España

Profesor Gonzalo Herranz, profundidad y diálogo

Gonzalo Herranz vivió en actitud amistosa y pasó haciendo el bien. Procuró argumentar seriamente sus posiciones desde el respeto, y así nos lo enseñó a sus discípulos.

José María Pardo Sáenz·21 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
gonzalo herranz
Gonzalo Herranz. Foto:©Manuel Castells.

En un libro homenaje al profesor Gonzalo Herranz, el catedrático de Historia de la Medicina Diego Gracia, escribía: “Le he oído decir repetidamente que él desearía como epitafio éste: «defendió a los embriones» … Pero yo, sigue Gracia, le propondría otro epitafio: «vivió en actitud amistosa y pasó haciendo el bien»”. Pienso que estos dos epitafios son muy acertados, y resumen la vida del querido profesor Herranz.

Gran parte de su vida académica e investigadora la dedicó a defender y promover la vida de los seres humanos más indefensos, los concebidos no nacidos. Siempre los consideró seres humanos, de los nuestros, que merecen todo el respeto. Ni la edad cronológica, ni la enfermedad pueden infravalorar ni disminuir un ápice su dignidad humana. Como apuntó Edmund Pellegrino, eminente bioeticista norteamericano, ya fallecido, en una entrañable carta dirigida al profesor Herranz: “ha sido elocuente en la defensa de la vida humana en todas sus etapas”. Esta defensa sin tapujos le causó serios disgustos en conversaciones con colegas de profesión, como con el nobel Robert Edward, padre de la fecundación in vitro.

Pero como señala Gracia, Gonzalo Herranz vivió en actitud amistosa y pasó haciendo el bien. Su defensa férrea de la Verdad no se manifestó en imposiciones, descalificaciones, amenazas e insultos. Siempre procuró argumentar seriamente sus posiciones desde el respeto, y así nos lo enseñó a sus discípulos. Era una delicia acudir a una reunión con él, y apreciar cómo argumentaba con profundidad y dialogaba desde la escucha y la humildad.

En este sentido, recuerdo que a los teólogos nos exigía mucho. Nos reprochaba, con cariño pero con firmeza, que teníamos que desarrollar más el “músculo biológico”, que debíamos ser más cuidadosos y atentos en el tratamiento de los conceptos y datos científicos, pues algunos teólogos habían aceptado sin demasiada acribia las opiniones de científicos no muy bien encaminados.

Pero vuelvo al epitafio propuesto por Gracia. Herranz aprendió a vivir de su maestro: nuestro Señor Jesucristo, que pasó haciendo el bien. Como también señaló Pellegrino en su carta, “tengo que considerarlo como el ideal del verdadero médico, verdaderamente católico”. Gonzalo Herranz era profundamente católico. Por eso, llegó a escribir: “un católico con fe viva no se plantea como un problema radical la compatibilidad entre ciencia y fe: cree que Dios creó el mundo, lo llenó de infinita hermosura, de infinita complejidad, pero también de racionalidad. Y además cree que Dios se ha revelado en Cristo. Cree que no hay dos verdades, sino una, que viene de Dios”. Concluyo con unas palabras de su amigo entrañable Enrique Villanueva, que hago mías: “Gonzalo ha sido un regalo para muchos que hemos tenido la dicha y el honor de compartir el trabajo con él y bajo su dulce y sosegada autoridad. El podría hacer suyas las palabras de Amadeo Nervo: siempre que haya un hueco en tu corazón, llénalo de amor”.

El autor

José María Pardo Sáenz

Facultad de Teología. Universidad de Navarra

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