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El Papa declara santos a los niños Jacinta y Francisco, «ejemplo para nosotros”

Omnes·2 de junio de 2017·Tiempo de lectura: 5 minutos

Los pastorcitos Jacinta y Francisco son ya los primeros santos no mártires y más jóvenes de la Iglesia. El Papa Francisco les declaró en Fátima, ante miles de peregrinos, como un ejemplo de santidad para el mundo.

Ricardo Cardoso, Vila Viçosa (Évora, Portugal) y Enrique Calvo, Viseu (Portugal)

Los pasados días 12 y 13 mayo, el mundo católico (y no solo) volvió su mirada a Fátima. Se cumplían 100 años desde que, en aquel mismo lugar, la Virgen Santísima había comenzado un tiempo nuevo para la vida de la Iglesia y del mundo. Ante un panorama de muerte y el encapotado mundo de 1917, “una mujer más brillante que el sol” (como decían los niños) dio una nueva esperanza al corazón de la Humanidad. Y, cien años después, centenares de miles de personas, con el corazón lleno de fe y esperanza, abarrotaron Fátima para mirar a “esa” mujer, que sigue siendo más brillante que el sol y que a todos nos inunda con su ternura de Madre.

Este amor que brota del Inmaculado Corazón de María sigue irradiando al mundo de muchas formas. Por eso, después de un proceso riguroso y de un milagro atribuído a Francisco y Jacinta Marto, el Papa Francisco escogió este centenario para canonizar a los dos niños, pasando a ser los santos no mártires más jóvenes de la Iglesia.

En esta canonización, aunque sea importante conocer el milagro y dar gracias a Dios por el don de esta misma canonización, es todavía más urgente descubrir el testimonio de fe y vida cristiana de los dos pastorcillos.

Con la canonización, la Iglesia nos invita a seguir su ejemplo de sencillez de corazón, de mortificaciones y oraciones de reparación y de intimidad con “Jesús oculto” en el Sagrario. Para eso, contamos ahora con la intercesión de san Francisco y santa Jacinta, para que nos ayuden a ser como ellos.

Es importante decir también que la canonización de los dos niños es un estímulo para que miremos a sor Lucía, que se quedó con nosotros hasta hace pocos años, y a quien se están atribuyendo muchísimas gracias.

El Papa, emocionado

Como peregrino entre miles de peregrinos estaba también el Papa Francisco. En verdad fue san Pedro, en su sucesor, quien visitó a la Madre, que en la Cruz había sido dada por el Señor a sus discípulos. Fue recibido con gran afecto por las autoridades portuguesas en territorio portugués, fue acogido en Fátima con gran entusiasmo por miles de personas, y con un profundo silencio, el sucesor de san Pedro se encontró con la Madre de Dios, mientras todo el pueblo, recogido en silencio, tenía sus ojos fijos en el encuentro con estas dos columnas de nuestra fe.

Por la noche, la explanada del santuario se transformó en una mar de velas, se rezaba en muchas lenguas, y todos se entendían pues de amor a la Virgen se trataba. En su sencillez, el Papa Francisco procuró que toda la atención fuese para la Virgen y no para su visita. Por eso, su contención en los gestos, su determinación en mirar a la Virgen y, al final de la celebración, con el pañuelo blanco, se despidió emocionado de la Virgen del Rosario de Fátima utilizando el tradicional saludo del pueblo portugués, mientras se cantaba: “Oh Fátima, adiós, Virgen Madre, adiós!”.

¡Tenemos Madre!

Independientemente de las condiciones en que se esté en Fátima, la verdad es que nunca apetece irse de allí, porque como decía el Santo Padre con voz fuerte en su homilía: “Temos Mãe!” (¡Tenemos Madre!). Por eso, el momento de dejar a la Madre es siempre duro y emocionante, lleno de nostalgia y del sentimiento portugués de “saudade”.

