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Próxima beatificación del cardenal Wyszyński, testigo de la fe y del perdón

La beatificación del cardenal Stefan Wyszyński, primado del milenio de Polonia, prevista para el domingo 7 de junio en Varsovia, se ha aplazado por la pandemia, y está pendiente de nueva fecha. El Papa Francisco autorizó el decreto el 3 de octubre de 2019. 

Ignacy Soler·8 de mayo de 2020·Tiempo de lectura: 5 minutos

Las circunstancias del coronavirus han sugerido el aplazamiento de la beatificación del cardenal Stefan Wyszyński, primado del milenio de Polonia, prevista para el 7 de junio, pero lógicamente se sigue hablando de él. Al cardenal Wyszyński se le distingue por haber celebrado con un novenario de años (desde 1957), los mil años del bautismo del príncipe Mieszko I, en el año 966, fundador de la dinastía de los Piastów, que da origen a lo que hoy es Polonia. 

Escribí hace unos meses una pequeña reseña biográfica del cardenal Wyszyński, que fue publicada en esta revista. Allí explicaba un poco el sufrimiento de este prelado que pasó tres años (1953-1956) encerrado en diversos lugares, violentados todos sus derechos, en una amenaza continua de ser condenado a muerte sin ningún tipo de juicio por las autoridades comunistas. De ese tiempo de sufrimiento, surgió su idea de hacer un novenario de años en todo el país, junto a la Virgen de Jasna Góra en Częstochowa, los mil años de la cristianización y fundación de Polonia, para que los gobernantes ateos de entonces tuvieran claro que la identidad propia de esa nación no puede prescindir de las raíces cristianas.

Ahora, con ocasión de su beatificación, quisiera escribir algo en relación con una característica fundamental del nuevo beato y de todo cristiano: saber perdonar. El cardenal Wyszyński perdonó siempre de todo corazón, no guardó ningún tipo de rencor y malquerencia hacia sus enemigos. No es algo que resulte fácil de alcanzar, más bien es casi imposible sin la ayuda de la gracia.

Como hemos señalado, un tiempo especialmente importante en la vida del primado Wyszyński fueron los tres años de cárcel, desde septiembre de 1953 hasta octubre del 1956. Perdonó a los agentes del servicio de la seguridad del Estado que le vigilaban y no le ahorraron todo tipo de humillaciones. Sobre todo perdonó a los dirigentes del Estado totalitario y antidemocrático comunista, que tomaron la decisión de su arresto y encarcelamiento. 

Gomulka, primer secretario comunista

En la vigilia de Navidad de 1953 escribió en su diario Pro memoria: “Nadie ni nada me obliga para que les odie”. Y en el último día de ese año, en su examen de conciencia según la virtud de la caridad, dejó anotado: “Quiero ser claro. Tengo una profunda conciencia de la ofensa que me está haciendo el gobierno. A pesar de ello no quiero tener sentimientos de enemistad en contra de ninguna de esas personas. No sabría hacerles el más mínimo daño. Tengo la sensación de que estoy en la verdad, de que persevero en el amor, de que soy cristiano e hijo de mi Iglesia que me ha enseñado a querer a todos, también a aquellos que se consideran mis enemigos, y a tratarles como hermanos”. Estas palabras escritas y vividas por el nuevo beato manifiestan su heroísmo.

De parte de la autoridad comunista polaca recibió el primado muchas ofensas antes y después de su encarcelamiento. Especialmente del primer secretario del partido comunista polaco, Władysław Gomułka (en los años 1956-1970), que tenía un odio particular hacia el cardenal, le atacaba frecuentemente de manera pública con desprecios y le acusó de traición nacional por firmar el tratado conjunto con los obispos alemanes de reconciliación. Dos veces le negó el pasaporte, lo que hizo que no pudiera viajar a Roma. Destruyó miles de ejemplares de sus libros impresos en Francia y llevados a Polonia. “Le perdono de todo corazón” –escribió Wyszyński en su diario– “y las más grandes ofensas y desprecios de Gomułka los voy a olvidar totalmente”.

