Vaticano

Que los jóvenes sean coprotagonistas de la vida de la Iglesia

Las Jornadas Mundiales de la Juventud son una fiesta de fe, y una experiencia misionera y de fraternidad universal. A partir de este año se traslada la Jornada anual a la solemnidad de Cristo Rey.

Giovanni Tridente·7 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
Chica joven cantando en un estudio de grabación.

Más de treinta y cinco años después de su primera celebración en 1985, las Jornadas Mundiales de la Juventud han sido llamadas a una especie de “prueba” para revigorizar su significado histórico y profético en la vida de la Iglesia y para una evangelización más activa en los tiempos contemporáneos.

De hecho, en los últimos días, por iniciativa del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, al que se ha confiado desde el principio la organización de estas iniciativas de convivencia juvenil, se han difundido algunas orientaciones pastorales para la celebración de la JMJ a nivel diocesano.

Aunque son más conocidas las JMJ que tienen lugar cada dos o tres años a nivel internacional -la última celebrada en Panamá en 2019, y la próxima prevista en Lisboa en 2023-, no hay que subestimar la importancia de la celebración anual en las Iglesias particulares, también como jornada preparatoria del evento mundial.

A partir de este año, a instancias del Papa Francisco, la Jornada anual, que antes se celebraba el Domingo de Ramos, se traslada a la solemnidad de Cristo Rey, al concluir el año litúrgico, que suele caer en el mes de noviembre. Esta decisión del actual Pontífice es también una vuelta al pasado, ya que san Juan Pablo II -el que instituyó por primera vez estos eventos juveniles- convocó a los jóvenes a un encuentro multitudinario en la Solemnidad de Cristo Rey en 1984. 

En aquella primera convocatoria estaba el germen de lo que luego serían las Jornadas Mundiales de la Juventud, encuentros de jóvenes “peregrinos que ‘caminan juntos’ hacia una meta, hacia el encuentro con Alguien, con Aquel que es capaz de dar sentido a su existencia, con el Dios hecho hombre que llama a cada joven a convertirse en su discípulo, a dejarlo todo y a ‘caminar tras él’”.

El nuevo documento nace, sin embargo, con el objetivo de animar aún más a las Iglesias locales a aprovechar estas jornadas como una oportunidad para que los jóvenes se sientan cada vez más “coprotagonistas de la vida y la misión de la Iglesia”.

Hay básicamente seis áreas que las Orientaciones esbozan como centrales para esta revitalización de los eventos diocesanos individuales, que deben “estar en el corazón de cada JMJ”.

En primer lugar, la JMJ está llamada a ser una “fiesta de la fe”, por lo que, junto al elemento de entusiasmo que caracteriza toda expresión juvenil, hay que privilegiar los momentos de adoración silenciosa de la Eucaristía (acto de fe por excelencia) y las liturgias penitenciales (lugar privilegiado de encuentro con la misericordia de Dios).

Los jóvenes, además, deben poder tener una “experiencia de Iglesia”, por lo que deben ser escuchados y participar tanto en la preparación de la Jornada como en otras estructuras y organismos. Aquí el papel central lo desempeña el obispo, que debe estar cerca de los jóvenes para mostrarles la cercanía paternal del pastor.

Otra experiencia que hay que salvaguardar es la “misionera”, implicando a los jóvenes en iniciativas de evangelización pública, “con cantos, oración y testimonios, en aquellas calles y plazas de la ciudad donde se encuentran con sus compañeros”. También sería útil promover iniciativas de voluntariado para los más pobres y desfavorecidos.

Ciertamente, no hay que subestimar el aspecto del “discernimiento vocacional”, haciendo que los jóvenes perciban su “llamada a la santidad”, en cualquier ámbito de su existencia, incluida la vida consagrada o el sacerdocio: “En el delicado proceso que debe llevarles a madurar estas opciones, los jóvenes deben ser acompañados e ilustrados con prudencia”, afirman las Orientaciones.

Por último, el documento hace hincapié en el elemento de “peregrinación”, que lleva a los jóvenes a salir de sus casas para ponerse en camino y así “conocer el sudor y el trabajo del viaje, la fatiga del corazón y la alegría del espíritu”; y la oportunidad de mostrar a los propios jóvenes experiencias de “fraternidad universal”, creando así espacios inclusivos y la realidad de una Iglesia de puertas abiertas. 

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