Se sale con el cuerpo, pero el corazón se queda junto a la Virgen, recibiendo de esta Madre los cuidados que solo Ella nos sabe dar. Quiero tener la osadía de invitar a todos a Fátima. No puede pasar este año sin visitar a nuestra Madre Celestial en el santuario de Fátima. Y, en el regreso, llenar la emoción de la “saudade” con el refrán del cántico con que nos despedimos de la Virgen Santísima: “Una oración final, al dejaros, Madre de Dios: que viva siempre en mi alma este grito inmortal:
Oh Fátima, Adiós! Virgen Madre, Adiós!”
. Que este grito inmortal viva siempre en nuestras almas, ¡porque tenemos Madre!

Tres elementos del mensaje

En los meses anteriores se ha desvelado gradualmente la profundidad, actualidad y urgencia de conocer y tomar parte en todo lo que la Virgen María nos ha dicho a todos por medio de los pastorcitos de Fátima. Los pastorcitos fueron los receptores de un gran anuncio, pero el mensaje no estaba dirigido únicamente a ellos y a su tiempo. Cada uno de nosotros, en nuestro tiempo, redescubrimos la intensidad del Evangelio de Jesucristo que nos llama a la conversión y a la participación de su Reino.

Pasó ya un siglo de las apariciones de Fátima, que acontecieron en plena I Guerra Mundial, en la que participaba Portugal, con muchos de sus hijos, y antes de la Revolución bolchevique en Rusia. Estas circunstancias no son ajenas al contenido del mensaje. Ahora en pleno centenario de estas revelaciones particulares, podemos preguntarnos: ¿qué quedó de los deseos y peticiones de María?

Consagración unida a devoción

Con ánimo de simplificar, recordamos que hay tres elementos claros del mensaje. A saber: rezar el Rosario todos los días; reparar para la conversión de los pecadores, y divulgar por el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón. Este último punto sirve adecuadamente para dar a conocer la fe y la vida santa de los pastorcitos, en especial de santa Jacinta. Conviene advertir que hay dos realidades en las palabras de la Virgen –devoción y consagración al Inmaculado Corazón de María–, que están unidas y se implican mutuamente.

Lucia dice en sus Memorias que en la aparición del 13 de julio, nuestra Madre mostró el infierno a los pastores y pidió que se dejara de ofender a Dios:

“Para salvar (las almas de infierno, Dios quiere establecer la devoción a Mi inmaculado corazón, en el mundo. Si (los hombres) hicieren lo que Yo os digo, se salvarán muchas almas. (…) y tendrán paz. La guerra (1ª Mundial) va acabar. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pio XI comenzará otra peor. (…). Si se atienden a Mis pedidos, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, divulgará sus errores por el mundo, promoviendo guerra y persecuciones en la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, la cual se convertirá, y será concedido al mundo un tiempo de paz”.

El testimonio de Jacinta

La más joven de los videntes tuvo verdadera pasión por el Corazón Inmaculado de María, además de testimoniar que nuestra Madre es medianera de las gracias y corredentora. Tras la aparición del 13 de julio, donde se les mostró el infierno, Jacinta dijo:

“Tengo tanta pena de no poder comulgar (no tenía la edad) en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Y repetía con frecuencia: ¡Dulce Corazón de María, sed la salvación mía!”.

Cuenta Lucia que Jacinta “añadía otras veces con su sencillez natural:

– Me gusta tanto del Corazón Inmaculado de María! Es el Corazón de nuestra Madre del Cielo! A ti no te gusta decir muchas veces: ¡Dulce Corazón de María Inmaculado corazón de María! ¡A mí me gusta tanto, tanto!” Y hasta daba recomendaciones a su prima Lucia: “(…) ¡Ama mucho a Jesús, al Inmaculado Corazón de María y haz muchos sacrificios por los pecadores!”

O esta otra: “Ya me falta poco para ir al Cielo. Tú te quedas aquí para comunicar que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando tengas que decir eso, ¡no te escondas! Di a todos que Dios concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María, que le pidan a Ella”. 

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