El perdón significa la victoria de la sabiduría y del amor cristiano. Es algo que espera Dios de cada uno de nosotros y una de las principales enseñanzas de Jesucristo en la oración que nos enseñó para que repitiésemos continuamente: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

“Cuando buscamos el perdón hemos de estar dispuestos a perdonar primero”, decía, y fue consecuente con sus palabras. En 1966, al acabar el novenario de años de peregrinación y de predicación, sufriendo continuas ofensas y ataques de las autoridades comunistas, dijo solemnemente en Gnieźno: “Sería un mal pastor y no deberíais en justicia escuchar mi voz, si os exigiera amor y perdón para todos vuestros enemigos y yo no actuara de este modo”. Añadía que no había en su corazón lugar para el resentimiento y la enemistad hacia nadie. “¡Eso me enseñó mi Maestro y Señor, Jesucristo! Con la fuerza de esas enseñanzas procuro, queridos hijos, enseñaros a vosotros la caridad hacia todos, una caridad heroica: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian””.

Por los que luchan contra la Iglesia

Perdonó y rezó por los que le perseguían. En su breviario, que utilizaba durante su encarcelamiento, tenía anotadas sus intenciones: “por la Patria y por su presidente”, y también “por los que luchan contra la Iglesia” y tenía escritos los nombres: Bolesław Bierut; Franciszek Mazur, presidente del parlamento; Antoni Vida, jefe del Ministerio de Asuntos Confesionales, y también por “el partido, los agentes de seguridad y los vigilantes de las cárceles”. En marzo de 1956, al enterarse de la muerte de Bierut, primer secretario del partido y la máxima autoridad del gobierno comunista polaco, ofreció la santa Misa por su eterno descanso y manifestó su pesar en señal de luto prescindiendo por un cierto tiempo de los paseos dentro de su encerramiento en Komanczy, donde se encontraba arrestado por orden de ese mismo primer secretario fallecido. 

Lo que desde un punto de vista puramente humano parece absurdo, desde la perspectiva de la fe se puede entender y conseguir gracias a la ayuda divina. Amar a los enemigos, escribía Wyszyński, “ahí está la cumbre del cristianismo y del progreso de la civilización humana. Amar y poder rezar por ellos. ¿Y qué le pido a Dios? Le pido la fuerza de poder amarlos. Es difícil, muy difícil, pero es lo más importante que debemos pedir: el amor para los que nos ofenden”.

También dentro 

Perdonó también dentro de la Iglesia. En primer lugar, a los obispos a los que, después de su arresto, faltó valentía y fidelidad al primado, y por miedo a sufrir las mismas penas, se sometieron a las disposiciones del gobierno comunista. El fuerte Non possumus de Wyszyński no fue apoyado por el episcopado. Al salir del encerramiento, aunque le dolió mucho la falta de lealtad de sus hermanos en el episcopado, supo comprender las circunstancias, perdonar y olvidar. 

Tampoco tuvo rencor, sino agradecimiento, hacia el sacerdote y la religiosa, los dos colaboradores del sistema, que durante los tres años de aislamiento fueron sus continuos y únicos acompañantes. El primado, que no era en absoluto ingenuo, sabía probablemente que eran colaboradores y espías, como se demostró más tarde, pero nunca se quejó ni tuvo palabras que demostrasen falta de confianza en ellos o acusación de colaboracionismo. Un sacerdote de la curia admitió ser colaborador de los servicios secretos del Estado. Por la valentía de reconocerlo y de querer cambiar, Wyszyński no solamente le mantuvo en la curia sino que le nombró director de la secretaría general.  En uno de sus textos, escribió: “¡Qué gran cosa es olvidar y perdonar! Nos libera interiormente, y hace que el hombre sea en verdad grande, y al mismo tiempo cercano como un hermano. ¡Ahí está el verdadero amor, ahí está la verdadera amistad! El perdón nos devuelve la libertad, es la llave que todos tenemos cuando nos encontramos encerrados en el interior de nuestra propia cárcel”.

El autor

Ignacy Soler

Cracovia

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