contamos con otros títulos eclesiásticos o cargos ocupados por quienes ya ostentan una posición en la jerarquía eclesiástica.

Nos referimos de un lado al caso del nuncio apostólico, que viene a ser un embajador de la Santa Sede ante los Estados; y de otro lado al vicario general, que representa al obispo en la gestión de las relaciones entre parroquias y vicariatos, las diversas circunscripciones en las que se divide la diócesis territorialmente.

¿La existencia de jerarquía implica desigualdades entre los distintos miembros de la Iglesia?

La jerarquía de la Iglesia no implica desigualdad de los fieles, pues todos, clérigos o no, están igualmente bautizados. Así, la igualdad de todos es anterior a la diversidad de condiciones personales en la Iglesia como consecuencia del sacramento del orden y de los distintos carismas.

La jerarquía existe, en el interior de la comunión de los fieles y a su servicio, no sobre la propia Iglesia ni, evidentemente, al margen de ella.

O sea, no se trata de “ejercicio de poder”, sino de “ejercicio de funciones” al servicio de los demás, por parte de cualquiera de los clérigos en sus diversos órdenes. Pues detentar un cargo jerárquico no es más que servir de ese modo concreto a todos los católicos, implique ese cargo la autoridad que implique.

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