Vaticano

Papa Francisco en Pentecostés: “El mundo necesita el valor, la esperanza y la fe de los discípulos de Cristo”

Tras la Misa de la solemnidad de Pentecostés en la basílica de San Pedro, el Papa Francisco ha reflexionado durante el rezo del Regina Coeli sobre la acción del Espíritu Santo en los cristianos de hoy.

David Fernández Alonso·23 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
papa en pentecostes
Foto: ©2021 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops.

El Papa Francisco, tras celebrar la Misa de la solemnidad de Pentecostés se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para rezar con los fieles de la plaza de San Pedro la oración del Regina Coeli. Comenzó sus palabras comentando lo que se narra en la primera lectura de la Misa, en el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 2, 1-11), que narra lo que sucedió en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua de Jesús. “Los discípulos estaban reunidos en el cenáculo y con ellos estaba la Virgen María. El Señor resucitado les había dicho que se quedaran en la ciudad hasta que recibieran de lo alto el don del Espíritu. Y este se manifestó con un «ruido» que vino repentinamente del cielo, como un «viento impetuoso» que llenó la casa en la que se encontraban (cf. v. 2). Se trata, pues, de una experiencia real, pero también simbólica”.

“Revela”, dice el Papa “que el Espíritu Santo es como un viento fuerte y libre. No se puede controlar, detener ni medir; y ni siquiera predecir su dirección. No se deja enmarcar en nuestras exigencias humanas, en nuestros esquemas y en nuestros prejuicios. El Espíritu procede de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo e irrumpe en la Iglesia —en cada uno de nosotros—, dando vida a nuestras mentes y a nuestros corazones. Como dice el Credo: «Señor y dador de vida»”.

“El día de Pentecostés, los discípulos de Jesús todavía estaban desconcertados y asustados. Aún no tenían el valor de salir a la luz. Nosotros también, a veces, preferimos permanecer dentro de las paredes protectoras de nuestro entorno. Pero el Señor sabe cómo llegar hasta nosotros y abrir las puertas de nuestro corazón. Él envía al Espíritu Santo sobre nosotros que nos envuelve y derrota todas nuestras vacilaciones, derriba nuestras defensas, desmantela nuestras falsas certezas. El Espíritu nos hace nuevas criaturas, como lo hizo ese día con los Apóstoles”.

“Después de recibir el Espíritu Santo”, afirmó el Papa, “ya no volvieron a ser como antes, sino que salieron y comenzaron a predicar que Jesús ha resucitado, que es el Señor, de tal manera que cada uno los entendía en su propia lengua. El Espíritu cambia el corazón, ensancha la mirada de los discípulos. Los hace capaces de comunicar a todos las grandes obras de Dios, sin límites, superando los confines culturales y religiosos en los que estaban acostumbrados a pensar y vivir. Los capacita para llegar a los demás respetando sus posibilidades de escucha y comprensión, en la cultura y el idioma de cada uno (vv. 5-11). En otras palabras, el Espíritu Santo pone en comunicación personas diferentes, realizando la unidad y universalidad de la Iglesia”.

Francisco quiso concluir sugiriendo que “abramos también hoy nuestros corazones al don del Espíritu, que nos hace sentir toda la belleza y la verdad del amor de Dios en Cristo muerto y resucitado. Y nos urge a salir, a dar testimonio de este Amor que siempre nos precede con su misericordia. El mundo necesita el valor, la esperanza, la fe de los discípulos de Cristo. Necesita que nos hagamos levadura, fermento, sal y luz en las distintas situaciones y en los múltiples contextos culturales y sociales. Y todo esto lo crea solo el Espíritu Santo. Pidamos hoy a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que interceda para que el Espíritu Santo descienda en abundancia y llene los corazones de los fieles y encienda en todos el fuego de su amor”.

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